Copio y pego de la web de ReLectura este relato de Salvador Fleján, alto pana y tronco de cuentista. Su amenaza tenía semanas, me lo dijo en Maracaibo cuando presenté su libro antes de unas cervezas y aquí está; le prometí que no lo publicaría hasta el lunes que viene, pero -otra vez- fallé. Mi único esfuerzo está en las imágenes hasta ahora inéditas de la bienal (a la que se hace referencia en el texto).

Quiero pavonearme con la cantidad de embustes que cuenta Salvador y exponerme a la crítica de los analistas virtuales; este blog decae en comentarios y el rating no perdona. Además, supe que el Junior hace lo mismo que yo en el site del plátano, así que debo aprovechar. Después de todo la idea de ser un personaje no es molesta y la crónica está muy divertida.


Quiero ser un plátano
Por Salvador Fleján *

La más reciente bienal de literatura Mariano Picón Salas, en Mérida, ha inoculado en mí dos fantasías aspiracionales de las que va a ser difícil librarme en un futuro mediato. Una de ellas tiene que ver con mi lado bucólico: ser propietario de una cabaña en el Páramo La Culata se ha convertido en mi sueño más recurrente de los últimos días. La otra fantasía es más abstracta y está estrechamente ligada al reino vegetal: quiero, por sobre todas las cosas, convertirme en un plátano.

Esta última certeza la tuve el mismo día de mi llegada al hotel Prado Río donde se alojarían los escritores invitados a la bienal. Era la hora del almuerzo y mi instinto de supervivencia me guió directamente al restaurante del hotel sin siquiera pasar por la recepción. Esa fue una mala idea. El muchacho encargado del buffet hizo caso omiso a mi mirada famélica y me aconsejó, con lógica implacable, que primero debía registrarme para obtener mi “escarapela”. Con esa palabra rondándome en la cabeza y sin tener una idea clara de lo que significaba, me dispuse a retornar a la recepción cuando de pronto avisté, presidiendo una larga mesa, a Jesús Ernesto Parra, uno de los editores de la revista venezolana plátanoverde. Jesús Ernesto me hizo señas para que me acercara y hasta allá fui a saludarlo. Cuando llegué, me sorprendieron tres cosas: la mesa que presidía Jesús Ernesto era nada menos que “la mesa de los españoles”, mítico lugar donde se podía fumar sin provocar histerias antitabáquicas. Jesús Ernesto ya había dado cuenta de media botella de tinto chileno y degustaba un platillo distinto (un solomillo, me parece recordar) a la opción comunal del buffet. El buffet, también creo recordar, estaba compuesto por todos los carbohidratos prohibidos en la dieta del Dr. Atkins. Jesús Ernesto no tenia escarapela y ese sería uno de los primeros acicates de mi naciente ánimo de pasar del reino animal al reino vegetal.

Aquella misma tarde llegarían con retraso Leo Campos y Junior Ruiz para completar el trío editor de plátanoverde. Extrañamente los plátanos no se hospedarían en el Prado Río, sin embargo, y vistos los acontecimientos de los días subsiguientes, a mí me dio la sensación de que más bien estaban alojados en la suite presidencial.

En la entrada, de salida

Sin dilación, improvisaron un despacho en una de las mesas del bar de la piscina. Ese, sin duda alguna, se convertiría en uno de los lugares más calientes de la bienal en muchos sentidos. Por allí vi desfilar a Mario Bellatín con sus vaporosas túnicas y su brazo ortopédicamente hermoso. Daniel Link, pétreo y nicótico, parecía hallar noche tras noche el somnífero eficaz en los chistes crípticos de Junior Ruiz. También la gente de la editorial Candaya se dejó ver por la asoleada oficina. Todos y cado uno peregrinaron a la meca vegetal de los Platanitos como si aquello fuera el ritual más cool del evento.

Linkillo fuma en el bunker

La gente de Plátanoverde, no se sabe cómo, ha logrado en poco tiempo lo que a un relacionista público le hubiese costado años: como nadie, manejan la diplomacia literaria de guantes blancos, poseen invalorables correos electrónicos de escritores y editores, conocen entretelones, secretos y hasta pueden ser el factor X en una ansiada publicación en España. Sin querer queriendo, se han hecho casi imprescindibles en todos los eventos a los que asisten, tengan o no escarapela.

Como cualquier banda de rock de los sesenta, los Plátanos también tienen sus grouppies. Para la ocasión, llegaron con dos ejemplares que ya quisieran para sí los Doors. Sin embargo, solos o acompañados, estos hijos ilustres del reino vegetal siempre se las han apañado bien con el sexo opuesto. En la bienal no escasearon las historias de este tenor. Desde cuarentonas desesperadas y nostálgicas en busca de glorias perdidas hasta insólitas propuestas por parte de acérrimas militantes de bandos indefinidos. Sé que no debo revelar intimidades, pero más de una discípula de Safo se sintió tentada a cambiar de acera.

Mención aparte merece el bunker donde finalmente se acantonaron los muchachos. Estaba ubicado en un páramo inaccesible y aún resulta un misterio para mí descifrar cómo se las arreglaban para llegar hasta allá sin poner en jaque a los rescatistas merideños. Allí se cocinaron lechones, se bailó salsa cabilla, los españoles conocieron las bondades del hongo local y hasta se decidió el futuro de algunas carreras literarias. Sé que pasaron otras cosas escatológicamente fascinantes, pero de ellas no poseo mayores detalles por la sencilla razón de que jamás me invitaron.

El bunker

Una tarde en la en la oficina de la piscina le pregunté a Leo Campos por el presupuesto que destinaba la revista para los viajes del equipo editor. Ya yo tenía noticias de sus giras por Guadalajara, Bogotá, Frankfourt y fantaseaba con cifras escalofriantes. El joven periodista me lanzó una mirada cansada en la que pude entrever aeropuertos, aeromozas y destinos exóticos. De pronto sacó su lengua teñida por el vino de moras y señalándola, me dijo:

-Este es mi presupuesto, caballo…

+ + +

* El mejor libro de cuentos venezolanos publicado en los últimos años se llama Intriga en el car wash. Lo escribió Flejan y lo editó Random House Mondadori en 2006.

El joven Camilo Marks

El no tan joven Alejandro Zambra

Quiero ser un plátano

¿Quiero ser un plátano?

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