Alberto de Castro -
A Alberto le gustaban las malas mujeres. Aquellas que, como Maria Félix, nunca mostraban su edad porque estaban demasiado ocupadas en vivir la vida como para contarla. Las adictivas, las fuertes, las pérfidas, las calculadoras, las vividoras, las traidoras, las devoradoras, las rebeldes, las misteriosas, las oscuras, las vampiresas; esas eran las que él disfrutaba. Pero para su desgracia, ninguna de ellas lo mató. En cambio lo asesinó una suave, decente, dulce, honesta, solícita y respetable dama, que hubiera dado su vida por poseer algo de la perturbadora sexualidad que exuda Rita Hayworth mientras baila y se quita los guantes como Gilda. Esa tarde en el taller de Alberto de Castro, la dama miró con recelo el traje de una mala mujer. Luego, frente a uno de los espejos, se observó con detenimiento. Si una imagen es el alto que hace la mente entre dos incertidumbres, ella, antes del crimen, quiso huir hacia lo incierto. Lo que vio no le gustó: ese cuerpo, su cuerpo, jamás podría usar aquél vestido. Alberto captó inmediatamente la transformación, decidió dejarla a solas, había entendido su secreto. La dama no quería ser decente y al verse descubierta, buscó con desespero un arma para eliminar a su testigo. Alberto fue encontrado en su taller de Altamira doce horas después. Le habían asestado seis tijerazos por la espalda. El caso jamás se resolvió. En la escena del crimen lo único que faltaba era un vestido.
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Titina Penzini -
Hace siglos el punto más occidental de la tierra era la isla del Hierro, en el archipiélago canario. Ese era el fin del mundo. Desde allí zarpó Colón tras lo desconocido. Buscando Asia encontró América. Ana Cristina Penzini logró hacerse en el momento correcto con zapatos adecuados de la colección Primavera Verano 2008 de Prada. Justo en el clímax de su paroxismo fashionista, recordó mirando la abundante cantidad de revistas de moda que la mantenían al día, una frase de Oscar Wilde: “La moda no es más que una forma de fealdad tan intolerable que nos vemos obligados a modificar cada seis meses”. Miró sus zapatos, miró las revistas y murió. Los forenses no han tenido tiempo de dar un diagnóstico preciso. Sus más allegados sostienen que, al ver cuántas piezas de la próxima temporada necesitaba, tuvo una hiperventilación repentina que devino en infarto fulminante. En un mundo sin misterios, el fenómeno de la moda se antoja como un vasto territorio inexplorado. Cuando partió a la eternidad, Ana Cristina –Titina, para sus amigos– pensaba justamente en eso: en los territorios que no descubriría. A pocas horas del sepelio, muchos sostienen que no está muerta, sino que sufre un ataque de catalepsia. O que esto se trata de un truco publicitario para tener un programa de radio más largo.
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