
Por Ana María Khan -
Fotos: Rikki Kasso -
Teoría del cuerpo enamorado, vestido y desvestido
El enamorado siempre espera al otro, su gesto, su palabra, su señal. La espera siempre es impaciente, quiere revelarse, acelerar el tiempo. La espera tortura, incomoda o es ansiosa. Es como un gran espacio vacío en el que ya ni el polvo quiere levantarse. No importa cuanto abras las ventanas, ni cuanto sople el viento: ni el polvo quiere levantarse. Mi cuerpo es espacio vacío.
Correr es inútil. No puedes huir. El espacio vacío es donde no estás –es decir– conmigo. Debes morar allí. Supongo, eso es la arquitectura: construir en un inhóspito lugar, la casa de cuentos de hadas, un mundo al revés como el de Alicia, un lugar donde esperarte. El enorme guardarropa en el que ya nada cabe.
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Vestidos
Vestirse es una forma de escritura. Al cubrir mi cuerpo me convierto en un texto en busca de lector. Todo texto espera ser leído, desea coquetear, desea que lo deseen.
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Rojo I: la imprudencia
La elección incorrecta de un color puede ser asunto de vida o muerte. Elección, bien lo sabes, es la palabra, el fenómeno, un evento frecuente en el país. Es jueves, el domingo el país debe decidir entre dos palabras: Sí. No. Entre un rojo y quién sabe qué color. Jueves en la mañana, imposible resistirse a ese vestido. Ya en la calle siento cierta hostilidad, con horror me miran como criatura del infierno que con descaro se pasea por las calles. Todos murmuran, esquivos, mientras camino. La hostilidad crece y decrece según donde me encuentre. De repente una voz me trae a tierra y como en una epifanía pregunta: “¿Adónde va esa marea roja rojita?”.
Para evitar comentarios alguien me presta una chaqueta negra. Pequeños desastres, la libertad de color ya no existe.
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Éxtasis I
A veces, en medio del desorden de mi closet distingo, claramente, la franela que use la primera vez que fuimos a bailar. Aún creo que no te gustaba. A mí me encantaba llevar en el pecho la mujer semidesnuda hablando en italiano. Cada vez que la veo, me salta el corazón. Con ella iniciamos el juego que tantas veces repetiríamos en una pista de baile: ser otros.
-¿Y tú cómo te llamas?
-Cristina.
-Mira, Cristina y, ¿tú viniste sola?
- No, con unos amigos pero creo que no los encuentro. ¿Será que me puedo quedar contigo?
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La minifalda: parte I
Roland Barthes: “Se sabe que la vestimenta no expresa a la persona sino que la constituye; o más bien: es sabido que la persona no es otra cosa que esa imagen deseada en la que el vestido nos permite creer”. Lunes, 7:30 a.m. Esa mañana de invierno no logré reconocerme. Esperaba nuestros abrigos mientras tú ibas un momento al baño, de repente un chico italiano se me acerco.
- Hola, ¿cómo estás? Oye, ¿quieres seguir la fiesta? Mi amigo está de cumpleaños y tenemos ganas de gastar mucho dinero.
- Qué bueno, feliz cumpleaños- le respondo con la eufórica simpatía que dejan las buenas fiestas.
- ¿De verdad no te quieres venir con nosotros? No sabes cuánto dinero vamos a gastar.
- No, gracias. Pero que la pases súper bien.
- En serio queremos gastar mucho dinero.
Tú seguías en el baño. La chica que tenía detrás me tuvo que explicar. “Ellos creen que eres prostituta”. Latina, de color (extraordinario eufemismo para decir negra) y en minifalda, la ecuación siempre da el mismo resultado: Puta. Tú seguías en el baño, así que muy gentilmente le aclaré al italiano: “Yo no cobro. Mis servicios son gratis”.
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Espíritu francés
Algo en la sociedad actual siente una extraña fascinación por esa reina descabezada que fue María Antonieta. Tu querida Camille Paglia sostiene que Versalles fue una suerte de proto Hollywood, una maquina de fantasía y glamour. Madame déficit (excedió en 653 millones de libras su presupuesto para vestuario), la mujer cuyo guardarropa ocupaba 3 habitaciones en Versalles, es quien me viene a la cabeza esta mañana cuando veo en la televisión a nuestro elegantísimo Pedro Carreño (sé muy bien que entenderás mi idea sin hacer comparaciones. La reina sería divina, pero era una inconciente). Aunque los historiadores alegan que jamás dijo,“qué coman pasteles” representa como pocos a quienes, como ella, poseen el poder y detentan todos sus símbolos.
