muerte

De mi experiencia en la revista plátanoverde recuerdo algunos eventos, muchos errores, ideas sobre las posibilidades de animar por igual a la cultura y a la contracultura y un encuentro con el espacio como no tenía otra publicación que conociéramos: mirábamos Caracas como quien viene de afuera y nos instalábamos en ella como quien la habita desde siempre. Nuestros verbos favoritos eran apostar, preguntar, sacudir, invadir. El que se atreve, tiene una parte del camino recorrido. Algo parecido. El periodismo, al menos como nos gusta, ha entrado en fase terminal. La política, como el arte, no son temas que correspondan al poder ni a las instituciones. Así íbamos.

Entre atrevimientos y experimentos, aunque todavía pueda salir alguien a decir lo contrario, el más acertado fue invitar a un desconocido para que opinara, hiciera y deshiciera casi lo que le diera la gana. Un editor venido de afuera. Hubo quien acusó al agotamiento y dejó de asistir a las reuniones finales, hubo quien torció la boca porque el soviet platanista se sublevó ante la propuesta de una pauta, hubo quien se enamoró de lo desconocido, hubo quien se desveló en vano, hubo quien cumplió y se fue, hubo quien se emborrachó, hubo quien lloró, hubo de todo.

Hoy, cuando no sé quién publicó que habían muerto Mario Silva y Diosdado Cabello, y que por eso hay que regular contenidos, recuerdo con sarcasmo cierta idea de revolución.

Corría noviembre de 2004 y estábamos por celebrar el segundo año de la revista con nuestra quinta edición. Cinco números en 12 meses no era para tirar cohetes, pero nosotros estábamos bien contentos. El tema era Morir en Caracas, y no se nos ocurrió mejor metáfora para llamar la atención y hablar de la muerte del periodismo que publicar un obituario de nuestro editor invitado, Edmundo Bracho, en la edición de la región metropolitana de El Nacional.

Un obituario. En un periódico. Nada de Internet mordiendo la segunda década del siglo XXI. 2004, un día antes de que George W. Bush derrotara a John Kerry en las elecciones y nos cagáramos un poquitico más la vida. La esquela era breve, decía “paz a sus restos” y venía firmada por “la familia Plátanoverde”. Para todo lo demás, ya saben: Master Card.

Esa noche nos fuimos de fiesta con el mismo Edmundo hasta bien entrada la mañana. Me llevó a mi casa. Se marchó. Me dormí. Un par de horas más tarde, apenas, me despertó con una llamada de ultratumba diciendo que la revista debía hacer algo, porque ya había perdido el habla de tres tías y su teléfono no dejaba de sonar.

Corrimos a escribir que la muerte física no era la única que conocíamos. Nos pusimos didácticos. Tuvimos que explicarle a unos cuantos que la libertad, cuando aparece la muerte, siempre arruga la nariz. Que entre la desaparición de la ética periodística a favor de la polarización política, lo nuestro era menos que una travesura infantil. Que no nos jodieran y que compraran y leyeran la edición tan coqueta y maquillada en su ataúd.

Todavía hay gente que me mira con lo blanco del ojo cuando recuerda o se entera de lo sucedido. Pero nosotros nos divertimos en su momento, hicimos lo que quisimos y hasta presentamos a Edmundo en el lanzamiento de la revista, el mismo día en que apareció muerto en el periódico, leyendo en público y sobre una tarima poemas necrofílicos.

Edmundo había trabajado en Feriado, era locutor de la Radio del Ateneo y editaba la revista Ventiúno, que pertenecía a la Fundación Bigott. Yo estuve en el programa de Edmundo: era lento, medio malo y ponía música muy rara. Con todo y eso, créanme, estoy seguro de que no había ni una sesentaydosava parte que quisiera verlo muerto con respecto al deseo de miles de venezolanos que quieren que a Diosdado y Mario Silva se los lleve la pelona.

Por eso es que no entiendo el conservadurismo de este gobierno que no se inclina cada vez más a la derecha, sino que hace mucho rato se volteó de cabeza y confundió las perspectivas, jugando a la antipolítica. Hay leyes y trabajos ficticios. Y también ganas de joder.

Mira tú, yo no soy Noticiero Digital –líbreme Dios, dado– pero qué pasa si escribo acá que han muerto José Vicente Rangel, Aristóbulo Istúriz, Henry Ramos Allup y Andrés Velázquez.

¿Qué pasa? Me pregunto.

Mientras ustedes me responden voy a leer un librito que me bajé de Scribd.com y se llama El violento oficio de escribir. Lo escribió el argentino Rodolfo Walsh, a quien desaparecieron por publicar historias verdaderas que no interesaban al gobierno militar de entonces, y lo compiló Daniel Link.

Después me voy a ver una película quemada. Alguna que tenga que ver con leyes y muertos. Con leyes muertas. Con otro tipo de impunidad y violencia.

De alguna forma lo escribí, ¿no?

¿Qué pasa?