Versión ampliada de mi última colaboración con Los Superdemokráticos, quienes –quizá por ser Latinoalemanes– descubren evidencias donde ya nosotros dejamos de buscar, por olvidar las preguntas esenciales.

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Más que la situación de mi país, me interesa la situación en la ciudad que habito. Caracas tiene entre 4 y 8 millones de habitantes, según el opinador de turno, entre 22 y 80 muertos por semana, depende del periódico, el supuesto especialista o el representante del gobierno que muestre –u oculte– las cifras; tiene siete alcaldías, pero una, la que se dice “mayor” y se supone que regula a otras cinco, no trabaja, o no la dejan trabajar, porque la séptima, que es reciente y fue creada por el poder ejecutivo, que en Venezuela domina al resto de los poderes, es del partido de gobierno y ahora la de mayor influencia. O no.

En todo caso es un pastel de dinero que va y viene y uno, ciudadano y peatón, por no ser muy pobre o muy rico o muy artista prestado al juego de la política electoral, no sabe si los recursos se destinan, y menos si llegan a donde tienen que llegar. En total son siete alcaldías, pero podrían ser seis, o cinco y media. En esta ciudad las exactitudes son poco más que un lujo inútil.

Bien, cada una de las cinco y media o siete alcaldías tiene su sistema de seguridad preventiva, cinco de ellas cuentan con cuerpos policiales que se dividen en brigadas para detener y castigar, en caso de que lo consideren necesario, y algunas hasta regulan el tráfico y la circulación de vehículos, pese a que también existe un organismo llamado Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre que cuenta con fiscales para ejercer tales funciones.

He leído, según declaraciones del que fuera presidente de esa institución en 2008, que la capital ostentaba el 40 % del parque automotor de Venezuela, y que durante ese año circularon diariamente por la ciudad más de 2 millones de carros, 400 mil de ellos para cruzar de un estado a otro. Actualmente deben ser cientos de miles más, pero digamos que al sacar la cuenta resulta que uno de cada dos habitantes tiene un vehículo en Caracas.

O bueno, uno de cada cuatro, depende.

Hasta hace unos tres años, aquí la hora pico se estimaba entre las 6 y las 8 de la mañana, al mediodía, y entre las 5 y las 7 de la tarde. Ahora redondeamos: entre las 6 de la mañana y las 7 de la tarde, o un poquito más de noche, puedes quedar atrapado en un tráfico que va de una a dos horas, como mínimo. Así que si vas en tu automóvil, o en transporte público superficial, relájate, no es mucho lo que puedes hacer.

Caracas también tiene muchos parques. Es una ciudad gris con lunares verdes, igual que su pelo pintado en forma de cerro gigante que mira al mar Caribe, por donde trepan los caminantes que se conectan con la naturaleza, y un cielo bastante azul. La barba y los vellos del cuerpo, por seguir con el juego, eran también montañas de árboles y terrenos diagonales y baldíos y quebradas y mucho monte, y ahora son casas construidas por sus propios habitantes, hechas de ladrillos, zinc, cemento, ilusión y, según la zona, mucho miedo cuando se cree que va a llover duro, y llueve.

A veces cuando llueve algunos se alegran, porque el clima suele ser más fresco, si bien nuestros 25 grados centígrados que suben y bajan sin aspavientos son la envidia de muchos países con climas secos, helados, o excesivamente lluviosos. Tengo un amigo que vive en Caracas y viaja mucho, él tiene por costumbre comprar dos pantalones, un par de zapatos y doce camisas en diciembre, para usar al año siguiente. Asegura que es su única inversión segura en vestido. Sin abrigos, sin olas de calor mortal, sin necesidad de crema humectante, ¿para qué me voy a ir a vivir a otro país?, pregunta.

En Caracas hay por lo menos 35 centros comerciales agremiados, allí están los más grandes, los del nombre chic con la consonante repetida y en cursiva; estos –está bien, voy a explicar el chiste– estos malls, junto al centenar de pequeñas edificaciones con locales comerciales de mediana monta, conforman el rasgo consumista de un espacio que registra una tajada tan grande del mercado de los teléfonos Blackberrys para América Latina, que el término socialismo no solo huye despavorido de nuestra realidad, sino que muestra sus nalgas al aire.

