i-ching

Sí, bueno, podría molestarme por el ladronismo del gobierno y el silencio cómplice de los inocentes, pero por alguna razón lo que me inquieta es la alegría ramplona de esta clase media enana. Entiendo que la historia y la venganza quieran convencer a muchos de que Chávez no es Chávez, pero –ilusiones aparte, uniformes aparte, populismos aparte– el suspenso folletinesco de sus domingos es lo que mueve a estos analistas de titulares de prensa: clase media, clase radioescucha, clase de tráfico lento. Clase de panadería. ¿Quién fue primero: el huevo o la gallina? La culpa es de ambos. Por eso sigo leyendo a los tramposos intelectuales de lo que yo creo que es la falsa, y lo que yo creo que es la verdadera izquierda: momentos, sorpresas, sensibilidades que se apagan como la luz de una bengala, cuadrillas que intercambian roles dependiendo de la circunstancia: porque descubro entre líneas una fe y una simpleza que me ayudan a seguir desconfiando.

Hace poco leí en otro de esos despropósitos propagandísticos, guevaristas y bolivarianos, que un revolucionario es alguien que se preocupa por el bienestar del ser humano. Algo así. Tenía la firma de Che, pero vaya uno a saber. Obvio, pensé, yo de revolucionario no tengo nada. A mí me importan mi tranquilidad, mis dos mujeres, mi bar y mi periódico deportivo. También cinco novelas que me quiero leer desde hace años y no he comenzado. Pero con eso tengo. Me podrían quitar hasta el dominó y yo tranquilo. El resto que se joda, a mí no me gusta la gente. Y menos la gente que viene a venderme frases de Deepak Chopra y silogismos de Osho, como si la complicidad y el miedo se resolvieran en una línea.

Vuelvo a leer la valla y caigo en cuenta de la fatalidad: estamos en guerra, los enanos tienen razón. Los verdaderos y falsos izquierdistas también. Una guerra sucia, asimétrica, de cuarta generación. La culpa es del conocimiento. Y de los medios. Y de los progres, que confunden filosofía con autoayuda. Y de Chávez y su gobierno que confunde ideología con acción y recicla los desconsuelos de los pobres. Alegres, aguerridos, desahuciados. Justifica tu existencia: mereces la muerte.

Pero si el gobierno es incapaz de encarar sus fantasmas, la soberbia de los enanos es deshonrosa. Aunque digan lo contrario, aquí hasta lo siniestro está estandarizado. Complacientes, con una terapia sicológica de cuarenta y cinco minutos, dos cachitos y un café con leche, el gimnasio y sus conversaciones de pasillo alcanzan para confirmar la tragedia, para simular el desconcierto, para completar el juego macabro del sadomasoquista: quiero mejorar, pero no me dejan, pobre yo, malo tú, dale que ahí viene, no me gusta, pero sigue, me quiero como morir. O sea.

¿Y quién se ocupa del fulano bienestar del ser humano?

Prefiero la evasión total para no reírme o ser incómodo a los dos. A los dos bandos, quiero decir. A Chávez y Chavitoz, a enanos y farsantes. Prefiero el vacío, en todo caso. La valla en blanco y las preguntas. Aunque a veces me distraigo y pienso en participar de esta guerra como un kamikaze presumido, asumiendo el falso riesgo de construir mi propia valla, y por eso vine, nada más para escribir mi I Ching de esta semana:

Convalidar los errores ajenos cuando tienes el poder no es transformar la realidad. Transformar la realidad cuando eres un enano es imposible.