
Con motivo de una investigación para el diario Últimas Noticias, que realiza un seriado desde hace unas semanas sobre lo que ocurre en las calles del país, llamado En la vía, escribí una crónica acerca del estado de las carreteras en territorio nororiental: la conexión entre Caracas, ombligo de Venezuela, y las playas del estado Sucre, destino común entre los turistas nacionales que se desplazan en carro desde distintos estados.
La pregunta previa es si un país con tanto petróleo y la gasolina más barata del planeta, resultan suficiente para imaginar un asfaltado de lujo. La respuesta es obvia: no.
El viaje de ida y vuelta, que duró tres días enteros con pausas para comer, dormir, medir huecos y hablar con los conductores (particulares, choferes de autobuses y carros por puesto) y pasajeros, accidentados o habitantes de las zonas aledañas a las carreteras, reflejó tantas impresiones que fracasé en mi intento por escribir una crónica decorosa, con un lenguaje simple, que criticara ferozmente al gobernador de Sucre, Enrique Maestre, que registrara la desidia y el cinismo del poder y también una queja homogénea de parte de los que transitan esos caminos. Igual, quise mostrar el carácter de nuestros pueblos costeros que efectivamente tienen muy poco que ver con la convulsión de Caracas, y la riqueza de nuestra vegetación y gastronomía.
Mucha ambición.
Pero ahí está, lo pueden leer yendo a ElDomingo, en esta dirección. No hace falta ninguna clave, solo hagan clic en “Ingrese aquí”.
Y si quieren ver más, pueden vacilarse algunos contenidos multimedia en las secciones de audio y UN En la vía de la página principal.
Para los veloces o impacientes, para los flojos y aquellos a quienes les falta el tiempo, copio algunos párrafos sueltos del trabajo.
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En el kilómetro 99, según cartel, el verde del monte a los lados es intenso y la vía sigue siendo crítica, hay una testigo: Bertha Sanguino, quien perdió la vida el 09 de agosto de hace 25 años. Ahí siguen la cruz de metal y cinco huecos que lo recuerdan. Hay una entrada de tierra, restos de arena y asfalto, y una mata de lechosa. La vía está preparada para ser repavimentada.
Vía El guapo, vía Cúpira, vía Boca de Uchire, es lo mismo: largos trechos con baches que obligan a zigzaguear, y otros más cortos en buen estado. En una alcabala móvil de control, un oficial de policía del estado Miranda le dice al fotógrafo: “tómale fotos a todos esos huecos y no lo pongas chiquito, pa’ que el gobierno lo vea”. Está junto a dos compañeros del cuerpo y otros dos fiscales del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre. Uno de sus colegas responde: “pero bueno, compadre, tampoco en primera plana”.
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Una seguidilla de huecos como la marca de una ráfaga, como huellas de dinosaurios o como uno imagina que puede ser la superficie de la luna, decora el paisaje vial justo después de El guapetón y antes de El arenal. La clave está en que el proceso de pavimentación y repavimentación es lento. Según Magallanes, fiscal de una obra de bacheo en el sector, con el equipo que él tiene, en un día se pueden corregir hasta 800 metros.
800 metros. Entre Caucagua y Güiria, por los caminos que existen actualmente, hay unos 600 kilómetros. Esto quiere decir que para asfaltar todo, tal como viene trabajando el MOPVI en el estado Miranda, habría que pavimentar durante casi dos años seguidos sin parar o redoblar la marcha e incluir nuevas unidades. Esto sin contar el retraso que pueden generar las lluvias, los tiempos de espera para que llegue el asfalto desde las plantas, o el deterioro natural de las calles a causa del clima y el peso de los vehículos.
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La primera vista de la costa Caribe venezolana en esta zona, con las playas Conoma, Arapito o Playa Colorada, es desde los hundimientos, las curvas y las fallas de borde. La carretera se se ve como si alguna máquina la hubiese raspado para iniciar el proceso de pavimentación, pero no se ven las maquinarias: ni aplanadoras, ni volteos, ni camiones.
En plena curva de El Castillo, un hueco de más de un metro de diámetro y unos diez centímetros de profundidad, le pica el ojo a todos los carros que tratan de esquivarlo. En diez minutos, más de 50 siguen ilesos y se pierden rodando a lo lejos, con las palmeras y la arena, el horizonte salado y los pequeños puestos de comida al fondo. Pero siempre hay uno que está más salado que el horizonte y cae. El hueco lo sabe. Ahí se le reventó el caucho al obrero de PDVSA Gabriel Guerra, quien tuvo que arremangarse la camisa unos metros más adelante, para poner el de repuesto, mientras su esposa Mirna refunfuñaba con los brazos cruzados: “esta vía es un desastre”.
