Por Jorge Carrion, compañero de viajes y homenajes en forma de mesas redondas literarias

Los polis, en sueco, se llaman “polis” (o al menos eso se puede leer en los coches de policía). Un restaurante se llama “restaurang”. Si no me han informado mal, “hacerse el sueco” se traduciría, aproximadamente, como “hacer como si lloviera”. Pero no sé cómo llaman a esas mantas que posiblemente definan la cultura sueca o su sección Estocolmo: porque en todos los bares y cafés están a disposición de los clientes unas mantas, no muy gruesas, por lo general grises, que permiten disfrutar del aire libre pese a que la temperatura no sea precisamente veraniega. Mantas similares cubren los abundantes cochecitos de dos plazas, las piernas de quienes toman el sol en sus balcones, los hombros de quienes hacen su picinic en cualquier trozo de hierba desocupado. Si la interpretación bergmaniana de la cultura sueca es correcta (y mucho me temo que sí), en este país es más habitual tapar con la manta que tirar de ella; pero ambas metáforas servirían para retratar lo que está ocurriendo en este preciso momento. Porque una boda real, la anacrónica realidad y el anacrónico símbolo, ha sido cubierta con capas y capas de sentidos naturales e impostados; y al mismo tiempo ha sido desnudada de su trascendencia secular. Al convertir la Boda entre el Sapo y la Princesa en un Festival del Amor (Estocolmo, estos días, se ha convertido en una suerte de Capital Europea del Amor, con infinitos conciertos y actos culturales eróticos y erotizantes), el significado sagrado e histórico se ha metamorfoseado para adaptarse a la era del turismo y del parque de atracciones y del espectáculo global. El resultado es maravilloso. Estocolmo es una sucesión de multitudes. Niñas con banderas. Jubiladas tomando vino en sus sillas plegables. Una banda freak y genial de finlandeses retirados vestidos de gala (uno de los pocos “asistentes de la boda” investidos de ironía). Grupos de amigos. Familias enteras. El pabellón de Ikea con sus diseños especiales. Postales de la pareja. Miles de souvenirs. Escaparates decorados con corazones y coronas. Bombones conmemorativos. Cámaras. Fotos, millones de fotos. Fotógrafos con teleobjetivos kilométricos. Platós de expertos en bodas y en monarquías. Un tipo con pinta de skinhead que de pronto grita “¡Viva la princesa!”. Padres e hijos y abuelos y nietas que secundan el viva. Y sobre todo, sobre todo, recién salidos de debajo de la manta o tirando de ella con determinación: una secta extraña, una minoría selecta, jóvenes elegantísimos, muñecas de porcelana, Kent y Barbie, señores y señoras vestidos para ir a una boda real, maquilladísimos, peinadísimos, en frac, entre nosotros, plebeyos, sumándose a la fiesta, sin camuflaje, infiltrados al revés.