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Tengo poco qué decir sobre aquellos días. Mi experiencia y memoria me ubican en un apartamento en El Valle. Res. Don Pedro, Torre F, piso 13, donde se jugaba Bingo, 31, Ajiley, Truco, Poker y Dominó, mientras yo celebraba en silencio porque no tenía que ir al colegio, los mayores bebían y hablaban sobre política, mi madre y sus amigas le hacían arepas y señas con pañuelos a los Guardias Nacionales que custodiaban la entrada del edificio, y todos nos echábamos al piso cuando sonaban las ráfagas de plomo que mataban a los que –años después me enteraría– eran inocentes, pobres, revoltosos, saqueadores y héroes post apocalípticos.

Por eso hice este ejercicio breve de montaje (doce testimonios recogidos al vuelo sobre el tema, de personas muy distintas entre sí y en fechas distantes) para intentar ofrecer una mirada no amplia, sino muy clara, del fondo, el origen y el desarrollo de esos hechos que iniciaron hace 20 años. Todas las imágenes son de Tom Grillo y pertenecen a la serie “El día que bajaron los cerros”.


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Luis Salamanca (1997). “A partir de 1989 Venezuela se convirtió en una sociedad de protesta y rebeldía. Para tener una idea de ello baste decir que entre 1958 y 1979 se produjeron cerca de 2500 eventos de protesta social, y entre 1989 y 1996, en apenas 7 años, se han producido 4.768 hechos de protesta, con explosiones sociales como la del 27 de febrero de 1989, conocida como el Caracazo, que dejó casi 300 muertos, según cifras oficiales, aunque fuentes internacionales señalan más de 1.000. El Caracazo fue un estallido hostil y espontáneo de una población sometida a la pérdida de su nivel de vida «saudita», que se propagó desde Guarenas, ciudad-dormitorio hacia Caracas y desde allí a otras ciudades del país. Desde entonces, las dinámicas de descomposición social se han acentuado y el consenso social del pueblo con los partidos y la democracia se ha debilitado, especialmente, en los sectores más depauperados. Es por ello la explosión social de mayor envergadura de las ocurridas en América Latina a partir de las políticas de ajustes económicos estructurales”.


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José Roberto Duque (2007). “El 27 de febrero de 1989 ocurrió en Venezuela una rebelión de pueblo, la más importante del siglo XX. Esto debe decirse sin titubear: por primera vez la masa oprimida salió a expresar su rabia sin necesidad de jefes políticos, vanguardias y ni siquiera agitadores. Por lo cual su carácter libertario supera incluso a la gran rebelión anterior, la de 1814: el año de Boves debe ser recordado como aquel en el cual una parte del pueblo activó una democracia primitiva y brutal para arrasar a otra, la que quiso ubicarse o quedó ubicada del lado de la dominación, en el lado perverso de la historia. Pero tenía un jefe; el Boves de 1989 fue la rabia en estado puro, y fue destructiva más no homicida. Las hordas de saqueadores fuimos contra la propiedad, pero no contra los propietarios”.

 

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Fabricio Ojeda (1989)*. “La “reacción en cadena” ha hecho cundir entre la clase media el síndrome del saqueo. Aunque los saqueadores nunca llegaron a la calle Géminis de Santa Paula, el equilibrio psíquico de los vecinos se vio gravemente herido. Instigados por la ex directora de prisiones Dunia Farías, se arman y montan guardia para protegerse de la inminente invasión de ‘la chusma’. Para decirlo con palabras psicoanalíticas, a partir del 27-F el otro excluido –la chusma– se constituye en el núcleo fantasmático que la clase media y alta vivirán como una pesadilla permanente que opaca la realidad hasta nuestros días. Paradójicamente, en ese mismo momento, ese otro –el insolente populacho–también es atacado por el miedo. En este caso, se trata del miedo tangible y concreto a los hombres de verde, ese ejército que durante esos días reprimió con saña desproporcionada a las zonas populares”.

 

Hector Bujanda (2008). “Al 27-F debe dársele el estatus de acontecimiento propiamente revolucionario. A partir de allí, la sociedad no volvió nunca más a ser la misma, y todas las formas de contención y mediación institucional que existían quedaron al desnudo en toda su inutilidad y entraron en una acelerada decadencia. Venezuela dejó atrás su larga ilusión de armonía y empezó a vivir un conflicto permanente de clases sociales, mentalidades y liderazgos”.

