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Iba a escribir un comentario vacío sobre los resultados de las elecciones del pasado domingo 23 de noviembre, alguna anécdota recreada en aquél trompito de apuestas tan de moda en los ochenta que tenía seis caras (Toma uno, Toma dos, Pon uno, Pon dos, Toma todo, Todos ponen). Mi conclusión: que los jugadores, después de caer la perinola hexagonal en “Todos ponen”, casi siempre leían “Toma todo”. Y que ese mismo impulso (ese deseo disfrazado de error) se refleja ahora en eso que llaman “el electorado”, quien –una vez más– se autoengaña pensando que ahora sí, “algo” va a cambiar. O peor, “a mejorar”.
También iba a escribir algo sobre las golpizas adolescentes en las que uno se fajaba “de caballero”. Como sabrán, en esas batallas, luego de terminar con un ojo morado y la trompa rota, los que peleaban se iban pensando en los golpes que debieron lanzar y esquivar, mientras sus seguidores, que gritaban a un lado durante la coñaza, siempre comenzaban un nuevo debate para exigir el reconocimiento de su gallo. Así, lo importante no era haberle partido la jeta al otro, sino lo que opinara la gente que había visto la vaina.
