Por María Carolina Suárez

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Se pactó la hora, pero aún faltaban el cómo y el dónde. Se cumplió con lo previsto: recorrer la ciudad y esperar la llamada que dictaría la pauta para reunirse con el sujeto a entrevistar, un asesino asueldo. Sí, un sicario.
A las dos de la tarde y con mucho retraso, suena el timbre del teléfono de “Juanchis”, el anfitrión y enlace con el delincuente, en plena “Tierra del Sol Amado”.
—¿En qué carro andan, compadrito?— preguntan del otro lado del teléfono. El marabino dicta la característica de su vehículo e, inmediatamente, cual juego de niños, le responden: —Cierra los ojos. Cuenta hasta tres… ¡Sorpresa, estoy atrás de ti!
Ciertamente fue una sorpresa, pues “Juanchis”, oriundo de la zona y víctima de varios atracos, sabe que rodar por la ciudad en una camioneta Pick-up del año puede resultar letal. Es por ello que se ha vuelto tan detallista con los carros que van detrás y delante de él mientras maneja. Pero al Fusion azul, de vidrios ahumados impenetrables, que le hacía cambio de luces en la Avenida Bella Vista, no lo había visto en ningún momento de las dos horas y cuarto que tenía dando vueltas por la ciudad.
“Juanchis” se orilla, el vehículo azul se estaciona detrás y, al cabo de unos minutos, un hombre alto, moreno y con un marcado sobrepeso se baja, amagando con sacar su pistola que aun debajo de su camisa se deja ver. Camina hacia la camioneta.
—¿Qué fue, compadrito?— Le dice a “Juanchis”, en el mismo momento que abre la puerta de atrás y el cañón de su arma apunta al interior de la camioneta.
¡Irónico, que llame “compadrito” a alguien a quien está apuntando! Pero parece que eso es lo normal, pues “Juanchis” ni se inmuta. Estos “compadres” se conocen desde hace años. “Juanchis”, quien sirvió de contacto con el sicario, es un joven hijo de ganaderos de la zona Sur del Lago de Maracaibo, que en un momento de su vida sintió la necesidad de estar escoltado, y quien le ofreció dicho servicio de protección durante más de un año es el mismo que ahora le apunta, entretanto no descarte el peligro.
—¿Qué te enseñé, yo?¡Qué desconfiéis hasta de la sombra! ¿Acaso todavía no habéis aprendido?
DESCONFIANZA COMO MEDIO PARA SOBREVIVIR
Salir por las noches, tomarse unas cervezas o cualquier evento social dentro de la ciudad implica para él un estado de estrés: sentirse a salvo en multitudes le resulta imposible. Sin embargo, él, atento a cualquier movimiento en falso, cumple algunas reglas que, aunque no son infalibles, lo han ayudado a mantenerse con vida:
Sus ojos no cesan de moverse y su cuerpo se posa en lugares que impidan el acceso a su espalda y desde donde él pueda ver todo, o casi todo. Es una reacción espontánea, que ha desarrollado con el tiempo. Quien ignore su oficio diría que está paranoico, por la cantidad de veces en las que cree estar en peligro de muerte. Pero no, no es paranoia, porque con un arsenal de víctimas como las que Darío tiene a sus cuestas, es comprensible este comportamiento. En el mundo animal, y también en el criminal, lo llaman instinto de supervivencia.
Sin embargo, sus enemigos no representan su mayor amenaza, sino sus amigos. “A los enemigos uno los tiene marcados, podéis prever sus movimientos, conocéis en qué andan. Pero a tus amigos, a tu familia no les veis las intenciones con las que vienen, siempre creéis que vienen de buenas”.
Darío ha sido testigo de innumerables casos de traición, en los que “el compadrito” entrega a los suyos. Para cualquier médico o costurera, recibir una llamada de un viejo amigo resulta una agradable sorpresa. Para este asalariado asesino, una llamada o una visita repentina parecen ser el ticket de entrada a la muerte.
—Él me dice que vos me queréis conocer a mí. Pero, a cuenta de qué. Y aunque me convencieron, viste cómo llegué: no me vine a ciegas, vi que estuvieran solos, revisé, miré. Porque puede ser una trampa de cualquiera. La amistad no existe cuando hay otros intereses de por medio, por lo menos no en mi mundo. Uno no se puede confiar nunca— repitió.
