A mi madre la recuerdo con la respiración entrecortada y apretando los dientes, con una pelota de bowling en el pecho, pequeñas rachas de escape voluntario y el amor más grande que conocí hasta que nació Carlota. Carlota es mi hija y actualmente ocupa la mitad del brillo que se me ve en la cara. Sobre mi madre, a veces pienso en el desierto que me dejó por dentro y en que me provocaría creer que es posible verla aunque sea de lejos un minuto al mes. Siento ganas de llorar y como no me gusta, trato de distraerme. Mi amor por ella vive. Es duro. Es bonito.

* * *

Madre, si pudieras leerme te escribiría otro poema como aquél cuando tenía 18 o 19 años, ¿te acuerdas? Uno que terminaba con ese verso de oración, o de plegaria: dios te bendiga. Y eras tú, o tu voz en mi cerebro, diciéndomelo despacito. Qué malos poemas escribía, mamá. Para escribir bien hay que saber mentir y en ese momento yo era sólo entusiasmo. Ahora intento decirte algo y no me sale. Es como mi libro imposible, mi particular entrada luminosa, mi memoria revolcada que no logra ordenarse. Irse de viaje no es extrañar, esto sí. Tú sabes, algo como eso. Pero nada.

* * *

Te amo. Bailarina. Y así te recuerdo. Puede que escrito suene a poco, pero por dentro es pura música en forma de carnaval y playa y noche.


imagen-1