 

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José Ignacio Cabrujas (1995). “El 27 de febrero Venezuela vivió un colapso ético, que dejó estupefactas a muchas personas, fue una explosión sobre la cual no se ha escrito hondo, amerita un análisis, es una explosión que se traduce en un saqueo, pero no es un saqueo revolucionario, no hay una consigna, es un saqueo dramático, las personas asaltaron locales en medio de una delirante alegría, no hay tragedia, al iniciarse el proceso. A mí me quedó la imagen de un caraqueño alegre cargando media res en su hombro, pero no era un tipo famélico buscando el pan, era un “jodedor” venezolano, aquella cara sonriente llevando media res se corresponde con una ética muy particular; si el Presidente es un ladrón, yo también; si el Estado miente, yo también; si el poder en Venezuela es una cúpula de pendencieros, ¿qué ley me impide que yo entre en la carnicería y me lleve media res? ¿Es viveza? No, es drama, es un gran conflicto humano, es una gran ceremonia. Ese día de juego que termina en un desenlace monstruoso, cruel, la carcajada termina en sangre, es el día más venezolano que he vivido, nunca había sido tan interpretado por nuestra historia, por lo que nos está ocurriendo, es el día que fuimos sublimes y perversos como lo fuimos en buena parte de nuestra historia. Nuestros íconos históricos nos anuncian siempre ese dilema”.

 

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Ana Teresa Gómez (2008). “La mayoría de los análisis inmediatamente posteriores atribuyen las causas al paquete de medidas de Carlos Andrés Pérez, que trajo el aumento de la gasolina, y que detona la protesta en Guarenas, cuando la gente que salió a laborar y se encontró con el aumento del pasaje. Sin embargo, creo que fueron muchos los elementos que se juntaron, la gran brecha entre ricos y pobres, el desgaste de los partidos Acción Democrática y Social Cristiano COPEI. Los reclamos, protestas y exigencias de la población respondidos sólo con plomo fueron parte de los elementos que sirvieron de caldo de cultivo a una protesta que nadie puede atribuirse, porque honestamente, los militantes de todas las organizaciones de izquierda y ultra izquierda del momento quedamos a la cola de esta gran manifestación, de un pueblo que sin banderas y sin líderes decidió tomar la calle y hacerse oír”.

 

Boris Muñoz (2009) *. “27-F es el día en que la podredumbre se desbordó. Primero como carnaval, luego como tragedia. Dio pruebas de que la tradición civilista, torpemente construida en las décadas anteriores, podía ser un mero hiato histórico y anticipó lo inconcebible: en un día o dos podíamos retroceder un siglo o siglo y medio. La máscara de la civilidad se cayó mostrando que la anarquía larvada que tanto asustó a Bolívar y caudillos sucesores seguía alegremente viva y galvaniza con la potencia viral de la televisión. De hecho, la televisión nos hizo ver en un solo flash el futuro que se acercaba. Por eso, el 27-F representa el colapso de un modelo de ilustración. Es un símbolo de desilustración y como todo símbolo tiene vida propia (suelen traicionar a quienes pretenden robárselos). De allí la represión como respuesta, una suerte de automatismo psíquico ante el descubrimiento de que, a fin de cuentas, el discurso modernizante y civilizador no era más que un lujo o, en el mejor caso, el delirio anacrónico de la clase media y el estamento dirigente. Pero no creo en una épica del 27-F. El irracionalismo de quienes la promueven oculta un fundamentalismo y una vehemencia fanática que solo legitima el autoritarismo y el militarismo más ramplón. Esa es la peor vena de cierta izquierda. El Nadir del pensamiento: enamorarse de militares y llegar a justificar esa infatuación, diciendo que éstos van a servir, con su mesianismo patriotero, la mesa de la utopía”.

 

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Omar Roa Véliz (2007). “Quien este escribe no es de los que creen que todo fue espontáneo el 27 y 28 de febrero. Los ánimos de la gente demostraban contrariedad, descontento, rabia; pero los partidos parlamentarios habían perdido su capacidad mediadora entre Estado y Sociedad, los sindicalistas adecos habían apoyado a CAP y postrado ante su gabinete neoliberal; las asociaciones civiles y fundaciones que se decían representar a la sociedad civil se limitaban a sus espacios de influencia, especialmente vecinal; las organizaciones políticas revolucionarias no interpretaron el momento sociopolítico; pero, el movimiento estudiantil, ese que había retado y enfrentado a Lusinchi, seguía movilizado, y en las calles acompañó al pueblo en sus primeras protestas en Guarenas, Guatire, Caracas, Maracay, Valencia, y por donde ese extendió el fenómeno.

En la videoteca de RCTV, si no la han borrado, debe estar la cinta de un emisión del noticiero del 27 de febrero, donde, denunciando la situación abusiva contra el pueblo, apareció Yulimar Reyes, dirigente estudiantil de la UCV a quien llamábamos con cariño “Yoko”, de tan frágil apariencia, que quien no la conociera jamás hubiese imaginado tanta fuerza en ella y tanto amor por los pobres de su país; aunque para entonces, a esa hora de la emisión, ya un PM la había asesinado, convirtiéndose en la primera víctima fatal de la represión de ese día. Allí están tantos estudiantes que manifestaron y acompañaron al pueblo en las acciones de protesta de esos días. Luego vendría la más grande represión que población civil habría de sufrir en Venezuela por parte de las fuerzas militares y policiales, en el acto despreciativo por la vida más grande que hubo en nuestro país, siendo ministro de Defensa, Italo del Valle Alliegro, y del Interior, Alejandro Izaguirre”.

