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Hace años se viene instalando entre muchos venezolanos que conozco una fórmula simple para analizar la política nacional: si te gusta Chávez lo defiendes y si no, lo atacas. Fin del asunto. Cualquier duda te ubicará en la acera contraria o, peor, en un limbo. En un hoyo negro. Chávez ha acumulado mucho poder. Secuestra culpas y méritos. Casi todo lo que ocurre es su responsabilidad. Si el país está bien, es por él y su gobierno. Si está mal, también, aunque a veces entran en juego lugares comunes como el imperio, la derecha y las oligarquías colombiana, boliviana o venezolana.

Esto, bien pensado, puede tener consecuencias positivas. Hace tres años, durante la celebración de esa verbena encantadora llamada Foro Social Mundial, mi amigo Lope supo convencer a una turista neohippie de su admiración por el presidente, que había hecho todos los esfuerzos para construir el Metro de Caracas enterito para ellos. La mujer, enseguida, se enamoró. De Lope, del Metro y de Chávez. Lope tiene una orientación política definida, apunta siempre al centro, hacia ese lugar exacto que se ubica entre las piernas de las chicas. Digamos que en ese momento ejercía la diplomacia. No sé si logró tener sexo con la extranjera, pero de hacerlo, ¿quién puede negar que una mínima cuota de responsabilidad sobre ese polvo le correspondía al presidente?

Hoy en Tal Cual, un periódico opositor (vuelva al primer párrafo para aclarar el punto), se reseñan –como a diraio, supongo– vicios, catástrofes, y datos disfrazados. Abuso de poder, corrupción, crisis financiera, ajusticiamientos y paramilitarismo son algunos de los rasgos trágicos con los que se define al país a partir de la gestión del actual gobierno. Entre el largo y rabioso etcétera de esas noticias, acusaciones o insinuaciones; un párrafo aparentemente inocuo me hizo volver a leer. Es un artículo de opinión de Marianela Lafuente. Dice:

“Según la Oficina de Planificación del Sector Universitario, los bachilleres que aspiraban a la educación superior en 2008 eran 380.000, menos del 2% de la población: una élite privilegiada, el futuro del país…”

(Esta frase es una trampa, el porcentaje que cuenta es sobre el número de potenciales aspirantes, no sobre la población total de Venezuela. Resulta absurdo meter en un mismo saco a los menores de 15 años, a los que ya obtuvieron un título universitario, a los que estudian en la universidad en este momento, y a los abuelos que hace rato dejaron de pensar en la academia como una opción para salir adelante). Sigo, aquí viene lo que quiero:

“…Pero ni siquiera ellos (esos 380.000) saben leer y escribir. Los resultados de la Prueba de Aptitud Académica de 2007 son contundentes: 90% fue reprobado. En Amazonas, Cojedes, Anzoátegui y Guárico, sólo 5 de 30 preguntas de lectura fueron bien respondidas. No más de 8 respuestas correctas en todo el país”. Fin de la cita. Aunque no me cuesta creer que esto ocurra, es espeluznante. El analfabetismo funcional y el cretinismo moral son como hermanos que se cogen. O para atar mis desvaríos: son como Lope y la extranjera del Metro.

Cada cual en su parcela sabrá ubicar al responsable. Yo me pregunto si el binarismo en el análisis político estará ligado a la falta de lectura, y también, de cara a los próximos años, si a alguien en el poder, efectivamente, le interesará leer a los otros, o que los otros lean.