Parece que el suicidio submarino de tus ojos te empujó a necesitarme y quieres dejarme creer, en cada frase, que nada te importa con tal de seguir probando. Yo estoy lejos y te veo la piel en otros cuerpos, sin desespero y con una imaginación que se resiste a entender que se pueden reciclar los fracasos, pero que coleccionarlos es una ambición innecesaria, la ilusión del hombre frágil.

Hacer de ti un invento, la distinción y lo nuevo, algo pretendidamente sorpresivo. Obsesionarme con morderte las axilas y nunca decírtelo, por ejemplo. Anular las ideas tópicas que surgen de las luchas, quedarme dormido en la mesa, lamerte la lengua sin hablar ni pensar en el tiempo.

No me refiero a viajar y crecer y transformarnos, sino a un estado invisible y profundo, más difícil de establecer. Algo que está más cerca del barro, y la cama, y la nada que se prende como una alucinación estelar, brillante y leve. La simpatía absoluta, en caso de que pudiera extenderse hasta el límite de lo posible.

Ambiciono sin detenerme y me contradigo sin fijarme, ambas acciones van juntas, como siamesas espectrales que se devoran entre ellas hasta convertirse en una. Es lo que entiendo como la continuidad del comienzo, la peor de mis costumbres. Por eso decidí esconderme en la parálisis, abrazar con las manos frías y frecuentar ese otro concepto encantador e infantil del olvido voluntario.

Reconocer que somos una nube de polvo y que tú eres ese extraño punto de luz que vuela despacio y sin pedir permiso, es el primer paso en esta aparente reconquista de mis deseos; de alguna manera, la recuperación de las ganas de volver a equivocarme. Pero ya te digo, si voy a fallar, quiero que sea de otra forma. Algo menos trascendente que una ventana, la intranquilidad o la herida.

La trampa de las películas de amor, y de los westerns, es que una vida corre tan rápido que se resuelve en dos horas. Yo quiero hacerlo al revés. Yo quiero que resolvamos dos horas de nuestra historia en una vida, que no lleguemos.

Cuando proyecto posibilidades y recuerdo esa primera mirada que me diste, de pie frente al mueble prestado de un apartamento ajeno, me pregunto si seré capaz de sostenerlo, si continuará nuestra complicidad de entonces: El gesto de burla, la media sonrisa, el roce, la alabanza al frío del aire acondicionado en un set artificial.

¿Has pensado en el clima?

Yo lo reviso y lo siento y me instalo en él casi a diario, a veces sin notarlo, porque cuando te proyecto siempre cargas vestido y es de noche y esa noche tiene esa humedad que solo es posible cuando hace calor.

Yo soy la sombra que sale de la esquina en la misma imagen, al otro lado de la acera donde tú mueves tus piernas bajo la tela. Los cables de electricidad no existen, ni el ruido de los motores de los carros, ni el rumor de las conversaciones ajenas, ni los perros; pero tú apareces y yo me concentro, callado, en la debilidad de la brisa y en el espacio exacto, vacío, que nos separa, en los poros de la piel de tus párpados, en lo que estarías pensando si estuvieses aquí, tan cerca y palpable, con tu calma elemental; en todo aquello que podría comenzar a dibujar los bordes del infinito si yo me animara, de un momento a otro, a escamotear mi desasosiego y te dejara existir.


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