A Luz

Algunos problemas típicos de las metrópolis occidentales de finales del Siglo XX, como el hacinamiento, la paranoia, los altísimos niveles de consumo y la criminalidad, se escondieron en Sao Paulo durante mi última visita, que duró apenas dos semanas. Una apología es un error, lo sé, por lo tanto diré como la abuelita del comercial: soy vieja, no imbécil. No vengo a pregonar que Sao Paulo es el espejo preciso, sino a plantear un ejercicio que tiene que ver con la condición humana y su relación con la política, la ciudad y el tiempo.
Entiendo que aquella amalgama inabarcable de cuadras, calles y avenidas expandidas, que tiene casi 20 millones de habitantes y un sistema de Metro que dibuja una araña que se enreda, con un complejo laberinto de líneas y estaciones; con conexiones, terminales, pasarelas, viaductos, rascacielos y centros de comercio que aparecen como una escalera mecánica vista desde abajo, se desplaza a una velocidad que aplasta. También entiendo que una velocidad que aplasta es como un tren que va directo al futuro, sin paradas, y que te hace puré de carnita y sangre en las vías de los tiempos que corren si te quedas dormido, si te distraes a amarrarte los zapatos, si te acuestas, romántico y encantado, a descubrir las viejas constelaciones de estrellas. ¿Evidente, no? Si hay alguien aplastado y ese alguien puedes ser tú, la cosa no es buena en un sentido estricto o fundamental.
Palabras clave, entonces: futuro (pueden olvidar lo del aplastamiento, no es necesario; aunque si les queda tiempo, revisen esa imagen de forma constante), y también las de la primera idea: hacinamiento, consumo, paranoia y violencia. La ausencia de ellas.
Me pregunto si el sistema con cara de gobierno y sociedad organizada en Sao Paulo logró ser efectivo para solucionar esos problemas, si nunca fueron crónicos, o si empujaron la basura con la escoba hasta ocultarla bajo la alfombra. O fuera de la casa, para que se jodiera al vecino. En un trayecto de seis cuadras, más tres conexiones de Metro –diecisiete estaciones en total– una pasarela y un autobús hasta llegar al aeropuerto; tardé menos de dos horas. Tráfico pesado, por supuesto, pero en movimiento. Y antes, ni un empujón. Ni una cara de culo. Ni un quiebre de cintura para evitar el choque. Y eso que llevaba una maleta. Ah, una maleta, ahora recuerdo que estando sentado junto a la ventana del bus, esperando a que arrancara, una señora llegó jadeante, bastante ansiosa, preguntándole al chofer por su bolso blanco.
–¿Bolso blanco?
–Sí, bolso blanco, creo que lo dejé en esta unidad.
–¿Está segura?
–(Una pequeña pausa temblorosa, para no largarse a llorar).
Bien, el cuento (o la moraleja, y disculpen) es que en algún momento noté que el único cabeza de yuca dentro del bus que no estaba ayudando a la doña a buscar su bolso blanco era yo. La unidad estuvo detenida al menos diez minutos. Todos, incluyendo chofer y colector, revisaron asiento por asiento, hasta que no hubo más remedio que poner el puchero de la tragedia.
Lo que quiero decir es que es obvio que en Sao Paulo también hay caos, crímenes, indigentes que jode y polución, pero que encontré en las personas más humanidad, más amabilidad, más sensibilidad (me refiero, sobre todo, a las personas con las que tuve contacto, en su mayoría kiosqueros, choferes, transeúntes, periodistas, vendedores, pasajeros, escritores, productores, mesoneros y amigos de mis amigos); y que eso me lleva a dos nuevas ideas, a dos conceptos abstractos, a dos extrañamientos nacionales en Venezuela: la armonía y la esperanza. Que en una ciudad con tamañas dimensiones todavía importe el otro, me da para imaginar algunas tonterías, sobre todo cuando atravieso una avenida de ocho canales que respira Siglo XXI en el horizonte de las seis ventanas del carro.