Si en su sombra no confía tampoco lo hace en su mujer. Para él las mujeres suelen ser las más peligrosas, por sus cualidades de ser pasionales y vengativas. “Pueden sapearte, venderte al enemigo; porque ellas no ignoran en lo que andáis y conocen de quienes te cuidáis y contra quienes obráis”.
“Darío nunca me dice cuándo va a venir, de pronto un día se aparece. Él no dice qué va a hacer, ni a quién va a matar. Y yo prefiero no enterarme”, confiesa Elba, su actual pareja y madre de su única hija. “Y cuando llega lo primero que hace es darle un vistazo a la casa, como si creyera que escondo a alguien”. Para Darío no divulgar sus pasos a la pareja es la lección aprendida de sus amigos muertos. Muchos de ellos fueron traicionados por sus mujeres luego de un problema marital, y éstas optaron por darle información valiosa al enemigo.
Pero él no sólo ha sido testigo de traición, sino también ha sido el traidor.
Yender fue su compañero por mucho tiempo. Trabajaron juntos escoltando a un duro, viajaron a varias ciudades del país a hacer algunos trabajos, y hacían las típicas cosas de amigos.
Según, Darío, el único problema de Yender aparecía cuando bebía: “Se iba de sapo, decía qué acabábamos de hacer, dónde. Y un día dijo algo que no podía estar diciendo”.
—Tenéis que matarlo. Así no nos sirve— fue la orden que Darío recibió.
Darío se negó, pero su superior lo ultimó:—Entonces sois vos el sapo. O sois vos o es él.
La noche siguiente Darío irrumpió en la pieza donde Yender se vestía. Su amigo lo saludó con gran afecto, como siempre, y le comentó los planes para la noche. Pero, él interrumpió el discurso para comenzar su trabajo.
–Hoy te toca morirte—le dice Darío a Yender.
—Algún día tenemos que morirnos—responde irónicamente.
—No, compadrito, estoy hablando en serio—le aclaró Darío, mientras sacaba su arma, y le vaciaba el peine en su pecho.
“Él no tenía malicia conmigo y por ello fue descuidado. No le dio tiempo de pelar por su pistola”, aclaró Darío, con lágrimas en sus ojos, antes de recordar a la madre de quien fue su compañero llorando entre sus brazos: “Yo fui a pedirle perdón y a explicarle por qué lo había hecho, y cuando su mamá me vio se me abalanzó encima a llorarme, y me decía que vengara la muerte de su hijo, al que habían matado como a un perro”.
LA DELINCUENCIA ORGANIZADA
En Maracaibo el crimen organizado es también la ley. No es de extrañar que al pasearse por el estacionamiento de cualquier centro comercial, el común de los vehículos tenga en el vidrio izquierdo, en la esquina inferior derecha, una calcomanía con un nombre o un signo que representa el emblema del grupo que lo protege de ser robado. A esto se le llama vacuna y es una industria: por esto, hay que pagar.
Existe una organización criminal muy grande de la que Darío es participe, que prácticamente abarca todo Maracaibo y a la que muchos delincuentes desean entrar para ascender.
Estar dentro de este grupo es una cuestión de lealtad al jefe máximo, y de respeto a los superiores directos. Los superiores son los primeros, siguen los de poder medio, quienes bajo su tutela tienen a los nuevos sicarios: los más rasos, los que no piensan, o no opinan; los que están programados para obedecer.
Darío se siente a gusto con su puesto medio de poder. No aspira a más, a pesar de sus veinticinco años en la organización. Él es el ejemplo de los delincuentes inexpertos, que admiran sus hazañas y aprecian sus consejos. Es una especie de leyenda entre los “desechables”, calificativo con el que llaman a los rateritos que recién comienzan en el oficio de matador.
Recibir elogios como: “Chamo, vos si sabéis”, “yo quisiera ser así”, por parte de sus pupilos es la verdadera razón por la que Darío prefiere seguir siendo un mando medio, un reclutador y/o entrenador. Al hablar de esto, recuerda con alegre soltura uno de sus conejos preferidos: “Si hay un carro sospechoso, dispárale a cualquier pasajero, pero nunca al chofer porque él por instinto va a arrancar, si no, tenéis que caerte a tiros con todos los demás”.
