Por Débora Ilovaca Leiro

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Es aquí. En esta calle en la que un mendigo dirá que comiéndose eso —lo que quedará cuando todo termine— no se va a morir. Entre techos de lona, mesas, sillas, manteles, cavas, ollas, bulla, moscas, abejas. Entre el calor del sol y el aceite hirviendo. Todos los domingos, de nueve y media de la mañana a cuatro y media de la tarde. Tal vez un poco más, todo depende del apetito. Es aquí donde sucede. A unos pasos de la Casa del Artista, en Quebrada Honda. ¿Qué cosa? El mercado peruano de Caracas.
Por la mañana —buenos días, se dice— la escena es lenta. Tiene modorra. Hay pocas personas y se pueden contar los techos: dos toldos azules y verdes a mano izquierda, sobre unos escalones; ocho toldos rojiblancos en la parte posterior de la acera, alineados esquina con esquina; tres toldos azules y verdes a mano derecha, sobre otros escalones; otro toldo verde muy cerca del asfalto, también hacia la derecha. No se ven perros, ni gatos, ni palomas, ni basura.
De fondo se oye el murmullo de quienes empiezan a llegar y el altavoz con voz de hombre de Hilda “La Dulce”, como dice ella que la llaman. “Alfajores, pionono, tamales, mazamorra morada… mo-o-o-rada”. El aparato está colgado en una esquina de su negocio ambulante y se repite todo el día: “Alfajores, pionono, tamales, mazamorra morada… mo-o-o-rada”. Nunca se calla.
Entonces comienzan los olores. Poco a poco. Los olores de Perú. O del Perú, para hablar en términos peruanos. Se destapan las ollas, se abren las cavas y se exhiben las bandejas. El menú llega a las narices: ceviche de pescado, ceviche mixto, causa de atún, causa de pollo, papa rellena, papa a la huancayna, arroz con pollo, arroz con pato, chupe de camarones, patazca, carapulcra, picarones, mazamorra morada, arroz con leche, chicha morada, Inka Cola.
Y de las narices a las bocas. A los dientes. A las lenguas. Cada bocado y cada sorbo. Y desde hace aproximadamente dos décadas. Dieciocho años, según algunos. Veinticinco, según otros. Nadie sabe con exactitud. Pero siempre aquí, en esta misma calle. Y por extensión de su fe y devoción. Eso dicen los mercaderes.
Detrás de los toldos, antes de la estación del Metro de Colegio de Ingenieros, está la iglesia Santa Rosa de Lima. Allí, a sus puertas, nació el mercado. Así lo cuenta Irma Vega, hija de Zoila López, una de las fundadoras: “Todos los domingos, la comunidad peruana de Caracas asistía a la misa de las once para venerar al Señor de los Milagros, patrón de la capital peruana. Cuando salían del templo, se reunían a conversar”.
Un día, una mujer (peruana, por supuesto) preparó un plato de su terruño y lo vendió a la salida de la iglesia para que sus paisanos degustaran otra vez los sabores de su tierra. La idea fue un batacazo y otra mujer hizo lo mismo. Y luego otra. Y otra. Y otra más. Hasta que en 1994 fundaron la Asociación Alameda del Perú. Actualmente, esta organización cuenta con doce socios. Y, hace casi un año, se convirtió en cooperativa para —según Daniela González, quien tiene 16 años trabajando en el mercado— poder solicitarle un crédito al gobierno venezolano. Pero aún no han solicitado el crédito. Tampoco han recibido ningún tipo de colaboración del Ejecutivo nacional.
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Hoy no es un domingo cualquiera. El calendario marca 25 de julio de 2009 y la comunidad peruana de Venezuela está de fiesta. La entrada de la iglesia Santa Rosa de Lima está custodiada por un toldo, un par de cornetas y muchas sillas plásticas, algunos hombres vestidos de flux y muchos peruanos.
¿Qué se celebra? Que el general argentino José de San Martín proclamó la independencia de la república peruana hace 188 años, un 28 de julio. Pero como el mercado se realiza los domingos y nada más que los domingos, los representantes diplomáticos de Perú en el país tuvieron que adelantar la fecha de la conmemoración. Cuestiones prácticas.
Juan José Bilbao, quien trabaja en el programa Perú en Venezuela de Radio Sintonía 1420 AM, toma el micrófono para introducir el Himno Nacional. Del Perú. Los congregados se ponen de pie, colocan su mano derecha debajo del hombro izquierdo (sobre el corazón) y comienzan a cantar. Cuando se acaban las estrofas empiezan los gritos de guerra: “¡Viva el Perú!”, grita Bilbao. “¡Viva!”, gritan todos. “¡Viva Venezuela!”, grita Bilbao. “¡Viva!”, gritan todos.
