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El cuento lo escribí hace unos cinco años. Había un concurso en Caracas y, como siempre, yo necesitaba el dinero. Lo envié y no supe nada de él hasta el año entrante, o dos años más tarde, cuando vi nuevamente la convocatoria para el mismo concurso, en su siguiente edición. No me ha interesado la escritura de cuentos, porque estoy muy lejos del grado de perfección, maestría o genialidad que exigen. Pero llevo unos cinco o seis, tampoco se crean, uno a veces tiene sus madrugadas de delirio. En realidad son seis, pero uno es tan malo que cuenta como duda, o como medio cuento, o no cuenta.
Este me lo pidió Antonio Fournier, profesor de portugués en la Universidad de Torino y editor del libro Comboio com asas. Se trata de una antología de relatos que coquetean y se desplazan sobre un trencito de cremallera como encrucijada de aquellos viajes trasatlánticos de la vieja Europa.
Si durante siglos, el puerto de Funchal recibió pasajeros que venían de América y despidió a los que se iban de casa, este editor madeirense quiso hacer algo parecido con los invitados de una decena de países, además de Portugal (Suiza, Italia, España, Argentina, Paraguay, Brasil, Venezuela, Panamá, México, Estados Unidos: Lawrence Schimel, Gian Lucca Favetto, Julio Monteiro Martins, Mónica Bustos, Rui Miguel Saramago, Carlos Winter, Martín Amanshauser, el joven Campos…). Entre esas señas se metió entonces esta historia que hace unos días vi con buenos ojos en Internet, porque resulta que el libro se puede leer completamente en digital.
Lo que son las cosas, ni cuentista, ni portugués, ni de siglos pasados, pero unos añitos después de escribir la historia, hasta traducida me la vinieron a publicar.




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EL ÁNGEL SIN CABEZA
La función comenzaba a las diez. Por esos días de intensa lluvia Martín no había podido pegar un ojo en varias noches. Seguía tumbado en la misma silla desde la semana anterior. Leía la carta y se levantaba sólo para ir al baño o probar algún bocado de sopa (domingo, 9 pm), hígado encebollado (martes, 4 pm), pimientos (miércoles, 7 pm), bacalao (jueves, 1 pm), agua, agua, solo agua (viernes, 5 pm) y un chocolate hija, por favor (hace cinco minutos).
Nadie sabía lo que estaba pasando. Su puño estrictamente cerrado con la carta ni siquiera aflojó para abrir la bragueta de su pantalón frente al urinario. Una sola lectura bastó para entumecer su mirada hasta la parálisis, estaba tenso. El espejo sobre el lavamanos, rayado con manchas de un tiempo verde y húmedo, parecía burlarse a escondidas: temblando con la mano en la boca. La porcelana estaba fría y no soplaba mucho aire a pesar de la lluvia.
Por eso tanta pasividad la última vez en el tren. Ahora entendía todo. Pudo intuir que algo estaba por suceder, pero nunca imaginó que fuera de esa manera, a causa de una torpeza. Otro enamoramiento fútil y suicida. Otra ligereza femenina de esas que lo echan todo a perder. Otra mentira futurista y canalla. A él, siempre tan tranquilo, desmemoriado, callado, austero, sin duda un buen tipo y el mejor de los actores, ahora un cambio súbito, como de soplo contenido y rictus de hielo se le plantaba sin más y lo ofrecía como un hombre desconsolado en un nuevo panorama: el del viejo abatido frente a la nada rechazando cualquier sonido, cualquier pulsación, cualquier intento de consuelo o invitación absurda, excepto esa, porque la función de las diez de la noche era otra cosa.
Significaba justamente la posible culminación del plan; el escenario perfecto para la última salida, el quiebre. Era lo que había estado esperando en silencio desde hace muchos años. Posiblemente la oportunidad que nunca más se le iba a plantar. Además, llovía. Llovía como en ninguna época sobre la isla y eso enlazaba perfectamente con el plan: oscuridad, rapidez, confusión y un toque efectista que ayudara a retenerlo en la memoria. Sobre todo, en la pequeñísima pero ajusticiante memoria colectiva de ese pueblo fantasma.