En Sao Paulo vi tantas personas caminar, comer en la calle, beber en la calle, hablar en la calle, despojadas de nervios y sin mirar de reojo… En cada esquina, o en una de cada nueve esquinas, había una taguara a medio llenar con mesas de plástico en la acera y pasapalos sin complejos de alta gastronomía. Había menos alarmas y menos cornetas. Había menos carros del año. Menos Blackberrys. Vi estacionamientos convertidos en bares de jazz y un centro activo y decadente donde caben tres avenidas Baralt, dos avenidas Victoria y una Rómulo Gallegos; pero aquellas de hace quince años, cuando me vine a vivir a Caracas y pasaba mis viernes en los billares del bulevar de Sabana Grande. Vi casas conviviendo con enormes edificios, sin amurallarse. Y sobre las casas, pequeñas por lo general, a grupos de amigos asando una carne a la parrilla, brindando descamisados frente a la barahúnda de motos, carros y peatones que hacían vida por fuera. Esa es una clase media que escoge el contacto con su ciudad en lugar de refugiarse en un centro comercial. También vi ciclistas sin camisas y fachadas desprotegidas, bien en el medio de todo, no en la periferia. Creo que aquí la naturalidad sigue siendo esencial, me dijo un amigo.
En Caracas, me parece, hemos preferido Miami o Cuba. Es decir, nuestros modelos son la isla de Batista o la isla de Fidel, pero a la venezolana y en pleno siglo XXI. Eso sí, siempre con la playa cerca, nuestro territorio insular. La pobreza, el hambre, el hacinamiento, la corrupción y –disculpen la redundancia– la delincuencia y la impunidad en esta ciudad siguen siendo temas a resolver desde que aprendí a leer. Ahora se suman el tráfico y un terrible sistema de recolección de basura, además de la inflación. Los gobiernos (chavistas y prechavistas) copian lo peor de los Estados Unidos y como ahora los referentes de la Unión Soviética se han desgastado en su propia geografía, nos arrimamos a cualquier Rusia mafiosa y capitalista, o al billete de los chinos e iraníes. A eso le llamamos socialismo: una discoteca en el Sambil de La Candelaria, pero no se preocupen, que va a tener un lindo nombre. Puro eufemismo.
Nuestro gobierno no es burgués, es progresista, y esta sociedad no es pobre, está en desarrollo. Esta oposición sí está preparada y esta clase media es bien de pinga. Nuestros pequeños empresarios son hombres justos. Dios salve al rey, que en el campo la vaina está buena. No hay terratenientes. No hay ajusticiamientos. No hay corrupción. No hay expropiación de tierras sin resultados favorables para la población. Las inversiones y la producción alcanzan y sobran para que comamos sin necesidad de importar. La ciudad crece. La economía crece. Nosotros crecemos para el mundo. Aquí tampoco hay abuso de poder.
Tenemos un valle estancado en la retórica anacrónica y retrógrada de la guerra externa y la polarización interna, porque a algunos les dio por pensar en la justicia y se olvidaron de aplicarla. Caracas debe ser el paraíso de los seguros y las empresas de la construcción, pero resulta que construir, o comprar y acondicionar un lugar para vivir, es un chiste. De los malos, con seguridad, pero también de los que todavía dan risa. Insultar o colgarle una manga bien impresa en el aire a otra persona está permitido mientras haya un carro adelante rodando muuuy despacio, y adelante otro, y otro, y otro, y así hasta llegar hasta tu casa. Siglo XX, cambalache, problemático y febril.
¿Qué tiene que ver esto con Sao Paulo?
Que viene un demonio atómico y nos va a limpiar. Lo que vi allá no tiene nada que ver con lo que había visto antes en Bogotá ni en Buenos Aires, por citar sendos ejemplos latinoamericanos. Los brasileños se olvidaron de las antiguas constelaciones de estrellas, entendieron algo que se parece a las luces del tren del futuro y aprovecharon las circunstancias para que el sistema funcione, la clase media se extienda y los problemas del siglo XX queden en el olvido. Su poder financiero se pierde de vista junto a sus inversiones, la mezcla de nacionalidades de sus habitantes, también. Algo se mueve, escribí una vez sobre Brasil, y perdonen la arrogancia, pero lo repito porque creo que me equivoqué. No se mueve, corre y es pesado y no se parece a ti. Desconozco a ciencia cierta si ellos están mejor, pero creo que sí, sobre todo porque tienen menos rabia.