TRABAJANDO
Darío es un sicario, presta un servicio y cobra por ello. Antes de cumplir con su objetivo, todo hombre que pertenezca a esta legión de asesinos, debe investigar si el sujeto a matar es amigo o enemigo del capo. Si es amigo, el objetivo cambia radicalmente, y su nueva misión es acabar con la vida de quien deseaba contratarlo.
El porcentaje en la repartición del dinero por el trabajo depende de quién lo consigue; si es un amigo, un igual, casi siempre es una tercera parte para él y el resto para el ejecutor. Pero si es el jefe superior quien ubica al infortunado que casi seguramente ve a morir, por lo general van a medias.
Según Darío “una vida cuesta lo que cuesta una bala”. Sin embargo, el costo de su trabajo depende de dos variables: quién será la víctima, y quién contrató los servicios. Si el trabajo resulta peligroso, oscila entre unos 100 mil bolívares; si no, unos 30 mil.
Una vez que se está contratado, Darío no piensa en que su objetivo, el hombre a matar, es padre de familia, tiene una mamá, una esposa, o unos hermanos, él se imagina a un hombre vil, lo vuelve su enemigo. Darío se desespera, entra estado de ansiedad, el sentimiento de persecución aumenta: vive una paranoia total cuando tiene un trabajo pendiente.
Para este sicario, este nerviosismo es relativamente reciente, y se la atribuye a la madurez: “Cuando uno es joven uno es osado, no valora su vida. Pero ahorita que uno tiene un chamo, que uno ha vivido más, le tiene apego a vivir”.
Aunque esta es “su profesión”, Darío recibe sus quince y últimos gracias al servicio de protección que presta, tanto de vehículos y hogares, como de la misma vida, pues se emplea como escolta. Esta seguridad también se la otorga exclusivamente a personas que no tengan conflictos con el capo de su organización.
Ser escolta le resulta mucho más rentable que aventurarse en el mundo de la vacuna de vehículos o, en el de los secuestros. Ofrecer el servicio de protección le ha dejado una gran cantidad de “compadres”, de “amigos”, de quienes continúa sacando beneficios aún después de dejar de laborar para ellos. “Siempre te dan un becerro, te ayudan por ahí, una cosa u otra. Claro, uno también lo ayuda, si le robaron el carro, uno mueve sus contactos para que se lo devuelvan sin pagar rescate, si necesita que le dé folle a alguien se lo hago como favor”.
Darío comenzó su oficio en el mundo del sicariato hace veinticuatro años, cuando tenía quince. Su profesión comenzó a raíz de las disputas que tenía en su colegio. Él por ser gordo, pequeño y negrito, era el blanco preferido de los más grandes y fuertes, hasta que “Juan Pistola”, el amigo de su familia, le regaló un arma
–Ven para acá—lo llamó Juan, y lo invitó a contarle lo que le había sucedido.
Juan sacó su pistola, y se la puso en la mano al jovencito: —¿Sentís el poder que te da?— El joven afirmó con la cabeza —Bueno, esto se usa para enseñarle a los demás quién es el que manda, para infundir respeto, pero esto no es un juguete ¿Si me entendéis? Cuando uno la saca es para usarla, no para amenazar a alguien por ahí.
“Con una pistola la gente dejó de meterse conmigo. Me hice popular, me convertí en el admirado, eso me dio grandeza”, dice Darío. Su primer trabajo fue asesinar a un ‘don nadie’, la paga fue muy poca. Pero ese dinero le dio para regocijarse aún más entre sus amigos. “Y así fui haciendo uno y otro trabajito, acostumbrándome a este estilo de vida, ahora soy como un Dios, porque tengo el poder de conceder el perdón de la vida. La quito cuando me plazca”.
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* Texto escrito durante el taller Por mis propios medios: Periodismo del Siglo XXI, y publicado en la revista Bala Fría, historias que resuelven.
One Comment
1 Caque Escribió:
Este texto está vergatario!
Felicitaciones a MAría Carolina y al profe Leo. Ahora quiero conocer la historia de cómo se escribió.