Cuando el tren subía parecía traer consigo el calor de la costa, pero en estas casas de hospedaje, el frío era un asunto nocturno que arrancaba maldiciones, y a veces la fiebre. Habían llegado a Madeira para mostrar la última temporada de la obra. La misma que reunió durante seis meses a un grupo de actores de una legión tan extranjera como temerosa. Se trataba de una representación que tenía sus días contados, con la vuelta de algunos de ellos directo al olvido. Ya habían pasado por España, Francia, Italia, Grecia, Austria, Suiza y ahora Portugal. Esta parada final era más un premio de posguerra para los actores que quisieran embarcarse luego a la América prometida, y Martín había planeado su fuga con otros dos compañeros. El problema surgía con la carta, ese papel venido de nosedónde que parecía trastocarlo todo, o casi todo. Una jugada inesperada de un destino infausto y cínico. Además con su hija ahí, mirando el retrato sin entender nada, absolutamente nada.
-¿Quieres algo más, padre?
Él sabía muy bien lo que quería y no se iba a frenar ahora. Más allá de esa extraña sensación que le sacudía el estómago, Gilda, quizá por primera vez en su vida, terminaría de conocerlo. Él manejaba la obra de memoria, prácticamente se la había enseñado a ella mientras la miraba con esa expresión bufa que lo delataba como el payaso más triste y contradictorio del mundo.
Que todo partiera de una burla y el personaje no advirtiera el ridículo ni en las acciones más bajas, era lo que más le gustaba. Además de la idea del castigo en el último acto, el momento perfecto para ejecutar su venganza ante la mirada incrédula del público, de un público que en adelante nuca lo volvería a ver, pues nada más terminar se iría dejando todo atrás, incluyendo al grupo de teatro, la isla, el continente. Y también a su hija. Una venganza dolorosa que culminaría con las notas más agudas de la orquesta.
La traición tiene un nombre: Gilda, igual que el personaje que muere al final en la pieza: el arte de la representación, decía, una maravilla. También estaba esa presencia sombría, oculta, que no le permitía reír como deseaba. Al menos como debía hacerlo. Y ahora la carta, que no lo dejaba pensar en otra cosa fuera del plan y esa última función, a las diez de la noche. Su parte favorita era cuando Sparafucile (Roberto, que también estaba en el plan) se daba la espalda, y él lo seguía con la mirada. Hinchaba su abdomen, cerraba los ojos y comenzaba desde abajo, con esa voz de barítono que tanto le gustaba a Gilda, desnuda, magnetizada, haciendo amagos de prestidigitación sobre la cama con el sombrero de tela en la cabeza, gritando, voz soprano en movimiento convulso y sus nalgas reflejadas en el espejo del pobre escaparate de madera podrida, tenores de barrio, decía, y otra vez se burlaba de sí mismo mientras se comía el deseo y la miraba desde abajo, completa, entera, gigante, a veces bailarina perfecta, a veces sirena en la humedad penetrante de una habitación que nunca alcanzaba para los sueños, a veces personaje, ficción, intérprete, mentira, utopía, juego y risa falsa, porque la historia estaba allí escrita y ellos se seguían engañando, por encima de su atracción voraz e incontenible y a pesar de que sabían casi todo el uno del otro.
Casi todo, porque ahora Gilda, como pensaba él mientras secaba el sudor de su frente todavía con el papel empuñado, lo terminaría de conocer por completo.
-Padre, no has pronunciado palabra en días. ¿No quieres más nada? Ya se acerca la hora de la función.
La mujer es voluble y yo soy el hombre que ríe. Pero no sabía reír ahora, se notaba mucho la mueca. La donna è mobile qual piuma al vento, las tablas ante el escenario casi vacío ya no eran causa de depresión. Los baños, paredes blancas, gordos en ropa interior y puertas desvencijadas, no ofrecían ni siquiera un pedazo de costumbre. Esos gorgoteos al pie de la escalera y el maquillaje blanco que acentuaba las arrugas al filo de una noche lluviosa, no dejaban mucho más que pensamientos escapistas. Todos estaban allí, menos Gilda, a sabiendas de que sería la última función. Algunos, como el director, o Renata, la hermosa niña del coro a la que en una ocasión miró desnuda, intuían que pasaría algo más allá del escape del final de temporada. El teatro, repetía, una maravilla, el arte de la representación.
