Todavía asombra un nacimiento. Conmueve e hipnotiza, en ese orden. No imagino (o no recuerdo) aquél viaje a la luz y la sorpresa o el espanto que genera. Tampoco puedo describir ese momento irrepetible.

De una mujer valiente sale esta niña grande que me mira. Con algo de esfuerzo, durante tres o cuatro parpadeos, lo hace. No sé cuál de los dos está más sobresaltado. Retomo la idea del amor a primera vista y huelo todo como nunca. Soy un animal, ahora estoy seguro.

Afuera llueve como de costumbre en esta época. Pienso: voy a protegerla, voy a darle lo que tenga. Todo. Incluso, voy a mostrarle el terror: la enseñaré a leer, le hablaré de ciudades, de proyectos, de política, ideales y canciones. Voy a decirle cómo se besa y cómo se supera al maestro. Le voy repetir una y otra y otra vez lo que ya le estoy diciendo: el juego es mejor que el trabajo, nuestro abrazo es irremplazable, tu madre es la imagen fiel del amor. Yo puedo ser tu pasión infantil, pero tú serás, nena, mi único evangelio.

Carlota duerme plácida y lo demás es su madre. No hay resto. En esta empalizada lo inmenso cabe en un brazo y el mundo es del tamaño de una teta.

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