
Dedicado a S. Y claro, también a E.
¡Mira! Tengo dos admiradores. Uno piensa que el arte está en la historia y el conocimiento de nuestras raíces. No te rías. Habla de mí en su huída, pero ella –porque es mujer de corazón y ya sabes que la fuerza se respeta– asegura que vivir es una guarida. Está en guerra. Que se pronuncia así: está en guerraa. Con dos a. O con tres. Quiere partir el tiempo en dos y llamar a eso revolución. Pero sigue –sigue siguiendo– las reglas del juego. Las mismas de siempre. En eso le va la vida. ¿Cómo hacemos?
¿Cómo que nada? ¿Verdad? ¿Lo (la) dejamos así? ¿Ni siquiera intentarlo a su lado?
Ok.
* * *
Cuando aprendí a leer entendí que no había vuelta atrás. Años más tarde fui uno de esos que se asomó a la ventana y amenazó con otro callejón sin salida: “volveré siempre, porque esto es lo que soy”. Mentía, pero en ese momento no estaba al tanto. Jugué con alinear mi criterio siempre al contrario. Me gustaba tener razones, no la razón. Y en el entretanto aprendí a lanzar unos golpes: el recto y el que va de lado, mientras el cuerpo cae, antes de rodar para esquivar la patada. Las patadas. Al llegar a esta ciudad supe que los débiles mandaban en mi terreno, que acabar con ellos iba a ser más fácil que penetrar, instruirse y practicar el amor en azoteas con ropa húmeda y pupú de perro en el piso.
¿El otro? ¿El otro admirador? Le tiene miedo a la palabra “amor”. Sí, cree que decir eso es convertirse en Benedetti, como si un poeta uruguayo se hiciera juntando dos palabras mal pronunciadas. Y eso que este es gay y macho. Sí, el otro es macho y mujer. Bueno, no tengo admiradoras genuinas, supongo que de alguna forma lo tengo merecido.
* * *
Mi único alegato es demostrar que la eternidad no tiene que ver con plazos electorales ni con buenas o malas intenciones. Mucho menos con las mismas mafias de la televisión y los cuentos del buen samaritano. Cierto que me he mantenido –hasta ahora– libre de vender mis ingenuidades, pero también digo que he quemado toda duda a punta de borracheras, de fe, de confianza y colchonetas. Ahora quiero que me digas si ha llegado la hora de asustar a los débiles y traicionar a mis admiradores.
¿Todavía no?
Ok.
* * *
Entonces te recuerdo y digo: gracias. Porque la fuerza que me mantiene te la debo. Por permitirme creer en lo distinto y por enseñarme que una caricia y nuevas búsquedas son parte del crecimiento de nuestra alma. Por repetirme sistemáticamente con tus gestos que no debo lanzar los golpes hasta que sea necesario en una forma estricta y rigurosa. Y porque una vez lanzados, debo pegar o morir, siempre pensando en ti, mi palabra. Tenías –tienes– razón: eres el verbo más bello y eso no se conjuga en plan descuido, como si camináramos a toda prisa.
No todo fue naufragar, ¿no?, como canta el poeta.