
Fotografía: Efrén Hernández
Nací en San Félix, el pueblo más feo y caluroso del sur de Venezuela. A los dos años ya me destacaba jugando al fútbol y a los cinco, tras aprender a regatear quebrando la cintura, me convertí en el único blanquito capaz de invitar a cualquier mulata de mi pueblo a bailar calipso. No es que fuera el rey del ritmo, pero tampoco lo hacía tan mal. ¿Qué pasó? Lo inevitable: en mi adolescencia fui amenazado por el novio de una de esas mulatas, alguien a quien por alguna razón que no quise averiguar le llamaban “El cuervo”. “El cuervo” tenía muchos hermanos mayores y, según se decía, una pistola. Yo tuve miedo de pasar a ser el espantapájaros-hijo-único y entonces decidí escapar a Caracas, donde estudié la carrera más fácil del mundo: Comunicación Social. Gracias a eso me leí algunos poemas y trabajé en teatro como actor, en cine como asistente de dirección y en televisión como periodista deportivo. También fundé dos revistas: plátanoverde y 2021 Pura Ficción. Con ellas obtuve algo de fama, pero poco prestigio. Hace dos años publiqué una crónica en un libro de la Fundación Bigott, que pasó absolutamente desapercibida, y luego un cuento en la antología Comboio com asas, hecha en Portugal para celebrar los 500 años de Funchal, una isla que todavía desconozco. También me hice padre.
Sexo en mi pueblo, una serie de relatos pornos, es mi primera novela. Entre mis mayores logros se cuenta el haber participado como modelo en cuatro cuñas comerciales. Créanme, con esta barriguita, eso no es poco decir.