 

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Joaquín Marta-Sosa (1993). “Tal insurrección lo que demostraba era otra cuestión mucho más profunda y drástica: la democracia populista, bajo el control de grandes partidos de masas, tocaba a su fin. El 27 de febrero dejó en evidencia que la política había dejado de ser el reino de los partidos, que el Estado distribuidor agonizaba y que los controles convencionales sobre la sociedad ya no existían y, lo más interesante, ella se había dado cuenta”.

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Jennifer McCoy / William C.Smith (1995). “El nuevo gobierno fue puesto a prueba de inmediato por el llamado «caracazo». Los cinco días de disturbios espontáneos y anárquicos que estallaron el 27 de febrero de 1989, a sólo 23 días de la toma de posesión de CAP, culminaron en saqueos generalizados con la muerte de cientos de personas (algunas versiones hablan de más de 1.000). Esos disturbios fueron una respuesta a aumentos inesperados en los pasajes del transporte colectivo, cuyos efectos fueron exacerbados por un descenso mantenido de los ingresos reales, y por la creciente percepción de que el acaparamiento especulativo por parte de los minoristas y una acción limitada por parte de un gobierno igualmente ineficaz e indiferente estaba alcahueteando a los ricos mientras ponía los alimentos básicos fuera del alcance de muchos consumidores”.

 

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Yves Pedrazzini y Magaly Sánchez-R. (1990). “Se ha llamado el Caracazo a los sucesos que explotaron en la capital de Venezuela el 27 de febrero de 1989 y que se desarrollaron durante varios días, dando como resultado aproximadamente 3.000 muertos. Algunas semanas después, eventos similares se sucedían en Argentina. En Brasil, se han dado tantas revueltas populares y «saqueos» alimenticios que se habla frecuentemente del día del saqueo. El aumento del costo de la vida así como la adopción por parte de los gobiernos latinoamericanos de nuevas medidas económicas dictadas por el FMI, han provocado la cólera de los habitantes de las zonas más pobres, que han descendido las colinas saqueando los almacenes del centro de la ciudad. La represión fue terrible, incontrolada y sangrienta, particularmente en Venezuela”.

 

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María del Pilar García Guadilla (2003). “En febrero de 1989, la protesta política en la ciudad de Caracas contra las medidas de ajuste estructural adoptadas por el entonces Presidente Carlos Andrés Pérez, dio curso a una explosión social de grandes dimensiones denominada “Caracazo” (García-Guadilla, 1991). Este evento marca el inicio del miedo al “otro”; cuyo referente es el pobre o las “turbas desorganizadas” como las llamaron los medios de comunicación, que en esa oportunidad “bajaron los cerros” donde habitan para satisfacer su hambre de comida y de los artículos de consumo suntuario que les estaban negados, atemorizando con esta conducta a la clase media. (Aunque) en esta ocasión y a pesar que la mayoría de los bienes saqueados durante el Caracazo pertenecían a la clase alta y media, los pobres del cerro no se enfrentaron directamente con la clase media y alta. El enfrentamiento fue con los policías y Guardia Nacional que después de dos días de saqueo y un Toque de Queda decretado por el gobierno, salió a reprimir estas manifestaciones violentamente”.

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Teseracto Bolivariano Anarquista Salom Mesa (2007). “El Estado, sus ejércitos y policías, lo único que hicieron fue cumplir con sus funciones: Reprimir a la sociedad, controlarla, dominarla, someterla y preservar a punta de fusil el insostenible orden de la explotación. En esos días de contradicciones agudizadas se demostró la verdadera naturaleza de todas las instituciones de la desigualdad. El Estado demostró fehacientemente, cómo para éste el derecho a la “vida” siempre había estado muy por debajo del derecho a la “propiedad”. El 27 F bienes, propiedades y riquezas, se situaron por encima de la vida humana”.

 

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Héctor Faúndez Ledesma (1997). “La ausencia de imparcialidad de los tribunales militares en casos en que están involucrados miembros del fuero militar ha quedado de manifiesto, una vez más, en el de las muertes causadas como resultado de un uso desproporcionado de la fuerza, con motivo de los sucesos del 27 de febrero de 1989 y días siguientes. Diez años después del denominado «Caracazo», aún no han sido esclarecidas las muertes”.

 

* Estos testimonios son recogidos un día después de publicar los anteriores. No están en la web, por lo tanto van sin enlace.