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Son las seis de la tarde, pero como no hay alumbrado y la luna está en sombra, bien se podría pensar que son más de las nueve de la noche. Delante de la nave, un bus de Rodovías de Venezuela rueda a una velocidad de 110 kilómetros por hora. Es la unidad 384 y resulta evidente que conoce la vía, porque zigzaguea entre las curvas, frena y acelera. Quiere rebasar a los carros que tiene adelante en el breve espacio de tiempo que le dejan las rectas cortas, amaga a la derecha y se vuelve a ocultar.
En el parabrisas trasero se lee: “viaje por tierra con el confort del aire”. 130 kilómetros por hora y finalmente lo logra, parece que vuela, rebasa y menea la cola triunfante. Poco a poco, se pierde en la oscuridad, a toda prisa. Sólo deja el destello de las luces rojas que titilan a lo lejos, cada vez que cae en uno de los tantos huecos.
Según las cifras oficiales del Cuerpo Técnico de Vigilancia del Transporte Terrestre del INTTT, en 2009 se produjeron más de cien mil accidentes a causa de las imprudencias de los conductores. De ellos, quince mil fueron por acciones como las que acaba de protagonizar esta unidad de transporte que cree en el confort aéreo.
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Foto: Jesús Contreras
Luego de salir del terminal de pasajeros de Cumaná rumbo a Carúpano, lo primero que –¡jup!– salta a la vista, además de los huecos, es una valla que informa: “Plan de asfaltado y mejora vial. Carretera Cumaná–Carúpano”. A la izquierda, aparece el gobernador Maestre con su camisa roja manga larga y su puño izquierdo levantado. Está sonriente. Debajo de él, los colores de la bandera con sus ocho estrellas y un monto: BsF. 10 millones. Una boloña. A la derecha, una imagen saturada y en alto contraste de la carretera bien pavimentada y con un rayado blanquísimo, notable. Hay ojos de gato, un Fiat Uno, un Caprisse, un Malibú. Al fondo, una camioneta. Sobre la valla hay un lema del gobernador, que recuerda a los de Tarek, su homólogo y compatriota en el estado Anzoátegui: “Con Maestre, Sucre cambió para siempre”. Doscientos metros más adelante está el peaje, y de ahí hasta Carúpano, por Tumantal, Sotillo, Cachamaure, Pericantar, Espín, un vergonzoso sendero de grietas, desniveles, agujeros y depresiones.
Contar los huecos, por su frecuencia, disposición accidental y variedad de dimensiones, no solo es innecesario, sino imprudente. Asegurar que son quinientos o tres mil en un recorrido de una hora a una velocidad de curva en subida, equivale a decir que hay más de los que a cualquier chofer le gustaría esquivar”.
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Esta es la historia de un pollito que iba cruzando la calle y al saltar un hueco muy grande, ay. Qué feo. Bueno, ya no hay historia. Contemos mejor la del último segundo del rabipelado carupanero, antes de que el caucho de la rueda lo empotrara en esa diversa gama de grises con grietas negras que es el asfalto de sus vías. La historia es más o menos como sigue, dura un segundo, máximo dos: rabipelado distraído y lento, el tralalá de alguna improbable canción roedora. Zum. El impacto. Ya. El final es rojo. Hay también la historia de los perros cada tanto, que no respiran, que no se mueven, pero están ahí por decenas, con la lengüita afuera y abombándose poco a poco. Sobre su muerte sería injusto culpar a los baches y al mal estado, en general, de las carreteras. Sin embargo, hay una historia que es más grave y la cuentan dos habitantes de Campo Claro, en el estado Sucre, Darwin Guerra, que tiene 29 años, todos viviendo allí; y el latonero colombiano Edgar Jiménez, que llegó al sector en 2008 y trabaja a menos de veinte metros del accidente, es decir, fue testigo: “por ese hueco que había ahí, antier mataron a un perro y ayer atropellaron a un niño”. Hoy, el cemento todavía está fresco. Alguien a quien llaman “el cagalocha” batió su mezcla y rellenó el vacío de la calle, según lo cuenta Darwin mientras espera una Pick up que lo llevará a recoger cacao: “él está tapando solo todos esos parchitos de porai, haciendo comunidad, porque esta carretera está mala de más y el gobierno como si nada”. La tarde de los testimonios, un día después del accidente, el niño seguía en el hospital. Para más señas, a pocos metros del cemento fresco hay un módulo policial, y más adelante, en dirección a Güiria, otro poblado que recuerda al pollito de la primera historia: Sabana de Pío. Pío, pío.

Foto: Jesús Contreras
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2 Comments
1 marcel Escribió:
no entendí qué le pasó al pollito
2 Leo Felipe Escribió:
Que el otro le dijo: cuidao con el… pío.