Por Boris Muñoz *

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En mi juventud de lector llegué a Argentina por Borges y a México por Octavio Paz. La función de todo maestro es abrir mundos para sus lectores y eso fue justamente lo que ellos hicieron poniéndome en contacto con ideas, autores, estéticas y momentos históricos completamente ignotos para mí. Sin embargo, eran mundos distantes y ya inalcanzables a través de la experiencia. Algunos años después, a los 22 si queremos ponernos rigurosos, me ví de pronto escuchando una charla sobre cine mexicano en el Museo de Bellas Artes. No sabía quién era Carlos Monsiváis, pero sí que su caudalosa escritura, su pronunciada pasión voyeurística por el mundo observable y su humor entre irónico y compasivo, me transportaban a un pasado de innumerables matinés de televisión en blanco y negro: el de María Félix, Pedro Infante, el de Tintán y Cantinflas. El vigor imaginativo de la lectura de Monsiváis me obligó a reconocer que ese pasado de melodrama, cursilería y relajo era en buena medida también el mío. Salí electrizado de la conferencia y corrí derecho a la librería del Ateneo para hacerme de lo que pudiera comprar con mi bolsillo de estudiante: Amor perdido y Días de guardar.

Esa noche los leí a saltos y trompadas, y supe de inmediato que serían parte de mi vida. El método de Monsiváis consistía en asumir la realidad como un oxymoron. No desdeñar nada y canibalizar todo: el ensayo, la poesía, la narrativa, el cine, la experiencia cotidiana, la política, el arte pop y la cultura del espectáculo, el nacionalismo y el caos, volviéndolos una amalgama iconoclasta, erudita y, en definitva, desmesurada, contradictoria y absurda como la vida misma. Esos libros reiventaron una vez más la crónica y abrieron para mí el vital y bronco presente mexicano y, en buena medida latinoamericano, hasta entonces desdeñado por mi ignorancia.

Y al día siguiente, aun más expectante, casi en trance cabe decir, volví para la segunda charla de una serie de cinco. Todo esto sucedía al mismo tiempo que yo hacía mis primeras excursiones periodísticas. Se me ocurrió que quería hacerle una entrevista a Monsiváis. Visto que desconocía casi totalmente su obra, hoy el gesto me parece un atrevimiento colindante con la insolencia. Lo esperé al salir de la sala y por intermedio de Tulio Hernández, a quién tampoco conocía entonces, le propuse conversar un rato y para sorpresa mía él aceptó.

No sé si esa noche o la siguiente terminamos en El León, frente a la Plaza La Castellana. Hablábamos ya no recuerdo de qué. Pero todavía retengo la atmósfera. Uno, al preguntar se sentía incómodo e intimidado, pues Monsiváis no rebajaba en ningún momento su espíritu crítico ni su incisiva desconfianza hacia el poder. Pero al mismo tiempo se sentía fascinado porque cada respuesta ofrecía untour de force psicohistórico en extremo divertido. Siempre podía esperarse de él una ocurrencia inusitada y un análisis fuera de lo corriente. La otra cosa que no olvido de aquella noche es que de pronto se apareció Alejandro Rebolledo reportando que había una sangrienta trifulca entre punks y neo-nazis en la Plaza Altamira. Toda la promiscua curiosidad de Monsiváis se volcó hacia el imposible encuentro fortuito de una falange de svásticas y una pandilla de mohicanos al pie del Ávila. Y la entrevista se fue al demonio.

Ese primer encuentro marcó la pauta de muchos otros. En otros viajes lo llevé a pasear por Caracas. Al regresar de Catia, se puso a hablar del paisaje parodiando el estilo prosopopéyico de Carlos Fuentes: “El poderoso Waraira Repano escuchó los pasos del ejército Libertador cuando en Caracas se decidía el destino de América…”. Luego me contó que, a principios de los cincuenta, siendo él apenas un chamaco se iba con Fuentes de burdeles. Le pregunté si se enredaba con mujeres y me dijo que en aquella época había aprendido “algo” del cuerpo a cuerpo con el sexo opuesto, pero a la altura del areopuerto La Carlota, cambió de tema sin disimulo: “Oye, Caracas está bien, pero se ve vacía. Siento que le faltan 13 millones de personas”.