-Padre, ¿vas a ir a la función? El tren está a punto de irse, ya es hora.
Martín seguía sentado, débil, por la noticia y por no haber comido desde el bacalao de hace día y medio. Afuera seguía lloviendo. Miró a su hija con la retina estallada y algunas lágrimas que se apretaban sin fuerzas en las cuencas de sus ojos. Se levantó, respiró y se dirigió con lentitud hacia el baño. Sintió su cabello más lánguido que nunca. Con el papel aún en la mano, comenzó a frotarse la sien. Esta vez no haría ejercicios de vocalización. Las tripas, quizá por los nervios, sonaban cada dos segundos. Abrió el grifo. No había agua. Miró el piso de la ducha, había algo de moho en él. Hace apenas unas semanas, apenas llegar de Suiza, enjabonó la espalda y las piernas de Gilda en ese mismo lugar, con las venas hinchadas y cantando bajo el agua, erguido y fuerte la cargó sin resbalar y esta vez sí parecían reír de verdad, con la espuma por todo el cuerpo y esa piel que se ajustaba a lo que él deseaba, una entonación infinita de ritmos sensoriales y bailes sofisticados dentro de un rectángulo de 4 metros cuadrados. Los gritos y la sonrisa de mujer descubierta lograron atraparlo y envolverlo en una adicción de la cual pagaba el precio en este momento.
Ya antes había planeado la venganza por su traición, sólo podía alimentar sus ganas. Proyectarse en un par de horas, camino a ese teatro improvisado, en el tren que bajaba al puerto de Funchal, primero; después en carro: los limpiaparabrisas volando rápido, las gotas golpeando el vidrio y Verdi en su cabeza a todo volumen. Abrir la puerta con la cabeza en alto, expandir sus labios hasta sacarlos de la cara, saludar con la mano, sin decir palabras, aún con la carta apretada en un puño, caminar lentamente y, sobre todo, no verla a ella, no levantar sospechas dentro del grupo, no dirigir el acto hasta el momento preciso.
La llegada en el tren de cremallera y su paisaje le mostraron el cansancio y también el silencio, o en todo caso la humanidad guerrera. Porque pensó en ellos, la máscara y la similitud del soldado con los cantantes de ópera. Transitar ciudades como quien va de paseo, sorteando el peligro del descuido. Y se tranquilizó al saber que su último destino sería esta isla apacible, de suave ajetreo, con brisas cruzadas y la encrucijada, a lo lejos, de trasatlánticos y buques de custodia, que transportaban a distintas clases de pasajeros los primeros, de prisioneros los últimos.
Secó sus brazos, algo sudados, con una toalla pequeña. Y dejó de pensar en el tren para ocuparse de Gilda y la función. Su hija lo acompañaría, de seguro se sentaría en la primera fila, tercer puesto de derecha a izquierda frente a la tarima, como lo hacía siempre. Sintió ganas de vomitar. Apagó la luz sin mirar y se dirigió a su cuarto.
La primera parte del plan consistía en llegar al teatro con el vestuario puesto. Obligar la risa y la impresión de los asistentes bajo sus paraguas. Los sacos mojados contrastarían o, al menos, dejarían una buena imagen para el recuerdo versus su mueca de bufón malherido. Quitó el pantalón que no se cambiaba desde hacía una semana y abrió el closet. Sus interiores estaban manchados. Ni siquiera se acomodó el bulto. Apretó el ceño y entrecortó su respiración. Su pecho temblaba, casi no podía controlar el llanto. En la cocina su hija preparaba un té. Le costó un poco cambiarse la ropa entre sus ganas de gritar y golpear la pared con la mano que sostenía una carta definitivamente demoledora. De repente rió. Rió como sabía, burlándose de sí mismo, tragicómico y cruel. La camisa estaba en un cesto de plástico verde, amontonada junto al lote de ropa sin lavar. El maquillaje prefirió dejarlo por la mitad, sabía que Gilda entendería el mensaje. Nadie lo maquillaba como ella: así como él le mostró la obra mientras hacían el amor cuando se conocieron, ella fue la única que logró el maquillaje perfecto, incluso después de tantos meses de estrenos y temporadas exitosas en las que todo salía bien.
