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Ariadna tenía cuatro años recién cumplidos cuando atravesó el pasillo que conectaba su cuarto a la cocina y vio unos pies colgados. Acababa de despertar de un sueño dulce en el que Guillermo Dávila, el protagonista de Ligia Elena, la telenovela que veía su madre, su galán favorito, su sueño del cuento de hadas, le pedía matrimonio tras un beso largo, apasionado, y después la tomaba de la mano y la montaba en un Ferrari convertible, o en lo que Ariadna creía que era un Ferrari convertible y en realidad se parecía más a un clásico Camaro del año, con asientos de cuero puro y blanco y pulido. El destino, otra predilección: un parque de diversiones donde el actor le compraría una interminable tira de tickets para los algodones de azúcar, los refrescos y los juegos.

El paseo fue encantador y fiestero. Alegre, con las letras de los créditos subiendo sobre una melodía pegajosa. Conversaron, rieron e intercambiaron impresiones sobre los personajes de la telenovela. Se miraron. A ella se le batía el cabello y llevaba puestos unos tacones altos, de su hermana mayor, que de forma mágica, ahora le quedaban bien. Tenía las uñas pintadas de rosado con incrustaciones de estrellas en miniatura y en sus mejillas brillaba la escarcha. Guillermo le abrió la puerta al llegar frente al gusano. Ella le decía Nacho, le decía cariñito, mi amor y ojos lindos. A veces, también, Guillermito. Fue un sueño largo. Caminaron juntos, entre pellizcos, acariciando todo a su alrededor, prometiéndose viajes y tardes de playa, soltaron carcajadas leves en las sillas voladoras, se abrazaron en los carritos chocones, se amalgamaron en la montaña rusa. Antes de abrir los ojos, se besaron otras tres veces, la primera en el cohete de la fortuna, la segunda en un carrusel gigante con ponis, unicornios y una nube de osos de peluche; la última en la enorme rueda del amor. Ya estaban casados, fue increible. Trotaron hasta la salida dando saltos, de espalda y cargando una cesta tejida de mimbre repleta de premios. Como es lógico, apenas se despertó, Ariadna se tocó el corazón y buscó a su muñeca preferida para contarle.

Venía susurrando su felicidad y llevaba a su amiga imaginaria, que rozaba el piso, hasta que vio la extraña imagen y se frenó en seco. Entonces la muñeca, o su cabeza, que tenía un solo ojo y algunas rayas de tinta azul de bolígrafo, chocó contra ella. Se le enredó en el cuerpo. Sitió un calambre, un cosquilleo general y molesto. Tuvo ganas de llorar, pero se contuvo. Ariadna supo que algo malo estaba ocurriendo, había ocurrido, o iba a ocurrir. La verdad es que las tres. Decidió sentarse, entrecruzando las piernas, con su muñeca apretada al pecho, y lentamente se fue arrimando unos centímetros hasta quedar un poco más cerca. Solo un poco. Se mantuvo en silencio.

Los pies se mecían por el viento que llegaba desde el mar. Eran blancos y huesudos. La niña prefirió enfocar su vista en la distancia; al fondo estaban las barandas grises de la reja y el cielo abierto. Fue ahí que lo notó: aún era de madrugada. No quizo acercarse más. Era innecesario, o eso le pareció. Bastaban cuatro años de intuiciones recién cumplidas para saber que las venas que bajaban serpenteando hasta el empeine duro eran de su hermana mayor. Fue en ese preciso instante cuando decidió tomar su vida. Sin saberlo, Ariadna comenzaría a robar frases, manías y ademanes; y adaptaría otra forma –distinta– de estructurar sus ideas. Cambiaría su mano de escribir, comenzaría a peinarse hacia el lado contrario y se miraría al espejo constantemente. Ay –niña precoz– a partir de entonces también apretaría la cintura con sus dos manos, hasta hacerse daño, escogería con atención su maquillaje de juguete, mudaría los dientes y las muelas, todos, en meses-récords; se haría adolescente en tiempos de Barbies y cocinas de plástico, crecería con la velocidad de un perro.

Tras ese primer contacto con la muerte, casi de forma inmediata, también conoció la decepción y el desengaño. El sueño de Guillermo Dávila, actor y cantante famoso, ícono pop, ídolo de generaciones, se esfumó y la consecuencia la pagó su muñeca sin ojo, que fue a parar de un aventón contra el suelo y quedó muy cerca de la adolescente suicida. Ariadna siguió sin llorar, aunque ganas no le faltaron. Se fue a dormir al cuarto de su hermana con una mezcla de rabia incontenible, miedo, mucho dolor. Hizo una promesa en silencio: si el actor aparecía otra vez en la noche, le diría que ya no podía seguir casada con él, que lo lamentaba, pero que así debía ser. Ella estaba grande y ahora tendría otras cosas de las cuales ocuparse.