Luego se sientan y la cosa se pone seria. Edwing Gutiérrez, funcionario de la Embajada de Perú en Venezuela, lee el mensaje que el presidente Alan García les envía a sus compatriotas en el exterior. Es un discurso que llama a la reflexión, a renovar el compromiso con la patria. Un discurso que habla de retos y objetivos, “el principal de los cuales es lograr que los beneficios de crecimiento económico que el Perú ha alcanzado en estos últimos años llegue a los sectores mas necesitados del país”. Un discurso que insta a los peruanos fuera de Perú a ser promotores de la “cultura milenaria” de su tierra. Un discurso que hace que una persona del público hable en voz alta: “Ese Alan es un asesino, un criminal”.
Después de Gutiérrez toma la palabra Carlos Vallejo, cónsul de Perú en Venezuela. “Si bien nuestro país consiguió la independencia política, todavía está pendiente la tarea de derrotar a la pobreza y crear un país más justo y solidario, con mayor inclusión de todos sus ciudadanos”. ¿Qué hace falta para eso? “Un modelo de desarrollo en libertad: promoción de las exportaciones, apertura de nuevos mercados, captación de inversiones”.
Justo lo que critica ese grupo de peruanos ubicado en la esquina derecha de la iglesia. Ese grupo que no está de fiesta patria y que invita a sus paisanos a inscribirse en el Partido Nacionalista Peruano. “En 2011 vamos con todo. Ollanta presidente”, se lee en su propaganda. Sí, el “vamos con todo” suena conocido. ¿Por qué no están celebrando? William Chávez, quien está sentado recogiendo firmas para el partido, lo tiene claro:
“Aquí están bailando mientras en el Perú hay más de 200 indígenas desaparecidos y más de 50 indígenas muertos en los sucesos de Bagua. Estamos aquí protestando por eso. Este señor viene y habla de las inversiones. Pero para invertir primero hay que respetar lo nuestro, a los ciudadanos de cada lugar. Usted no puede agarrar y darles a los empresarios toda la selva. ¿Dónde quedan los indígenas de ahí? Los indígenas son dueños de esa vaina antes de que llegáramos nosotros y los españoles. Y los están sacando a la fuerza para explotar minerales, gas, petróleo y talar los árboles que hay”.
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Ocurrió el 5 de junio de 2008. Las comunidades indígenas de la localidad amazónica de Bagua, ubicada a 1.000 kilómetros al norte de Lima, tenían bloqueadas las carreteras de esa zona del país desde abril. No estaban de acuerdo con los decretos 1064 y 1090 incluidos en la llamada “Ley de la Selva”, un conjunto de 10 decretos aprobados por el Ejecutivo en 2007 y 2008, como parte de las modificaciones legales que debía hacer Perú para adecuarse al Tratado de Libre Comercio (TLC) firmado con Estados Unidos. Entonces ocurrió. Ese día policías e indígenas se enfrentaron. Fue sangre y dolor. Fue guerra.
El saldo: la muerte, por supuesto, como en toda guerra. Pero en versiones distintas. El gobierno dijo que fallecieron 23 policías y 10 pobladores. La Asociación Interétnica para el Desarrollo de la Amazonía (Aidesep), que dirigió el bloqueo de las vías terrestres, dijo que murieron centenares. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) no dio cifras. Y Amnistía Internacional considera que la forma en que se están realizando las investigaciones sobre los sucesos de Bagua está desequilibrada porque se centra más en los delitos cometidos por los indígenas que en los supuestos excesos de la Policía.
No hay punto de encuentro. Sólo la guerra. Esa que logró la derogación de los decretos 1064 y 1090 a fuerza de violencia. Esa que sucede en las puertas de la iglesia Santa Rosa de Lima, en pleno mercado peruano, día domingo. Esa que habla de izquierda y derecha a diestra y siniestra. Esa que asola a toda América Latina. Esa que no derrota la pobreza: la alimenta.
Como ocurre aquí. Justo cuando se acaba la fiesta y se recogen los toldos. Cuando se evaporan los olores de Perú. O del Perú. Cuando cada quien agarra lo suyo y se va. Cuando el sol caraqueño se empieza a apagar y aparecen ellos. Los pobres. Los marginados. Los que viven de las sobras de la guerra, de lo que queda cuando todo se termina.
Ahí viene uno, le dicen “El Maracucho”. Camina arrastrando los talones, se sienta junto a dos bolsas negras —basura del mercado peruano, la comida que nadie se comió— y empieza a escarbar. Hunde su mano en los desperdicios, rescata lo que le apetece y lo mete en otra bolsa. Sonríe y habla con él mismo, pero como hablándoles a los demás. “De algo nos vamos a morir. Y comiéndome esto yo no me voy a morir. Dígalo ahí, señorita. Si se come con fe no pasa nada. De hambre sí que me puedo morir, nojoda. Ojalá en vez de guerras hubiera esto. Esto es oro”.
* Texto escrito durante el taller Por mis propios medios: Periodismo del Siglo XXI, y publicado en la revista Bala Fría, historias que resuelven.