Cuando militaba en la Universidad Nacional Abierta (UNA) tuvimos que caernos a trompadas con los carajitos de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Esos pajúos nos empataron con un gol de último minuto, producto de un penalti más que dudoso, gracias a un nuevo “error” del árbitro. Pongamos un contexto: se iba 1988, yo tenía nueve años y acababan de ganar los adecos. Otra vez.

No fue tanto la arrechera del penalti, sino la celebración del gordo mamagüevo que lo tiró: cobró rastrero al centro -flojito- el portero se lanzó a un lado y el tipo, que parecía de once, se cagó de la risa, dio media vuelta y nos señaló a todos los de la UNA. Se salió con la suya. Pero no tardó en recibir un sopapo en la boca y una tanda de patadas cuando estaba en el piso, llorando.

Nosotros (los de un lado y el otro), pese a defender los colores de la “uni” no pensábamos en salir en los medios ni en esas mariqueras del trabajo social, debe ser porque los dos equipos estaban de últimos en la tabla.

No escurríamos el bulto: cada quien era responsable del coñazo que lanzaba, y más del que recibía. Y aunque las gradas estaban llenas, Meza y “Caimán” se taparon la cara con el uniforme como guerrilleros, y se reportaron unos siete heridos, nunca pretendimos, ni de verga, que nos vieran como hacedores de país o como salvadores de la patria.

Tampoco nos interesaba convencer a nuestros padres o nuestros panas (entonces las chicas eran asunto de desprecio), de que jugamos mejor y merecíamos ganar. O que la culpa era del otro equipo. El juego quedó tres a tres y después hubo una tángana. ¿Qué otra cuenta había que sacar?

No entiendo ese extraño asunto de querer sumar a toda costa, esas ganas tremendas de defender a unos como si fueran débiles y atacar a otros con la etiqueta de vándalos:

Cien chavistas lindos, estudiosos, trabajadores y preocupados por la sociedad; versus mil antichavistas nazis, derechistas, agresivos y malditos. Mil antichavistas ejemplares, libertarios, poderosos y valederos; versus cien chavistas armados, asesinos, negros y despiadados.

Sí Luis. Así se hace política. Así se hace periodismo: Globovisionarios, Veteveros y blogueros.