I

Ahora resulta que señalar los errores estructurales del gobierno es esquivar el bulto de un siglo de atropellos del sistema capitalista mundial, como si el tiempo no existiera y bastaran las intenciones. Y eso te convierte en alguien de derecha. En el mejor de los casos, amor, de extrema derecha.

II

Aquí se prometió una revolución. Una que, nunca quise creer, pero no termino de aprender a ser duro y frío de un modo consecuente, sería mejor que la bolchevique y la mexicana y la cubana, tan socia del final del siglo XX, sufrida pero eficaz, palpable y amable, como la brisa del clima bueno con todo y su amargo de Angostura. Pero parece que ni de muy lejos.

III

Una maleta de comida podrida equivale para mí, que nunca he tenido enfrente una maleta de comida, a treinta kilos de dólares traficados en una maleta en un país extranjero. Treinta kilos. De dólares. Lo que sobre es tuyo, papá.

Pero yo soy lo que llaman un pela bola, un peor es nada, un blanco pobre con ínfulas de burgués y cholas de goma. Chávez es bueno, lo demás no es malo: Es de derecha. ¿Ves? Soy de derecha. ¿Quién se va a poner a hablar mal de Chávez y su gobierno? En serio. De San Chávez. ¿No es esto un carajazo, una bala merecida, una razón para pensar en una revolución?

IV

Para empezar igual, algo que en televisión funciona: ahora resulta que es mejor reír en cámara, salir por el sótano de una planta de TV, subir a una camioneta blindada –no imagino un carro­– con guardaespaldas y sueños, y dormir tranquilo con la cabeza apoyada en almohadas de plumas de ganso.

Que quede claro, no me importan los gansos; por mí se pueden extinguir todas las especies con plumas. Así de malos somos los malos.

¿Mi punto? Tiene una intención muy clara: atacar a los auténticos revolucionarios que, por defender lo que ellos creen que es la única vía para instalar un sistema igualitario y justo, defienden al gobierno de Venezuela contra sus críticas sin importar el origen de las acusaciones ni sus posibles consecuencias.

Chávez es bueno, lo demás no es malo. Es de derecha.

Oink. Oink. Clap.

Clap.

V

El chavismo en Venezuela está repleto, groseramente atiborrado, sobreexcedido y, de un modo visible y vulgar, tosco –no se me acaban los calificativos– desvergonzado, indigno, deshonesto, asambleísta, alcaldístico y gobernativo, de ladrones y aprovechadores. Ricos de siempre y nuevos ricos.

Y, claro, hay millones de pobres haciéndole el juego. Así habrán hecho daño los adecos.

VI

Bueno, resulta que el periodismo en este país también se debate entre hacerle el juego al gobierno o a sus clientes e intereses enfrentados, llámense Iglesia; oposición, en minúscula, que no es lo mismo pero es igual; Colombia y Estados Unidos y sus presidentes, según el ánimo del patrón; los partidos, que nunca tuvieron un nombre más adecuado; y algunas portadas accidentales en los periódicos, producto de una idea maleva pero terriblemente ejecutada para decir existo y tengo razón de ser, porque poseo cientos de miles de seguidores y eso es suficiente para tumbar a un gobierno.

La clave: tumbar no está en cursiva.

Punto aparte: de ser así –y perdón por la farandulería, cuerpo llamado Cultura– Arjona podría ser en 2011 presidente de Guatemala y Residente Calle 13 logrará, en cinco o siete años, la independencia de Puerto Rico, a pesar de sus tatuajes.

Artículo 350. Oposición definida y revolución apoyada únicamente en la palabra. Trabajo fácil. Despertar y ver cómo es la vida, mi negro.

VII

Andrés Izarra saltó a la historia corta de este país por tomar la decisión adecuada el 12 de abril de 2002 contra el adefesio de canal de televisión que defendió hasta ese día, dirigido por una sarta de sinvergüenzas. Más de una vez me dijo, cara a cara, “que el tenis no sube cerro y que aquí lo que importa es el rating” cuando yo me preocupaba por el deporte como si realmente fuera importante.

El rating.

Bueno, ahora Izarra, para despistados internacionales, es presidente de Telesur y ex ministro, otra vez. Ministro, ex ministro. Por lo tanto, que se ría en vivo de la realidad violenta que vive Venezuela en torno a los robos, secuestros y asesinatos en este momento no me extraña.

Andrés Izarra no es un revolucionario y nunca podrá serlo, hasta que regrese al ensogado de Quinta Crespo, como una vez lo hizo, y se caiga a puños con el poder establecido, sin importar si es político o económico.

Muy linda la puja de Telesur contra CNN, pero en la guerra de esclavistas contra esclavizados, de millonarios contra pobres, de presidentes de empresas contra camarógrafos, editores y limpiadores de baños, no creo que haya avanzado en algo.

Ya sabes: No hagas lo que hago, haz lo que digo.

VIII

Yo digo que hay vivir y follar mucho. Y trato de hacerlo. Lo demás es accesorio, incluida la revolución. Yo. Leo Felipe Campos. Contra eso que me acusen.

Entonces, Venezuela pobre, pretendidamente revolucionada y querida, estoy de acuerdo con Izarra en que no podemos compararte con México y Colombia; esos países padecen una violencia organizada y mafiosa que explota, literalmente, cualquier idea opositora en forma de esquirlas de granadas. Los periodistas no lloran, se pasman.

Estoy de acuerdo en que los adecos –y aunque él lo oculte, olvidadizo y travieso, también los chavistas– te llevaron a creer que la revolución revierte la mano forrada de anillos made in Miami por el agua provisional, que sueles recoger en tobos de plástico, pero no te puedo caer a cobas: te siguen acabando. En la cara.

Con el cuento de la Revolución Francesa, del Che y Alí, de la CIA y sus secuaces, de las canciones y los sistemas, te están ensartando, te están violando, siguen esclavizando a tus habitantes indios y les manosean las nalgas, los perforan y les miden el aceite, el cobre y las minas de carbón, los matan y los engañan y les hacen creer que con elecciones y promesas, un poquito de suerte y la oposición a ese estilo podrido que tiene la prensa mundial, puede ser suficiente para estar mejor, o al menos para creer en la izquierda que pregona el gobierno, que piensa como de centro y actúa como la derecha a la que tanto agrede.

Eso es la revolución. Unos pocos tienen mucho. Unos muchos tienen poco. Pero te hacemos creer que suena mejor. Y hasta nos reímos.

IX

¿No es así, Izarra?

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