¡Mickey Rourke!

¿What? ¿No?

Este texto me lo pasa mi gran amigo Jesús Ernesto Parra, que a veces publica una página de opinión en la revista Exceso. No es tan libre la página, o la revista, o la idea de sus editores. La historia del Parra con amigos que lo corrigen, lo dirigen, lo tachan, pretenden guiarlo y lo recomiendan, es larga. No tanto como la de Rourke, pero ahí va. Cuando lo rebotan, me cuenta, se ríe y yo cuelgo el texto en este humilde blog, por supuesto. La columna (o la página) se llama “Sangre Fresca”. La excusa que le dieron para no publicarlo (que señalo como una muestra inequívoca de mala dirección, aunque técnicamente tengan razón) fue:

“…buena reseña, pero no pasa de ahí hacia ningún tema más trascendente sobre la realidad que vivimos. Para llegar a ser una columna le hace falta esa conexión que la amplifique. Así no la podemos publicar, lamentándolo mucho. Me habías hablado de otro tema más en onda con la línea urbanita que tú mismo propusiste. Si llega mañana en la mañana podremos incluirla, si no la revista saldrá sin Sangre Fresca, lo que sería triste y peligroso”.

La revista salió sin Sangre Fresca, según creo. Y el Oscar al mejor actor se lo dieron a Sean Penn. Qué importa. Todo sentimental que guarde un mínimo de respeto por el trabajo actoral, el alcohol, las drogas y los golpes, sabe quién hizo la mejor interpretación en una película from Hollywood este año. Aquí va el texto, demuestra que el Parra tenía razón, que la realidad que vivimos cabe en estos malabarismos de palabra, aunque hasta a los mejores lectores, a veces, les pueda fallar la vista:

 

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Monstruo de la pantalla

Por Jesús Ernesto Parra
 

Cuando comienza, la película, parece un documental sobre la vida de Mickey Rourke. A medida que avanza, y aun así te digan que en el film el personaje se llama The Ram, sigues creyendo que es sobre la vida del actor. Si no sabe que la película se llama El Luchador, y que la dirige el irregular y a veces interesante Darren Aranofsky, algún espectador despistado diría que Mickey Rourke volvió del anonimato para personificar una conmovedora pesadilla sobre sí mismo. Y capaz tenga razón. Es la mejor forma de resucitar a un clásico del cine, exorcizándolo con formulas igual de demoledoras. 

Si una película de boxeadores es una historia sobre perdedores, una película de luchadores profesionales es una historia sobre perdedores perdidos. The Ram –el luchador en la película– fue una estrella del ring, The Ram vivió los ochentas a todo exceso, The Ram destrulló a su familia, The Ram cosechó, al igual que gloria, cicatrices y adicción a los esteroides, The Ram –finalmente– jodió su vida y terminó viviendo en un trailer. La historia trata sobre una antigua estrella de la lucha libre profesional americana y su presente de miseria. Miseria económica y humana que explota en la pantalla una cámara en mano que no da demasiadas concesiones  para mostrar las cicatrices de la cara del actor, o para mostrar sin compasión –ni efecto alguno– el final de un mito. No es casualidad, entonces, que sea a Rourke a quien le toque decirnos con esta interpretación en qué consiste eso de vivir para las cámaras y los caprichos de una industria que se devora a sí misma.  

Por eso –a The Ram– el público lo ama cuando aparece con su piel de dinosaurio, para revivir una gloria de cartón piedra. Y por eso la crítica no ha dejado de aplaudir y premiar a Rourke, dejando de lado el reconocimiento a la intuición casi chamánica de Aranofsky al elegir a este verdadero dinosaurio de la cultura pop, a un monstruo de otro tiempo brutal, consumista, que parece que viene a recordarnos –ahora en un Occidente con crisis económica y sequía de ideas– que ser un duro es ser un sobreviviente. Aquello que decía el poeta: resistir vale tanto como acometer. 

Mickey Rourke es un duro en una época en la cual amenazar con aplastarle la cabeza al otro no resulta nada simpático. Más que su piel destruida por sus tiempos en el boxeo, o sus problemas con la ley, o la increíble interpretación que hace en esta película, lo que hace monstruoso a Rourke –y por tanto único y digno de admiración– es que sobrevivió a una era, y aun con ese pronóstico reservado puede trasmitir emociones poderosas. No es extraño que vuelvan del pasado en formato Reality Show –y con éxito atronador–  personajes como Flavour Flave, Brett Michaels y hasta María Conchita Alonso, esa Mickey Rourke de la soup-opera latina.

Ahora se verá a la pantalla mundial –política, artística y económica– reinventarse mirándose el ombligo. O quizá alguna otra parte de su desprestigiado y crísico cuerpo. En los tiempos del todo o nada del starsistem mundial, cuando las Britneys se deshacen con un par de tequilas y un poquito de cocaína, cuando los héroes de acción son piratas amanerados o amantes del tunning, y cuando las telenovelas terminan protagonizadas por mujeres con frenillos –y feas– se abre el túnel del tiempo para la llegada de los dinosaurios que vienen a cobrar su lugar bajo las luces, y a recordarnos que la ficción –a veces– puede parecerse a la vida real.