Algunos de quienes defienden al actual gobierno y, sobre todo, al presidente, punto de discusión diaria en la diatriba polarizante que nos acorrala y nos ciega, suelen decir que la violencia existe, pero que los medios exageran; sin embargo, cuando se publica que Caracas está entre las capitales más costosas no de América Latina, sino del mundo, nadie dice mucho. Es motivo de orgullo decir que todo es caro, porque es jodido, pero aquí estamos sobreviviendo. Mientras haya más consumo, la sociedad esta mejor. Eso dicen, yo, lo juro por mi estómago, lo he escuchado.

Como en tantas otras ciudades del continente, en Caracas el contraste es la regla. Hay mansiones de millones de dólares donde viven –algunos con dignidad, conozco a un par de ellos, y otros sin que les importe haberla perdido desde la adolescencia, de estos también conozco a unos cuantos– ministros, jueces, diputados, representantes del gobierno, testaferros, herederos con suerte, banqueros y muchos dueños de empresas, quizá cien o mil o 60 mil, ya sabemos que las exactitudes en las cifras importan poco a estas alturas, y también hay millones de ranchos, dos, cuatro o siete, donde el hambre molesta y ya se sabe que la vida es más dura en términos de la escasez de recursos. Mucho más.

¿Armas de fuego? Solo en Caracas un cuerpo policial decomisó 2166 en el primer semestre de 2009. Esto quiere decir: un promedio de doce al día. Pero si te pones a conversar con cualquiera o lees a los opinadores de turno, terminarás creyendo que entre legales e ilegales hay millones. Los conservadores dicen que hay 5 en el país. Los apocalípticos, que son más de 15. Hablamos de millones. Millones de armas de fuego, ¿alguna vez has contado hasta un millón? Adelante. Hazlo.

Me pregunto, quizá con cierta ingenuidad: ¿Qué importa si son tres y medio o nueve novecientos? La banda es para bajar la cara de vergüenza. En el mejor de los casos, no pensemos en eso, porque en realidad hay muchísimas otras cosas mejores en las cuales podemos aprovechar el tiempo, como en ir a bailar o emprender un viaje, por ejemplo, que aquí es muy fácil y casi siempre reconforta. En el peor de los casos, multipliquemos armas por décadas de indolencia y esas décadas por balas, y ahora pensemos quién se está llevando el dinero de ese tremendo negocio.

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Foto: Javier Castillo

En Caracas puedes conseguir lo mejor y lo peor de las personas, me dijo hace un par de semanas una amiga francesa que tiene dos años viviendo en esta ciudad y ha vivido antes en Estados Unidos, España, Mali, Madagascar, México, Brasil y ha paseado por Europa del Este, el Cono Sur y Colombia. ¿Cómo es eso?, le pregunté: Bueno, nunca he conocido a gente tan amable y tan solidaria como los venezolanos, pero tampoco he visto tanta maldad como aquí. Créanme, al menos con ella, he hecho un esfuerzo por figurar entre los primeros.

Con semejante bipolaridad, tomando como ciertas las palabras de mi amiga, no es de extrañar que en este lugar, además de carros, motos, armas de fuego, teléfonos celulares, parques y centros comerciales, sobren licorerías, para beber las penas y celebrar que tenemos ron y mientras haya ron hay esperanzas; peluquerías y gimnasios, para mantener la línea y alisar el cabello largo los lunes por la mañana; y enormes cadenas de farmacias donde venden desde harina de maíz hasta cámaras fotográficas, y se suele agotar el Viagra los viernes por la noche.

Me preguntan cómo veo la situación del lugar donde vivo. Allí, a muy grandes rasgos, está la respuesta; esos tatuajes que hemos decidido hacerle a esta ciudad en la nuca y los brazos y el final de la espalda la definen para mí, que la llevo caminando unos veinte años, por encima de su fiesta beisbolera, predecible y cíclica. Por supuesto –como decía el poeta– toda ciudad es inabarcable y la vida –como dice otro– es más compleja de lo que parece. Caracas es fea, pero te atrapa porque es de una intensidad que pocas veces aburre. Es como una droga que sacude y te esconde y sabes que deberás abandonar antes de que sea demasiado tarde.

