Hace años recibí un correo que hablaba sobre el matrimonio venezolano. El remitente era un buen amigo: Pedro Nava, uno de esos tipos a los que quieres mucho a cuenta de nada. Pedro, mi buen amigo, tiene una inclinación asombrosa por dejar plantada a las personas, por eso muy pocos creímos que en algún momento llegaría a contraer matrimonio; o que de tomar el riesgo, el bueno de Pedro, de seguro no llegaría a pararse frente al juez.

Pero sí lo hizo, al parecer su esposa, Mery, era algo así como la madre naturaleza, la montaña y el tiempo. Una vaina imposible de embarcar. De todas formas, yo aparecí después para evitar un posible bochorno de ausencia. Y llegué a tiempo para lo más importante: la celebración.

Lo que sigue ahora es la secuencia (atroz) de lo que puede ser el final de un típico matrimonio venezolano. La seguidilla de traspiés que resulta de juntar a 4 ó 5 buenos amigos que tienen tiempo sin verse, con mucho alcohol, y que da cuando menos para que crezcan el cariño y las ganas de promocionar lo que se bebe.

En el medio (además de esa foto majestuosa de la niña del vestido verde y la nevera al lado), una incógnita de oro: Pedro toma un carro rumbo al aeropuerto y nunca sabemos si logra abordar el avión que lo llevará felizmente a su luna de miel. Tampoco nos importa, a alguien tiene que plantar y nosotros ya vemos en sepia, en blanco y negro.

Nos preparamos para seguir y nos espera una playa post adolescente. El final es afortunado: desaparece la cámara. O se queda sin pilas la cámara. O nos dormimos y nadie es capaz de sujetar la cámara.

Este post, además de a los recién casados, va dedicado a Ricardo Riera, quien sin duda lo hubiera dado todo por estar presente esa noche – día – noche…

1. Pedro es felicitado por sus amigos queridos.

2. Brindamos, por el amigo querido.

3. Queremos tanto al amigo querido, que lo besamos (yo lo beso). Nótese que ya el amigo querido no viste su camisa con pajarita.

4. Las amigas también se quieren y se felicitan.

5. (Foto de relleno, para que no olviden a los personajes y noten la publicidad subliminal).

6. Publicidad directa.

7. Corre un rumor: el querido amigo querido se casó y se fue, pero parece que lo dejó el avión. A quién le importa. Esta botella es robada y voy rumbo a una playa, cualquier playa (sí, a estas alturas yo tampoco visto mi camisa con chaqueta).

8, 9, 10. Pude dejar la lista en 7 pero no me dio la gana. Sólo pensar que estas fotos pueden despertar un mínimo grado de envidia en Ricardo Riera, otro amigo querido que se encuentra lejos, me anima a seguir. Es suficiente para mí.