burocracia

A W. Amigo de los grandes.

 

Queda claro que no es su nombre, prefirió cambiarlo porque aún no termina su odisea en Caracas, que ha sido, es y sigue siendo una pesadilla en cámara lenta. Pero qué bien le queda el nuevo: Josef K.

Su proceso comienza con el año, el dos de enero, en los Estados Unidos y con una llamada telefónica en plena carretera.

–Era tu tía, Josef K –le dice su mujer. Su tía nunca lo llama y todo el mundo sabe que cuando te llama alguien que nunca te llama es para darte la peor de las noticias. La madre de Josef K está enferma, vive sola en Caracas, no tiene más hijos. Josef K acumula casi 17 horas frente al volante y está cansado, recuerda que no habla con su madre desde el 30 de diciembre. Puede ver cómo el cielo de Phoenix se despeja y se colorea ante él. Es el fin, piensa. Es bonito, pero es el fin. Y parece un final triste.

Sí, la madre de Josef K ha muerto. La sala de emergencias de la clínica Santiago de León de Caracas y un familiar lo pueden certificar.

¿Qué piensa alguien cuando se muere su madre a tantos kilómetros de distancia? Hay dos cosas, por lo menos: el vacío y la carrera que hay que pegar para conseguir un boleto aéreo. La moneda, el viaje a casa, el pasaporte a la mano, el dolor, qué coñazo.

Josef K llega a Maiquetía y va al Cementerio del Este, sus familiares y amigos de la infancia están allí para apoyarlo. Al día siguiente, en casa de sus abuelos, Josef K toma un papel y escribe lo que tiene que hacer. Primero lo primero: el acta de defunción.

–No se la podemos dar porque no han llegado los libros, espérese hasta febrero o marzo –dice una voz cansada. Ya es seis de enero. Anoten la fecha.

–Claro que te la pueden dar, pero sólo si tu mamá murió asesinada –dice un alma consoladora. Por estos días y para este país, el homicidio parece ser la única legalidad que concibe la muerte.

Josef K sabe que si no hay primero, no hay segundo, porque todo lo que sigue: la cancelación de las cuentas bancarias de su madre, el rif sucesoral, la declaración de únicos y universales herederos, el seguro de jubilación para sus abuelos, dependen del acta de defunción. Igual, siempre hay un padrino, un amigo, un contacto. Pongamos tío y llamémoslo, por seguir con el juego: impetuoso Karl K.

El impetuoso Karl K le da un número de teléfono a Josef K y éste llama. Le contesta una voz: busca a fulana y dile que vas de mi parte. Josef K la busca, pero no la encuentra. Fulana es la Jefa Civil del lugar, que no va a trabajar porque se mantienen los que estaban antes de perder las elecciones de noviembre. Es el proceso y así funciona la política, hijo. Al menos aquí.

Josef K, a la carga, consigue una orden de la Jefatura Mayor. Buena palanca. Regresa otra vez al lugar, quiere su documento. El funcionario que firma el acta de defunción lo mira de arriba abajo. Está cansado. Pone mala cara.

–¿Quién te envía? ¿Dónde vivía tu mamá? ¿De qué murió? ¿Dónde vives tú? ¿Estás seguro de que eras su único hijo? ¿Ella tenía propiedades?

Josef K suspira. Después de una hora recibe una hoja tamaño oficio con un texto prediseñado al que le colocan las estampillas que tiene en el bolsillo. La impresora no está muy buena, la lectura es borrosa, pero es un acta de defunción, ahí lo dice. ¿Anotaron la fecha de arriba? Ok, han transcurrido más de dos meses, y todavía no llegan los libros.

¡A los tribunales, Josef K! ¡A los tribunales!

Qué iluso. No hay despacho desde diciembre. Así que daba lo mismo…

Pero vamos, que después sí hay, lo que falta es un juez designado. O sea, es como tener a tu mamá, pero muerta. Legalmente viva, pero muerta.

Finalmente, Josef K logra introducir los papeles con un abogado a principios de mayo. El tribunal, diligente, le da fecha para presentar a los testigos: 22 de junio. Entre el impetuoso tío Karl K, y el abogado, al que llamaremos Huld, consiguen a un magistrado. Buena palanca. Trancada, porque el magistrado dice que ya le dieron fecha, que eso está en el sistema y no se puede cambiar. Vaya, así que el sistema funciona, piensa Josef K, cuando aprendes a manejarte entre bandidos, conoces a un hombre honesto. 22 de junio. Ya casi Josef K, ya casi.

–Falta el acta de divorcio.

Maldición al aire. Josef K apunta número de expediente. 5 horas de espera. No está aquí, sino allá. Corre. 3:15 pm. Lo siento, cerrado. Pero ahí dice que cierran a las 3:30 pm. Si me tiras algo pal café. Gracias. Anota otro número y vuelve allá, di que vas de mi parte. Es como trabajar, dice Josef K, que en apenas una semana, en sólo cinco jornadas, recupera el acta de divorcio.

¿Ahora? Las copias certificadas. Pero si no hay juez nombrado, no puede haber certificación de documentos. ¿Otra vez una palanca? No, un favor. Un favorcito.

La esposa de Josef K sigue en Estados Unidos y él debe estar en Francia el 25 de julio para renovar su visa gringa. La esposa no entiende, pero ya ha venido a Venezuela tres veces. Él va poco a poco, no confía en el agüita que moja la mano. Se resiste. El 23 de julio, jueves, antes del puente, le dan su declaración de únicos y universales herederos. Josef K no lo puede creer, ha ganado. Para ese momento tiene más de siete meses en Caracas y está a punto de solucionar su cuarto trámite, dice: “o te adaptas y lo aceptas, o te encierras y te llenas de rabia y rencor, y así, créeme, no solucionas nada”.