Nos vimos en Estados Unidos, en Puerto Rico, en Colombia y, por supuesto, muchas veces en México, donde era casi imposible captar su atención. Una vez lo alojé en Nueva York en la pensión de la venezolana Elba Damás. Regresó a mi casa con una bolsa llena de Dvds y contento como un niño. Pasamos toda la tarde siguiente en un mall comprando camisas, chaquetas, suéteres, zapatos para él y su familia. Nunca se midió nada y pagó todo en efectivo, pues, según me dijo, estaba contra las tarjetas de crédito. Mientras saltábamos de una tienda a otra me contaba de su amistad epistolar con Cortázar, o cómo había empezado a perderle estima a la prosa de Cabrera Infante por su regodeo en el retruécano y los juegos de palabras vacíos de significado. Recuerdo esa excursión al centro comercial como un caótico paseo por el boom y sus protagonistas, un torrente crítico y una confesión literaria e intelectual. Cuando los desencantos pasaban a animadversiones, su lengua se tornaba un cuchillo japonés ávido de cortar cabezas. Así que cuando salimos al aeropuerto dio inicio a una sardónica imitación de Alejandro Rossi, a quien al final le pegó la etiqueta de escritor remilgado.

Conocí bien al hombre que acaba de morir para convertirse en mito, con sus lentes de culo de botella y la vestimenta desgarbada, su cabello peinado a golpe de viento y los dedos vendados con curitas, su incapacidad para abandonar la libreta de notas o para fingir simpatía. En privado fue fiel a su persona pública: igualmente lúcido, igualmente crítico, igualmente comprometido, igualmente subversivo, pero aún más sincero. En agosto de 1999, tras reunirse con Chávez, me ofreció su diagnóstico: no le había gustado y le parecía peligroso para la izquierda democrática. Y añadió: “Pero tiene más música de la que le reconocen”. Tenía razón: una rocola completa que nunca se apaga. En otra ocasión, durante la campaña de López Obrador, hablamos por teléfono y se mostró furioso con el candidato por su arrogancia y sus numerosas metidas de pata. De paso, descargó su indignación contra el Subcomandante Marcos, quien había saboteado la única oportunidad de la izquierda de llegar a la presidencia.

Por otro lado, Carlos Monsiváis era un apasionado de la gente, uno de los poquísimos escritores capaces de vivir la ciudad a través de su caos. Abrazó a la multitud retratándola y descifró su sensibilidad confiando al mismo tiempo en su fuerza democratizadora. Paralelamente, fue el adversario tenaz de la tradición autoritaria mexicana y latinoamericana, uno de los escasos militante de izquierda ferozmente independiente de dogmas y teologías. Mantuvo su conciencia con los reflejos en alto y en plena forma hasta el final. Por eso nunca condescendió al pensamiento fofo, tan al uso de quienes entronizan el populismo autocrático como único camino hacia la justicia social. Ni se fue a la cama con el líder máximo de turno.

Separarlo de la escena política era difícil, pues lo rodeaba por todas partes. Incluso llegó a protestar con aflicción contra la invasividad de la política, que había llegado a convertirse en todo y nada al mismo tiempo, un abismo negro que se traga la creatividad de los individuos y es la muerte espiritual de los pueblos. Sin embargo, cuando esto sucedía aparecía un hombre enamorado del arte. Una noche, durante una visita a Rutgers University, fuimos a cenar con Tomás Eloy Martínez –otro maestro que se llevó la parca. Era el primer encuentro a tres bandas entre dos cinéfilos empedernidos. Ambos pasaron toda la velada citando películas, cada una más rara que la otra, compitiendo para demostrar quién sabía más de cine estadounidense de los cincuenta. Ninguno bajó la barra de su exigencias ni rehuyó las emboscadas sutiles que le tendía el otro, aunque Tomás Eloy admitió estar impresionado por la memoria wikipédica de Monsi. Al final, cada uno por su lado, se autofelicitó narcisísticamente reconociendo en el rival un dominio amplio en el concurso de trivia hollywoodense. Yo me sentí premiado como testigo de excepción de ese duelo espléndido entre dos maestros que a su vez encarnaron el alfa y el omega de la crónica contemporánea, pues cada uno por su cuenta reiventó el género a su medida.

Ubicuo, omnívoro, grafómano, sardónico, brillante, auténtico, militante, librepensador, generoso, honrado, obstinado, melómano, rebelde, desmesurado, risueño casi tierno, se ha ido Carlos Monsiváis, conciencia de México y faro intelectual de América Latina. Su obra es en buena medida el equivalente literario al soundtrack de mis veinte. Desde Amor perdidoDías de guardar, pasando por Nuevo Catecismo para indios remisosEntrada libre, hasta llegar a Los rituales del caosAires de familia, cada libro remite a un nuevo descubrimiento y a una estación definida de mi educación intelectual.

Sobra decir que es una pérdida irreparable. Sobra decir que lo echaré de menos. Órale.

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* Tomado de prodavinci.com, donde también se pueden leer otros dos textos en homenaje a Monsivais escritos por Juan Villoro y Fabrizio Mejía Madrid.