Su madre despertó a las ocho y recogió el cuerpo, con muchos problemas. Primero se llevó las manos al rostro y golpeó, impotente, las paredes. Le gritó a Ariadna que no saliera de la habitación. Miró consternada el rostro de su otra hija, cayó al suelo, se dobló, se abrazó a sí misma, tomó sus rodillas y rodó de un lado a otro. Se golpeó la cara, se arrancó un mechón de cabello. Intentó comprender algo. En vano. Se levantó confundida, se pellizcó el pecho, nerviosa, y después los brazos; lamentó haber perdido a su marido tras el nacimiento de Ariadna, que a estas alturas seguía durmiendo, esta vez sin soñar.

Su marido, al que todos llamaban Polito, había sido un trabajador incansable, no bebía, no fumaba, no consumía drogas, no era adicto al juego ni tampoco un hombre agresivo. Por el contrario, la trató muy bien y la cuidó como ningún otro hombre en los trece años que vivieron juntos. Pero tenía un defecto, o más bien dos. Un par de familias alternas, con mujeres e hijos incluidos. Y el consentimiento de una de esas mujeres, lo que hacía más difícil la situación. Polito cocinaba en las tres casas, limpiaba en las tres casas, tenía buen humor y salud de acero. Su mayor facultad consistía en hacer andar el tiempo despacio. Sus días parecían tener 40 horas. Siempre rendía. Era un marido casi intachable. Casi. Matilde no estaba dispuesta a soportar la traición; le pidió que terminara su relación con esas familias y no las reconociera, ni a las mujeres ni a los hijos, o de lo contrario se tenía que ir inmediatamente del apartamento y olvídate de verme a mí y a tus dos retoños, carajo. La puerta está abierta, decide. Y piensa bien, Polito. Piensa bien, por favor. No vayas a hacer una locura de la cual te puedes arrepentir más adelante. Mira que esto es lo que todos llaman estar en tres y dos, contra la espada y la pared, en pico e zamuro. Mírame, coño, después no hay vuelta atrás.

A Polito le tembló la quijada. Taconeó nervioso y caracoleó con sus dedos la pared de baldosas mientras esperaba que algún pensamiento luminoso lo librara del paredón moral. Hizo un amago por hablar, pero no podía. Escogió respirar largo y entrecortado, una vez y otra. Escondió la cara entre sus puños y se sentó unos segundos frente a la pequeña mesa de la cocina. Se levantó, caminó lento hacia su cuarto, recogió su caja de herramientas y un neceser con ropa interior, cepillo de dientes y desodorante que cargaba a todos lados. Cruzó la puerta con el cuello tenso y rojo, la saliva tibia. No dijo mucho. Le salió un te llamo la semana que viene y zas, Matilde le trancó la reja en la espalda. Al día siguiente, la mujer solicitó un cambio de línea telefónica y otro de cerraduras. Polito empezó a desaparecer de a poco. El primer mes las visitó tres veces. El segundo dos. Entre el tercero y el sexto, una. No más. Al año, o un poco antes, le envió un recado con un compadre extraviado que avisaba su mudanza a Panamá con una de las familias. La consentidora. Chao, Polito. Chao, no vuelvas más, quédate bien lejos, desaparece, púdrete, ojalá te salga comprar la zarzamora, ojalá que dejes de respirar, de mentir, deseo que la palmes y que sea feo, le mandó a decir Matilde, que ahora se quejaba con razón. Ay, ayayay, coño, coño, si él hubiese estado aquí

Matilde hizo muecas de todo tipo: arrugando la frente, llevándose las manos a la cara, achinando los ojos, mordiéndose la boca hasta romperla. Sus nervios eran una regadera de sangre al cerebro, una seguidilla de golpes a sí misma, la impresión a punto de epilepsia. Consternada, casi ciega, se acercó al cuerpo que ya comenzaba a cambiar de color y, mientras temblaba y se babeaba, besó los pies morados de su niña muerta, susurrando, negando, rezando, maldiciendo y preguntando repetidas veces, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Primero a dios, después a su hija, finalmente al vacío o a la línea horizontal que se dibujaba al final de la ventana. Había mirado al mismo lugar que su pequeña Ariadna horas atrás, aunque ninguna de las dos se enteraría de ese detalle, pues nunca sería comentado. Como es de suponer, el suicidio de la hija mayor pasó a ser inmediatamente y para siempre un tema prohibido en ese hogar. La madre, Matilde, echó su cuerpo hacia atrás, estiró los brazos, volvió a apretar sus ojos, despacio, y se persignó. Después llamó a sus vecinos para pedir ayuda. Por más que lo intentó, nunca más iba olvidar aquélla escena.


* Inicio del primer capítulo de la novela en construcción “Territorio Sagrado de la fuga”.