Desde hace tres ediciones publico una columna en la revista Exceso que llamé Los rituales del caos por sugerencia de mi buen amigo Boris Muñoz y en claro homenaje a Carlos Monsivais. Quiero reflejar una mirada sobre la ciudad y sus ritos, partiendo del desorden, la violencia y algunas perversiones, pero no esperen ni un octavo de la lucidez que ofrece el mexicano, no conozco tanto. Hasta ahora, lo mejor de esa paginita que me reservan sigue siendo la caricartura que muy amablemente cedió Pablo Iranzo, a mi juicio, uno de los mejores ilustradores que hay en Venezuela. Aquí la cuelgo. Este es el segundo de los tres materiales que hasta ahora se han podido leer en Exceso. Ojalá les guste.

Pancho siempre ha sido optimista y tiene por qué: empresario precoz, joven y bien parecido, vive jugando, de viaje en viaje, secretando las hormonas del riesgo y la aventura de los deportes extremos. En principio no parece tener más problemas que el común de los despreocupados. Su imperio pequeño y justo se lo debe a la educación que recibió de sus padres, a esos valores tradicionales de las familias europeas de la posguerra. Y también al buen humor de la Caracas noventera.
Sus amigos son como espejos: contemporáneos, emprendedores y aventureros, el sinónimo que dibujan aquellos brazos que se abren en la cima, de par en par. Gente bien, los muchachos que aman a la naturaleza y se olvidan del mundo para comenzar a quererse. Puro oxígeno. Uno de ellos es el bueno de Edgar, al que acaba de conocer bajo el tibio calor de los Tepuyes en Santa Elena de Uairén.
Hay una parrilla casi fronteriza entre Brasil y Venezuela, huele a turismo caro y Edgar aparece haciendo un chiste: colombiano, de acento paisa, educado, todo un dandy. Se queda en el mismo hotel que hospeda a Pancho y sus amigos, y se regresa con ellos a Caracas. Ahí se acercan, se conocen, se van haciendo panas. Con los años, casi hermanos.
Lo que viene después es Morrocoy, la bicicleta de montaña, La Tortuga, el sushi de Los Palos Grandes, Los Roques, el apartamento de Edgar en Valle Arriba, el esquí, la deliciosa sazón de la mamá de Pancho, la rumba, los viajes de la esposa de Edgar y sus hijas que venían a visitarlo desde España, sus canciones favoritas, los desplazamientos de Edgar que son muchos, por trabajo; la nota de Edgar que es un terciopelo de puro cariño, y es espléndido y no bebe y los cuida a todos y los aconseja: a Pancho, a sus amigos, a su esposa, porque es un poco mayor, diez años quizá y, de paso, casi siempre es el que maneja.
“Era un tipo buena gente, didáctico, de repente me llamaba y se aparecía en mi oficina, me hablaba del futuro, de sus hijas, del placer, me decía ‘párese de ahí, vayamos a Sabas Nieves’, era muy espontáneo”, recuerda Pancho, quien también asegura que en medio de la jovialidad y la camaradería que se gestó entre todos, había algo de Edgar que el grupo siempre comentaba, y no eran precisamente su avión en La Carlota ni esa extraña manía de pagar todo en efectivo. No, ellos también tenían sus churupos y bien ganados. Se trataba de sus mujeres: en diez o doce años de intensa amistad se pudo ver a Edgar con algunas amantes. Nadie es perfecto, decían; aunque sus mujeres –rubias, morenas, pelirrojas, altas, elegantes– estaban muy cerca de serlo.
Una mañana de septiembre de 2008, Pancho llegó a su oficina pensando en la reunión de ese día y en lo cercano que estaba ya a cumplir los 40. Abrió el correo electrónico y encontró un mensaje que lo pasmó, uno de sus amigos le había enviado una noticia de esas que producen ganas de ir al baño. El titular era el siguiente: “detenido en Madrid Edgar Vallejo Guarín, uno de los narcos más buscados”.
Resulta que la noche de los años noventa en Colombia, Venezuela, Estados Unidos y parte de Europa le debe mucho a este señor, al que también apodan Jairo Gómez o Beto El Gitano, capo entre los capos. Sobre el bueno de Edgar pesaba una orden de detención internacional solicitada por el gobierno norteamericano, que además prometía una recompensa de 5 millones de dólares sólo por ofrecer datos que pudiesen servir para su localización. Los periódicos y telediarios, apoyados en las informaciones a pecho de paloma de la guardia civil de España, le atribuyen un largo historial de violencia, blanqueo de dinero, y soborno a altos funcionarios de la administración pública. Hace seis meses las autoridades de Costa Rica aseguraron haberle detectado una cuenta bancaria en ese país con más de 2.6 millones de dólares.
Sobre el bueno de Edgar, quién lo diría… sin guardaespaldas, sin chofer, sin armas a la vista, tan orondo y tan campante por Caracas, tan amigo, tan chévere y dichoso. Y además, tan buen consejero. Todavía recuerda Pancho, quien con ese desconcierto contenido en la garganta tuvo que borrarlo del Facebook, cuando una de esas tardes el colombiano lo visitó en su oficina y le dijo entre risas: “oiga paisita, la verdad es que lo felicito, este espacio está muy bonito. Siga así, échele bolas, pero no le vaya a echar tanta porque se le puede ir la vida trabajando”.
3 Comments
1 Carlos Corao Escribió:
Bien, manda mas!
2 Elena Escribió:
Dale Play!!!! Leo….muy buena…
3 Jorge Fernandez Escribió:
Tambien me gustó. Los taxistas tienen mil y un cuentos. Abrazo