Por Ángel Zambrano Cobo

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Que es patrimonio del pueblo, dice. Que tiene que estar funcionando, que nada de mantenimiento. Que qué hacemos sin él y que lo prendan de una buena vez, vuelve a decir. Y, energúmeno ya, el ciudadano anónimo cuelga el teléfono. Así, otras seis o siete llamadas. Protesta caraqueña, pura y dura.
Eso, cuando lo apagaron durante tres días. El 11, 12 y 13 de agosto de 2008, por un mantenimiento rutinario, se bajó el breaker y murieron, durante 72 horas, los 600 bombillos. Desaparecieron las horas y los minutos. Aparecieron quejas y reclamos. Se bajó el breaker y adiós a la hora oficial de Caracas. Demasiados caraqueños sin reloj durante esos tres días en los que se apagó el reloj de La Previsora.
Pero volvió. A los tres días ya estaba, de nuevo, encendido y andando. Y de nuevo se mira hacia allá arriba. Se revisa, se sincroniza, se cerciora, se apura el paso, se toca más corneta, se suspira sabiéndose con tiempo o se da por vencido porque ya es demasiado tarde. Se ignora el reloj que se tiene en la muñeca izquierda. Para qué, si allá está el mega reloj, el grandote. El reloj por excelencia: la hora caraqueña.
Tan conocido como el Big Ben londinense, dice orgulloso Ignacio Fungariño, el padre del aparato; quien, junto con Gonzalo Martín, Francisco Martínez y José Ramón Lozada, diseñó esa monstruosidad que fue, en su tiempo, el reloj más grande del mundo. Más grande que el más grande hasta ese momento, que estaba en alguna iglesia mexicana y que apenas rozaba el metro y medio. Fungariño, quien recuerda con humor que los llamaron locos y desquiciados cuando develaron sus planos. Quien en 1972 ¾cree él que fue en 1972¾ dejó olvidadas otras responsabilidades para dedicar 9 meses a darle la hora a La Previsora. Quien, con 69 años de edad le hace mantenimiento quincenal y se trepa y encarama para asegurarse, dice él con su acento vasco, de que la máquina camine. Así no sepa si sigue siendo el más grande, el más preciso. Probablemente no, dice. Pero poco le importa. Igual quiere que camine.
El problema es, dice Fungariño, que todos mis amigos saben que yo estuve metido en lo del reloj y cada vez que falla me caen encima. Tu reloj está malo, me dicen. Y se ríe, Fungariño, mientras entra al ascensor de la torre La Previsora.
Sube 22 pisos, otros cuatro en otro ascensor y sigue por ahí, por esa salida de emergencia. Un piso más que se sube a pie y una puerta que Fungariño patea, patea dos veces más y abre. La cabina del reloj, presenta. Y no te pegues ahí que hay corriente que jode, señala Fungariño con su izquierda a cables y cables y cables que, como el resto del cuarto, parecen tener más de sus reales 37 años. La maquinaria golpeada y demacrada funciona, pero funciona como funcionan las camioneticas viejísimas y destartaladas que en cualquier momento pueden terminarse de quebrar. De romper. De requetedestartalarse.
Ahora, anuncia Fungariño, vamos a trepar. Ya salió de la cabina vieja y mínima y ahora está en ese otro cuarto, que da hacia la azotea. Unas escaleras de metal, un candado que se abre y una compuerta oxidada y chirriante que no se desliza, que se empuja y se queja y se tropieza y ya el técnico vasco está a contraluz delante de un cielo azulísimo. Venga pues, dice Fungariño, que mira a toda Caracas mínima desde el techo de la hora caraqueña.
27 pisos arriba, donde comienza el reloj, la vista le gana a la de cualquier mirador y la brisa es más que la del mismísimo cortafuegos de El Ávila. Se domina la autopista, el Guaire, Plaza Venezuela y su bola Pepsi, Parque Central, Chacaíto, la Cota Mil y el cerro completo, de lado a lado.
