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El primer evento parece mi fiesta de cumpleaños: Mario Bellatin, el pelado mexicano de la mano plateada que viste de oscuro, no solo es uno de los escritores más auténticos y sólidos que he leído, sino un carnal, un sujeto inteligentísimo, cariñoso y muy sencillo. Un caballero. Alguien que admiro.

Efraím Medina Reyes, ese boxeador literario que vive para hablar del amor y el fracaso, no solo escribe con un ritmo demoledor, sino que ha sabido crearse un nombre a partir de sus posturas, declaraciones, retratos y desnudos públicos. A veces acudo a él cuando voy a Colombia, porque habla de lo que hablan mis mejores amigos, y casi siempre frente a una mesa húmeda por el culo de las botellas.

Margarita Posada, esa mulata de fuego que escribe del fuego, como el fuego, no solo es el desvelo de muchos lectores cachacos, sino una dama sensible y alegre que tiene una sonrisa dulce y una compañía perfecta para el que desea pasarla bien. Es mi amante literaria.

Marcelo Carneiro Da Cunha, el capo gaúcho de Sao Paulo, no solo es uno de los escritores más prolíficos y claros de su país –guiones, columnas, cuentos, novelas– es el mejor anfitrión que he conocido, un hombre dadivoso y crítico, un abrazo. Me gusta hablarle como si fuera mi hermano mayor.

José Tomás Angola, antiguo cultor del rock local y amante del buen tabaco y el mejor escocés, no sólo es tan poeta como dramaturgo, tan premiado como de culto, tan culto como cuentista, sino que se ha endilgado la peligrosísima tarea de cuidarme en los viajes, físicos y metafísicos. Es la chica Almodóvar arriesgada y didáctica. Como el antiguo slogan de Tropicana: un amor de cosas bellas.

Todos ellos, junto a los cubanos Wendy Guerra y Juan Abreu, la peruana Gabriela Wiener, los catalanes David Barba y Jordi Carrion, ese simpático intelectual incorregible, estarán en Barcelona, España, entre el martes 08 y el viernes 11 de junio, para celebrar el último invento del gigante Marc Caellas: Eroticamerica. También habrá música, revistas y, depende de los asistentes, sexo en vivo. De Caellas, esa inquieta figura que muere –y mata­­– por las morenas, puedo repetir que simboliza a la izquierda prodigiosa que perdió La Masía para competir con Messi, pero que, por fortuna, ganó la cultura. Un lujo de pana, un crack.

A mí me toca asistir para leer un texto que se olvidará antes del final intitulado “Después de la cuarta salsa hay sexo”, y para rendirle un humilde homenaje a Roberto Bolaño en el culebrón intelectual “Los críticos también lloran”, que luego parte de gira a Madrid y al mismísimo Estocolmo.

Cuando dije primer evento es porque hay un segundo, más pequeño, más grave, más íntimo, el lunes 14 de junio: la lectura dramatizada de “El pasajero de la fragata“, obra escrita por Angola y celebrada por la mayoría de sus espectadores en Venezuela cuando se presentó en su momento hace algunos años. Además, según me cuentan, con algunos premios. Trata sobre los últimos días en la vida de Bolívar y me toca el trabajón de interpretarlo en la lectura. Nada simple, porque la calidad del texto es innegable y porque aunque me guste el teatro, los ejercicios públicos siempre son un acertijo.

En todo caso, si tú, mi viejo amigo, o tú, mi querida “amiga” de tantos insomnios, has leído hasta este punto y sigues viviendo en alguna ciudad de las nombradas, asiste. Es una de esas oportunidades que se presentan pocas veces en la vida. Me refiero a que los eventos serán, de seguro, placenteros, a que sus invitados son encantadores, pero más que eso, a que no sé cuando vuelva al viejo continente y quiero verlos a todos. Y a todas.