Rubén Beneyto -
Thomas Carlyle escribió en 1833 Sartor Resartus –algo así como El sastre rastreado– suerte de sátira filosófica en la que a través de una “Filosofía del vestido” se analiza de forma casi milimétrica eso que llaman El orden social. A lo largo de sus páginas, los dandies son definidos como: “hombres cuyo oficio, función y existencia consiste en llevar puestas en las ropas, todas las facultades de su alma. Espíritu, bolsa y persona están heroicamente consagrados a ese único objetivo. Así como otros se visten para vivir, ellos viven para vestir”. A juzgar por la cantidad de bolsas que pueblan su escena criminal, no sería erróneo afirmar que Ruben Beneyto era un dandie. Espíritu, bolsa y persona eran la sagrada trinidad del escritor británico. Hoy habría que hablar de un cuarteto divino y agregar la tarjeta de crédito. Consumo, ergo, luego existo. Tras llevar al límite posible todos sus plásticos (entre los que se incluía un tarjeta de la UNICEF), Beneyto, sumergido en una orgía de bolsas y objetos, entendió la frase de una almohadita que parece ser su nota de suicidio: “Existe um mundo melhor, mas é carissimo”. Un sabio cóctel de vino tinto, Tylenol P.M y benzodiacepinas se lo llevaron al otro mundo. No sabemos si uno carísimo, pero esperamos que, sí, mejor.
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Luis Cobelo -
El suicida jamás regresa a la escena del crimen. Él no fue la excepción. Su cuerpo, víctima de las múltiples fracturas ocasionadas por el impacto contra el piso, dio su último estertor en las afueras del edificio Universe de Altamira. No hubo averiguaciones. Algunos funcionarios policiales notaron que en el balcón desde donde cayó, quedaron huérfanos el par de zapatos que se quitó antes de saltar. El gesto tiene una doble lectura: o bien no quería ser uno de esos desordenados cuerpos inertes a los que siempre les falta un zapato o, de algún modo, quería permanecer en el mundo. La vida le jugó una mala pasada, a saber: estar en el lugar correcto en el momento justo para presenciar cómo la muerte invadía todos lo espacios de su vida. A donde iba, alguien moría. Apesadumbrado, triste y solitario encontró en el vacío su consuelo. Extrañaba mucho las risas de sus amigas, el parloteo banal de las mujeres que tanto lo atormentaron y amaron: Ana Khan y Titina Penzini. Mientras caía pensó con placer –y un poco de vanidad– que incluso muertas, logró que se vieran bellas.
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