Fungariño aprovecha y habla de su criatura. Se ha convertido en un ícono de la ciudad, dice. A sus espaldas, los 600 bombillos y sus filamentos y sus cables y sus metales lo respaldan. Se saben el reloj más importante. Saben que son la hora de la ciudad. Y Fungariño dice que el reloj de La Previsora de alguna manera define a Caracas, porque uno lo ve y sabe que está aquí, en la capital.
Otra compuerta vieja y oxidada más y otras escaleras más que se bajan muy pegado a las escaleras porque si no te raspas toda la espalda, dice Fungariño, y ya se entra a la barriga del aparato. Y se abre una lámina de metal y ahí están las tripas completas, que son los cables y los bombillos que hacia adentro son tripas pero hacia fuera son números que dan, puntualmente, la hora. Cuatro pisos de pura tripa.
Y de calor. Calor dentro de la estructura que sofoca hasta que se abre la lámina y de nuevo llega la brisa caraqueña a 27 pisos de altura. Y llega todo el ruido de ambulancias, cornetazos, tubos de escape y camiones. Pitidos de fiscales de tránsito y, distantes, una que otra mentada de madre. Viaja hasta allá arriba el ruido mientras en primer plano está una estructura metálica con sus cables y faroles y filamentos y después, en segundo y tercero y cuarto, el oeste de Caracas. Desde la taza de Nescafé hasta el Centro Simón Bolívar. Todo.
El reloj marca casi las cinco de la tarde. Abajo se acumula la gente en las colas para los por puesto y encandila el sol y Plaza Venezuela comienza a ser un estacionamiento y los peatones temen el Metro abarrotado. Comienza la hora pico allá abajo y todos, o casi todos, miran hacia arriba. Ven el reloj, calculan que si aún no son las cinco y diez, quizás la mejor vía sea Bello Monte. O no, mejor no. A esta hora, todavía, la mejor vía es la Avenida Libertador. Conductores y peatones y autobuseros y motorizados sacan cuentas. Ven, todos, hacia los cables y bombillos que dicen que lo peor del tráfico no ha llegado. Y desde arriba, desde el punto al que miran, todos se ven iguales. Todos son parte de allá abajo.
Se ve tan pequeña Caracas que se sabe que ese reloj se ve desde el bulevar de Sabana Grande o la autopista o el Jardín Botánico y no es nada de otro mundo. Ícono, sí, pero desde tan lejos es casi un reloj despertador. No se ve que son 300 bombillos en cada una de las dos caras que hacen las líneas que hacen los números que dan la hora. Diminutos, los bombillitos, desde allá.
Porque abajo, entre carros, cornetas, fuentes recién reparadas y calles y bulevares, no se sabe demasiado acerca de los minutos y horas que viven arriba. Desde la Gran Avenida no se cuentan por millares los cables y circuitos. El vendedor de lotería no palpa los 3,15 metros que mide cada número. La vendedora de mamones y manzanas y piñas no comenta que el reloj consume tanta energía como el faro del estadio universitario. El que alquila teléfonos celulares no se asombra con los cuatro pisos que hay que bajar para llegar al fondo del reloj y ningún peatón comenta que sí, que lo jura, que cuando se hizo ese reloj fue el más grande y más exacto del mundo. Del mundo mundial, sí señor.
Y tampoco va Fungariño por la vida explicando que lo especial del reloj es que cada número tiene su trazado propio. Que no es como cualquier reloj digital en el que el tres es igual al ocho pero con dos rayitas menos. Que no, porque se quiso hacer algo especial. Tampoco va alardeando que la máquina que le da el tiempo al asunto es suiza, de marca Patek Phillipe y de las mejores del mundo. Sí señor, también del mundo mundial.
No va Fungariño diciéndole a los caraqueños que Caracas es otra vista desde el reloj de La Previsora. No le dice que por mucho que miren hacia allá, como lo hacen todos los días, no han visto nunca su ciudad detrás de tanto cable y tanto bombillo y tanta altura de 27 pisos. No le dice que miran hacia el reloj, pero nunca se han visto desde la hora caraqueña.
* Texto escrito durante el taller Por mis propios medios: Periodismo del Siglo XXI, y publicado en la revista Bala Fría, historias que resuelven.