Nuestra sociedad ha ganado en dos líneas: conciencia política y social. Y eso ha disparado el odio. Me atrevo a decir que nunca como antes en los últimos quince años nos hemos sentido tan pobres y tan ricos, tan vulnerables y tan poderosos. Saber que el otro existe, lejos de acercar las diferencias, ha abierto un abismo entre las clases sociales. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que es porque los más pobres, y los más ricos, salvo una treintena de familias afectadas directamente por medidas gubernamentales, apoyan a un gobierno que tiene una década en el poder sin cumplir la mitad de las bondades que ha prometido, y que los del medio no, salvo unos cuantos miles. Pero de la misma manera supongo que puedo estar equivocado porque nunca un análisis puede ser tan simple, salvo aquel de las mujeres que son de Venus y los hombres que son de Marte.

Tampoco se engañen, en esta ciudad hay personas que se parten el lomo, casi de forma literal, por trabajar para los demás, creen no solo en Chávez, sino en sus palabras y su proyecto de país, sea cual sea, y discuten y pelean y se ríen y sueñan porque se sienten, ahora, más cerca de conseguir sus metas: una sociedad justa, o un espacio donde los pobres sufran menos.

Independientemente de su ideología política, si es que la tienen, existen los que luchan por el turismo, por el crecimiento económico dentro del libre mercado, por la música, por cultivar la fuerza espiritual a través de disciplinas milenarias, por el deporte, por la integración de países en América Latina, por la cultura urbana, por el periodismo ciudadano y por una mejor educación. Con todos ellos, en algún momento, me ha tocado trabajar, o al menos conversar, y casi siempre me llenan de orgullo y despiertan mi admiración. Ahora, me pregunto, ¿no abunda gente como esta en las capitales de América Latina? Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer en Caracas para acercarnos y ser menos agresivos con los que piensan distinto, o con los que viven de otra manera?

Puede ser que ahí esté la clave. Puede ser.

¿Y quiénes deben impulsar ese cambio? ¿Los pobres? ¿La clase media? ¿Los estudiantes universitarios? ¿Los empresarios? ¿La iglesia católica? ¿El gobierno? Cuando el poder se detenta, las responsabilidades obligan. Tan, tan. Leo Felipe Campos.

También me preguntan si creo que puedo influir en el lugar donde vivo. ¿La verdad? He sido cofundador de cuatro revistas, tres de ellas culturales, trabajé en un museo cuando tenía 19 años y creía que el arte podía llegarle a las mayorías, me sumé a apoyar el Foro Social Mundial en 2006 y también el Foro Social Alternativo, que le hacía la contra, editorialicé informaciones en un noticiario audiovisual en tiempos de altísima polarización política, redacté algunas crónicas sobre espacios olvidados en la ciudad, he contribuido a organizar charlas y debates, fiestas abiertas al público, he dictado un par de talleres sobre lo que considero que es el ejemplo del buen periodismo narrativo (Martí, Walsh, Capote, Kapuscinski, Rotker, Lemebel, Monsiváis, Caparrós, Guerriero, Salcedo Ramos, Muñoz, Duque, etcétera), también hice muchas estupideces y otras tantas tareas sin importancia, y en cada una de esas acciones di lo mejor que tenía, o casi, pensando primero en mí, después en mi círculo inmediato y, finalmente, en Caracas. Pero aún así, no lo creo.

No creo que pueda influir en una ciudad como esta, para bien o para mal, más allá de mi círculo inmediato y en un tiempo cortísimo. Así de fuerte, convulso e indomable me parece este lugar. No lo creo y, sin embargo, aunque a veces he querido pensar que no me importa, algo me dice que mientras siga viviendo acá, al igual que el millón de excluidos, animadores, funámbulos, poetas y aprovechadores, tampoco podré eludir mis ganas de seguirlo intentando.

Foto: Andrea Posada Escobar

Foto: Andrea Posada Escobar