Sacúdanse la arena de las sandalias y dejen la rezadera. Abran los ojitos, olviden el Apocalipsis. La semana que viene –como todas, cada vez menos santa– es de la Narrativa Urbana. Así la quieren llamar los organizadores del evento, el Pen Club de Venezuela y Ficción Breve. Creo que es la cuarta –uy, qué pavoso– y como todos los años un grupo de escritores en ciernes, previamente convocados-seleccionados, leerán un cuento en público para deleite o sufrimiento de los penitentes. De los asistentes. De los que estén allí porque de seguro:

a)    Son unos jóvenes entusiastas.

b)    No tienen oficio.

c)    Son amigos de alguno de los narradores.

d)    Todas las anteriores.

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Ahí está la grilla de la semana. Yo leeré el martes 21 de abril, por supuesto. De lo contrario este post no tendría mayor sentido. Es decir, podría tener alguno, pero pequeño. La dinámica diaria –según tengo entendido– es que tres personas presentan sus relatos y después un aventajado lector, un experimentado cuentista, un catedrático de la literatura o un duro de matar, comenta lo leído por el joven narrador urbano. Ese martes 21 el invitado para hacer la presentación y los comentarios es Carlos Sandoval, a quien conozco poco pero de quien podría afirmar que entra en las categorías arriba mencionadas. *

El miércoles leerá mi amiga Kaury Ramos. Vayan. Es en el Centro Cultural Chacao. A las 7 pm. Está bien, no lo hagan por mí. Háganlo por Kaury, que sí es buena persona. Para la clasificación c) habrá cervezas post encuentro siempre y cuando se evite hablar de literatura.

Salud.

 

* Si la resaca no me borroneó la memoria, con Sandoval compartí unos tragos en los alrededores de una barra fría y aburrida en Mérida, y ambos –mira qué caraduras, qué bandidos, qué sin vergüenzas– nos fuimos sin pagar. No es que nos aprovecháramos del hotel cuatro estrellas que lo hospedaba (yo me quedaba en uno de menos quilates, donde tenía que gritarle al portero que me abriera el portón del estacionamiento para poder entrar después de la media noche), sino que logramos, en una rápida y corta confusión, que otro cuentista pobre, disfrazado de boxeador, nos invitara. Y eso no es poco decir.