El resto del proceso varió poco con respecto a su rutina de preparación. Pero la impotencia por saber que una jugada fuera de cálculo estaba planteada después de ese escrito y la sensación que le rompía el estómago, definitivamente no habían estado antes. Dejó la puerta abierta e hizo un gesto con la cabeza para decirle a su hija que lo acompañara. Después de todo, aunque no lo supiera, él hacía esto por ella.
-Padre, ¿qué es lo que pasa?.
Llegaron al mismo tren que, en principio, debía transportarlos a todos al puerto donde estaba el teatro improvisado. Pero ese día el grupo en pleno recogió sus cosas y salió temprano para almorzar junto a las autoridades de la isla, en honor a la República y al tan comentado fin de la guerra. Todos menos él, que alegó fiebre y malestar estomacal. La vista panorámica de la Suiza atlántica se perdió en el descenso, mientras Martín releía, una y otra vez, la carta que no dejaba ver a su hija. Antes de bajarse, miró el vagón y tuvo miedo. Estaba repleto y se sintió observado.
Llegó a la última estación y de inmediato tomó un taxi. Allí le dijo a su hija lo que pensaba hacer. Cuando terminó la confesión, se recostó y tocó su frente. Cerró los ojos. La muchacha miró hacia arriba y quiso que el tren se devolviera junto al tiempo hasta la casa de hospedaje. Quiso haberse enamorado. Quiso perderse en la verde soledad del cerro o en uno de los barcos que zarpaba. Pero no deseaba pasar por el teatro.
Apenas estacionar, además de su facha de bufón de corte mal pintado, Martín tuvo un gesto que lo desmarcó del resto de la gente que pasaba por ahí en ese momento: no reparó en el charco ni subió las botas de su pantalón al trepar de la calle a la acera. Su hija corrió con pasos cortos y el paraguas en la mano derecha. Él miró el cielo y dejó que la lluvia le corriera un poco el maquillaje. Caminó con la cabeza en alto.
Al abrir la puerta de la sala (capacidad para 200 personas), se encontró con Roberto, quien sabía del plan pero no de la carta. En seguida, al verle en ese aspecto, le preguntó qué había pasado.
-¿Por qué no me llamaste Martín, ni me hablaste en toda la semana?
Su hija caminó sin saludar a nadie, y se sentó en la última fila.
-Es tarde, Gilda no está. ¿Tienes idea de lo que le puede haber pasado?
Martín le entregó la carta a Roberto, y sonrió con esa mueca perversa. Se dirigió al baño. De lejos miró a Renata, la niña del coro, y la volvió a imaginar desnuda. La función estaba a punto de comenzar. Todos terminaban su preparación. Afortunadamente, el director estaba de buen humor por ser el final de una larguísima temporada; para él, era su última oportunidad y el momento perfecto, así que no costó convencerlo de imprimir un cambio de última hora en el aspecto del personaje, como regalo justo para alguien que había soportado tantos meses de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, cantando e interpretando lo mismo. Por eso el maquillaje, y esta facha desaliñada. Sí, también por eso el ojo estallado. Es de mentira. Como todo.