Para mí, que un ciudadano esté mejor no quiere decir que deje de vivir donde vive y se mude a un espacio más cómodo, sino que pueda comer todos los días, de forma balanceada, que tenga una poceta y agua adentro para bajarla, que pueda curarse las hemorroides en un hospital sin hacer cola, que haya un transporte público que lo lleve de vuelta a casa en menos de una hora y sin tanto manoseo (por más que agradezca el cariño que me brindan a diario mis compañeros de ruta, lo siento, es lo que pienso), que haya más bares y menos pistolas, menos vallas y más viviendas, más librerías y bibliotecas públicas, menos leyes y aceras más grandes, más negocios familiares y menos explotación, más juego, más amabilidad, más y más y más ofertas culturales. Moral y luces, pues, como dijera el poeta. Pero aquí me parece que alguien nos está bajando el suiche poco a poco con el tema del socialismo, que no es tal, y que en esta carrera mundial nos estamos quedando bien atrás.

14 Comments
1 Sergio M. Escribió:
Buena crónica, LFC. La leí de un tirón. Me gustó mucho. Saludos.
2 Carlos Corao Escribió:
Leo, eres el más grande. ¡Hijo de la Luz!
Es tan cierto todo lo que dices, que la burguesía caraqueña paga miles de euros (en aviones, hoteles, etc.) y hace las largas colas de CADIVI, para irse de vacaciones a Madrid a caminar por las calles de noche…y darse el mismo “lujo” que se da un españolito desempleado, hijo de gitanos, sin apellidos compuestos, ni nada que se le parezca.
Mucha tela que cortar sobre este tema.
3 Valentina Escribió:
Leo, me emociono al leerte sobre mis dos ciudades amadas. Yo no se por que, pero Sampa es una ciudad de afectos, sin medias palabras.
4 Leo Felipe Escribió:
Gracias, Sergio. Carlos, te he visto de cerca y tú eres más grande que yo. Vzla te necesita, deja de irte y vuelve ya. Val, mi querida Val, ¿qué más puedo decir? Un abrazo grande. Aguanta con lo tuyo, ya me contarás con detalles. ¡Abrazos!
5 Caque Escribió:
Sentí lo mismo que describes cuando pasamos por Río de Janeiro este año. No es que no tengan problemas, es que la gente los vive y sufre de otra manera, anda en otro peo y me disculpas la flatulencia.
La gente en el metro nos buscaba conversación y preguntaba de dónde éramos, nos decían: “Cuidado que aqui hay mucho peligro”, pero nadie tenía su maldito celular con música tuqui tuqui para amenizar el paseo, ni había gente empujando por salir o entrar. La gente parece disfrutar de su cotidianidad.
En una panadería, el cliente que estaba junto a mi casi termina invitandome el jugo. Tal y como dices… “El otro” sigue existiendo para ellos.
6 Cesar O. Escribió:
Que agradable forma de describir tu experiencia.
Gracias por compartir tus visiones Leo.
Saludos!
7 gustavo valle Escribió:
Clap! Clap!
8 Eduardo Burger Escribió:
Leo, como a mí no me salen tan bien las palabras, pensé que tal vez dejaría a un tal Levinas celebrar tu texto. Aquí la cita y que sea ella quien peque de extensa: “en nuestra relación con otro, ¿se trata de dejarle ser? ¿no es en su papel de interpelado donde se cumple la independencia del otro? Aquel a quién hablamos, ¿es previamente comprendido en su ser? De ningún modo. El otro no es primero objeto de comprensión y después interlocutor. Las dos relaciones se confunden. En otras palabras, la invocación del otro es inseparable de su comprensión. Se trata de entender la función del lenguaje no como subordinada a la conciencia que tenemos de la presencia del otro, de su proximidad o de la comunidad con él, sino como condición de esa toma de conciencia”.