Pedro Carreño:
- El único camino a la paz es la justicia. El único camino a la justicia es el socialismo, no el capitalismo. No el canibalismo.
Periodista:
- ¿No es contradictorio hablar de capitalismo cuando usted tiene una corbata Louis Vuitton y unos zapatos Gucci? ¿No es contradictorio?
Pedro Carreño:
- No es contradictorio porque yo quisiera que Venezuela produjera todo eso. Y entonces yo comprar todo lo que se produce aquí y no tener que importar el 95 % de los rubros que consumimos. Eso es una gran manipulación. Yo veía a una periodista de Globovisión, a un joven, tu marca de tus zapatos, tu marca de pantalones. Claro que tiene que utilizarlos, porque en Venezuela no se ha desarrollado la industria de la manufactura, no se ha desarrollado la industria del calzado, porque en Venezuela sale más barato importar que desarrollar aguas abajo nuestras industrias.”
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Compras compulsivas
Según Barthes, otra vez Barthes, el placer del texto consiste en que el cuerpo siga a las ideas. Esta mañana ninguna lógica podía seguir a mi cuerpo. Ese animal agazapado que deseaba comerte vestido de rojo.
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La otra
“H” tenía dos vestidos de flores que nunca usaba. Como gesto de hospitalidad, al salir del baño, mientras secaba mis cabellos, me ponía uno de sus alegres trajes floridos que usaba solo en ocasiones muy particulares. Ella como tú conoce el truco: vestir a una persona es también una forma de poseerla. Al salir de su casa era la mujer de otro vestida de ella.
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La minifalda: parte 2
“L” ante el espejo de su baño: “Esta está muy corta. Necesito autoestima, necesito una raya”. De nuevo ante el espejo: “Tengo dos piernas. Necesito autoestima, necesito otra raya”.
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El tacón
“O” comenta con horror: en Buenos Aires las mujeres no usan tacones. Al parecer, dice lánguido, está mal visto. Sólo vi a dos mujeres con estiletos, de resto todas iban con zapatos bajos y Converse. Como dice Alejandro “¿para qué quieren ser mujeres si no van a usar tacones?”.
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El deseo
“S” me comenta con tono de advertencia: “Con los años no queda otro remedio que ser elegante, inteligente o extravagante. Escoge una categoría y sé una virtuosa en ella para cuando el deseo ya no te vista”.
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Pequeñas muertes
Benjamín: “Para el ser humano tal y como es hoy, no hay más que una novedad auténtica; siempre la misma: La muerte”. Cada día muere una. Todos los días mato a alguien. Invento pequeños suicidios para la mujer que me invento en las mañanas. Al principio usaban barbitúricos, dejaban de comer hasta morir de inanición. Eran, pues, unas románticas. Hoy prefieren, a sorbos, ahogarse con agua del Guaire. Creo, incluso, que ya no se suicidan. Tanto que de vez en cuando, reaparecen, enloquecidas, rebeldes.
La rutina es siempre la misma. Cada mañana fabrico una nueva mujer con esa que refleja el espejo. La visto, le pongo un par de zapatos, la maquillo, le invento un estado de ánimo, un humor, una doctrina. A lo largo del día la veo morir. Observo silenciosa cómo agoniza esa mujer que inventé para que el tedio no me coma viva. A veces, cuando me detengo a contar los cadáveres, cuando paseo por mi memoria muerta, inventada y disfrazada, veo con ternura algunos cuerpos. Aquellos que murieron de amor porque no llegaste a verlos.
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Epilogo o prefacio tardío
“Al invadir la esfera del ser-para-el-otro, la moda revela la dimensión oculta de su imperio: el drama de la intimidad en el corazón mismo del éxtasis por las novedades. La moda no es ángel ni demonio; existe también una tragedia de la levedad erigida en sistema social, una tragedia ineludible en la escala de las unidades subjetivas. El reino pleno de la moda pacifica el conflicto social, pero agudiza el conflicto subjetivo e intersubjetivo; permite más libertad individual pero engendra una vida mas infeliz. La lección es severa: el progreso de las Luces y el de la felicidad no van al mismo paso y la euforia de la moda tiene como contrapartida el desamparo, la depresión y la confusión existencial. Hay más estímulos de todo género pero mayor inquietud de vida; hay más autonomía privada pero más crisis intimas. Esa es la grandeza de la moda, que le permite al individuo remitirse más a sí mismo, y está es la miseria de la moda, que nos hace cada vez más problemáticos, para nosotros y para los demás”. Gilles Lipovetsky en El imperio de lo efímero.
One Comment
1 Cristina Wilhelm Escribió:
Creo que te amo.
Jeje