La sala, por primera vez en el último mes, estaba a reventar. Todo salía según lo planeado. Buena asistencia y afuera seguía la lluvia. Su hija permanecía tranquila en la sala. Gilda acababa de llegar, a la carrera. Renata seguía desnuda, como siempre: se cambiaba a última hora mientras la orquesta daba los toques finales y los del coro tomaban sus puestos con los ojos cerrados. La concentración era absoluta en cada uno de los intérpretes. Ya todos estaban preparados, en el lugar de arranque. Menos Roberto, que acababa de leer la carta. Pero él no salía a escena desde el principio y ocupaba el lado opuesto a Martín en el escenario. Por eso estaba desesperado, no lograba acercarse para preguntarle sobre esa locura que estaba escrita allí. Había que aclarar muchas cosas antes de poner en marcha lo que habían planificado. Así no podían abandonar Madeira. No había traición posible que mereciera ese final. De igual forma, como la canción del último acto, no podría ser feliz a su lado o sin ella. No tenían salida, y de eso parecía haberse dado cuenta en ese momento. Pero no quedaba tiempo. El último timbre que avisaba el inicio estaba sonando. La luz se apagó.
Se oye música a lo lejos. Dos personajes entran por la puerta del fondo.

8 Comments
1 Verónica Ruiz del Vizo (de ti) Escribió:
Campos, Te amo; te felicito; te quiero depertar para darte un besito, pero te ves lindo así:dormido (tenías razón).
Bravo, galán.
Yours,
Vero
2 Verónica Ruiz del Vizo (de ti) Escribió:
¿Notaste que el último personaje del blog de la 2021 se llama Martín? Al igual que el tuyo, al igual que mi último post. Pero no creo que todos sean “Castillo” de apellido. Te amo.
3 Leo Felipe Escribió:
Chipi, no me digas lindo en público, y menos en este blog. Intento construir la imagen de un hombre duro, de una ratica que nunca duerme, de un tipito serio pues. Te amo. El Martín de la 2021 es este mismo. El tuyo es una traición del subconsciente. Todos son Martín Castillo. Porque Martín Castillo somos todos. Ese es el único, o el mejor de los personajes.
Todos los besos y mis cariños…
4 Verónica Ruiz del Vizo (de ti) Escribió:
jajaja, Ok. Es verdad: eres el chico rudo que duerme más lindo. Rocas bien fuerte, si eso te hace más ¨ratica¨. Creo que te faltó: todo mi amor. Pedazo de rata.
Saludos.
5 Victoria Sequera Escribió:
Leo. Amé y odié tu comentario en la misma proporción. Así soy de contradictoria. Lo amé porque tienes toda la razón, es inaudito cómo hay gente que no sabe como se ve, como huele, como lastima, como se respira, como se siente la ciudad en la piel. Caracas, para mi, es como un amor de estos tóxicos, como un hombre que te hace daño sin querer y al que quieres cortarle las patas de vez en cuando… Qué bueno saber que no le encuentras la lógica a ese desconocimiento. Admirable, señor, admirable. La aclaratoria personas en que no, no soy del lado de adentro de la ventanilla, conozco casi toda la Caracas a pie y todos los días me monto en el metro y en una camionetica (mínimo), hablo con los taxistas y los buhoneros, tengo mil libros del puente de la Fuerzas Armadas, los DVD´s de Bellas Artes han salvado mi carrera audiovisual, mis amigas más queridas consiguen zarcillos a 2 BsF en el Centro y por mi ventana entra más smog y ruido que oxígeno. El post se refería a que nunca había ido a “Colinas de Valle Arriba” en transporte público,sólo a Colinas de Valle Arriba porque siempre me daban la cola jajaja de resto, tengo la suela de los zapatos desgastada y casi nunca tengo limpio el ruedo del pantalón. Ese día decidí olerlo todo, sentirlo todo y caminar sin prisa… por eso está escrito así, como descubriendolo todo… Ah… y odié el comentario porque me hiciste entender que no todo se interpreta como está en mi cerebro, fuck. Ahora, devuélvete y dí algo bonito de mi post jajajaja. No es cierto.
Eres brillante. Un abrazo para ti y todo el amor más bonito para Vero y el ángel que tienen por hija
PD: Carlota está INCREIBLEMENTE HERMOSA y Veronica es la mujer más admirable del mundo
Afortunado.
6 Marc Escribió:
martín castillo somos todos
7 Victor Marin Escribió:
Felicitaciones Leo!!
abrazo grande
8 javagame Escribió:
Very goood!!!