9 Sofía Escribió:
Este relato creo que es la sensación que uno tiene al ver que en otras ciudades de Suramérica, simplemente sí se puede. Y uno vuelve con la tristeza de ¿por qué no se puede en Caracas? Y tiene que ser la falta de voluntad, tanto política como ciudadana. ¿Por qué -por ejemplo y es lo que he conocido- en Santiago, Buenos Aires o Montevideo hay un sistema de transporte tan bueno y organizado?, ¿Por qué estas ciudades están limpias?, ¿Por qué uno puede caminar tranquilo?, ¿Conseguir un apartamento barato para alquilar?, etc, etc… Paradójicamente Venezuela es vista como la rica, la petrolera; pero es el país más caro de la región, sólo la gasolina es barata. Y al mirar afuera parece ser que Caracas es la ciudad más abandonada de Suramérica, nadie le para bola. Han pasado gobiernos y gobiernos y no hay solución, todo queda en un proyecto futuro, en buenas intenciones, en “La Carlota será una parque”… En algún momento, la Caracas pujante y moderna, esa que a uno le dicen que se vislumbraba en los años 60, 70 y 80, quedó para la historia
10 Leo Felipe Escribió:
Caque-amigo, como bien imaginarás, a mí no me molesta el celular con música, sino el miedo que noto en nuestra clase media de reconocerse en su ciudad como lo suele hacer cuando visita otros países, y el deseo de la mayoría de los caraqueños por atropellar al resto, por ganarse un espacio, por olvidarse de armonizar con el otro. En fin, sensaciones, mi pana.
César, gracias a ti por seguir visitando.
Gustavo, sos un espejo regio, che.
Eduardo, te juro que tuve que leer dos veces la cita, y como no entendí la mitad, diré que estoy de acuerdo en todo. Mientras escribo, voy comprendiendo.
Sofía, no siento que en las otras ciudades sea simple el asunto. Pero concuerdo contigo en el resto de lo que dices. Gracias por pasar y opinar. Abrazo.
11 SimonAndrs Escribió:
Eyeletmy dijo la otra vez, “Venezuela es un país de igualados”, el petróleo nos corrompió sin darnos cuentas y nos hizo en ciudadanos duenos de todo y por encima de todos, o al menos con derecho a serlo…
Disfruté leerte
Y de esa realidad se retroalimenta el discurso “reivindicador” que tanto nos persigue y nos invita al siglo XXI…
Y Sí se puede, a lo Polar y todo, pero es posible y gente como tu lo demuestra. Lo mejor que podemos hacer es participar y demostrarle al otro que el éxito alcanzado con trabajo duro y honesto es más sabroso.
12 Luz Escribió:
Leíto,
Me han encantado tus líneas, como siempre. Tus impresiones de Sao Paolo me hacen extrañar las cualidades que hemos perdido los venezolanos como seres humanos (evidente en tu anécdota del bolso blanco).
Echo de menos la calidez y el trato amable que hasta hace poco sentíamos en las calles. La ausencia de amabilidad y la aprensión nos mata por dentro.
El siglo XXI de nosotros fue escrito por un disléxico y no saldremos pronto de ése trastorno que nos imposibilta progresar, y nos mantiene yendo en reversa…
Un abrazo, querido amigo cibernauta!
13 Luciane Escribió:
Olá querido, somente agora consegui visitar e deliciar-me com tuas crônicas, maravilhosas…adorei em especial esta que falas de SP, talves por estares falando de um lugar comum para mim. Adore a linguagém e estejas certo de que me tornarei uma visitante constante daqui. Bjs
14 Leo Felipe Escribió:
Simón, Luz, Luciane, gracias por comentar… Seguiremos en esto de contar y describir lo que nos ocupa hasta que aprendamos a hacer algo mejor, ¿no? Besos a los tres.