
En Barranquilla hace calor y algunas veces sopla la brisa. En Barranquilla la guacherna empieza cuando termina: la guacherna es parte del precarnaval de Barranquilla, allí se disfrazan con tocados de espejos, marimondas y desfilan entre paredes de personas que miran desde los bordes. Barranquilla no tiene centro. O sí tiene, pero no es algo que importe. En Barranquilla las mujeres (y sus misterios) se comen con la mano. La reina del carnaval de Barranquilla (que parece que siempre es una niña bien de la ciudad) se llama Daniella Donado. Va vestida por las calles, y baila y abre la boca y saluda como las reinas y lanza besos a distancia. A ella, probablemente, sea a la persona a la que más le sacan fotos en Barranquilla. También es la que más trabaja. Y se cansa. Ella, la reina, es muy bonita.
En Barranquilla viven más de dos millones de personas. Casi quinientas mil asisten a la guacherna, y todas bailan. Quinientas mil personas bailando –y bebiendo– ofrecen una energía que se me antoja llamar explosiva. No he visto ningún explosivo en Barranquilla pero sí algunas carrozas, globos de colores, señoras octogenarias vestidas como quinceañeras y negros con la cara pintada de blanco. Se la pintan con maicena. Y entre el ruido y la brisa marina (porque a veces sopla la brisa en Barranquilla) el pegoste se convierte en una costra que luego se chorrea con el sudor. Por eso la noche de Barranquilla es caliente.
Barranquilla alardea con la cintura de Shakira. En los desfiles siempre hay alguien que se disfraza de Shakira. Aunque debería ser al revés, yo creo que Barranquilla termina pareciéndose a Shakira. O a la cintura, o a su disfraz.
Barranquilla escupe, pero también se recuesta y acaricia. Barranquilla tiene algunos escritores (cronistas, los llaman) como Alberto Salcedo Ramos. Al lado de Barranquilla está Cartagena, adonde ya iré, pero esta vez no vamos a leer sobre Cartagena, sino sobre Barranquilla. Sobre Cartagena lo único que voy a agregar es que de allí es Efraím Medina Reyes, que está en Barranquilla, organizando el Carnaval de las Artes. Esta idea es de una fundación cultural que se llama La Cueva. Muy buena. Como siempre, nació siendo un bar bohemio y terminó en muchas cosas que tienen que ver con la historia. A Barranquilla (o a su carnaval como excusa para el trabajo) han venido escritores (o cronistas) como Jon Lee Anderson, Carlos Monsivais y un argentino que además dibuja y se apellida Fontanarosa. En Barranquilla también hay carnaval popular con reina propia, carnaval de los niños, guacherna fluvial y guacherna gay, que para ellos es un orgullo. Variaciones sobre un mismo tema: Barranquilla disfruta su fiesta.
El periódico más importante de Barranquilla es El Heraldo, allí dicen que son muy buenos en algo que se relaciona con la medicina o sus servicios médicos. Eso no lo termino de comprender, quizá porque el peso de la información es liviano en esta ciudad. En Barranquilla hacen presentaciones de modelos en trajes de baño y comen pescado, ensalada y arroz con coco. Siempre comen pescado, ensalada y arroz con coco. A veces hay mujeres que bailan en la calle con algo muy parecido al traje de baño. A eso lo llaman publicidad alternativa.
Quienes visitan Barranquilla y no están preparados para su noche colapsan y se abren la barbilla. El ron de Barranquilla a mí me endulza, o me acostumbra; la falda de las mujeres, cuando las veo caminar con un vaso en la mano, también. El sexo de Barranquilla tarda poco en presentarse, comienza de noche, en discotecas apretadas y con luces de colores. Es juguetón, sumiso y abierto. Se puede decir que termina en condominios de lujo, con mucha cocaína y taxis que ruedan despacio. Este sexo, el de Barranquilla, dice hijoeputa cada cinco minutos. Y también grita y se ríe.
En realidad, lo que más me gusta a mí de Barranquilla es la sonrisa de las organizadoras de su precarnaval. Ellas, como la reina (que usa corona) trabajan mucho; como las bailarinas callejeras (que casi no usan ropa) también son parte de una especie de publicidad alternativa, se ocupan de vender la idea del desarrollo y la amabilidad del lugar, eso es lo que hacen. Yo les digo que Barranquilla es amable, pero no es desarrollada. Y ellas sonríen y a mí me encanta.
El hotel más grande de Barranquilla se llama El Prado. Hay otro que se llama Country International, pero más grande es El Prado. Allí, como en todos los hoteles, hay huéspedes que se emborrachan cerca de la piscina y vacían botellas que prometen convertirse en envases de picante. En eso Barranquilla se parece a todas las ciudades del mundo. En eso y en que tiene un cementerio que se llama Jardines del Recuerdo.
En Barranquilla dicen que Colombia es pasión y en Colombia dicen que Barranquilla es la puerta de oro del país. Del carnaval dicen que el límite de la abstinencia es el último martes y que la dualidad vida-muerte rompe barreras sociales. Se supone que a eso se parece la libertad. Ha de ser por eso que es Patrimonio Cultural de la Humanidad (ya saben, declarado por la UNESCO). Los barranquilleros, que bailan muy rápido –y es lo único que hacen rápido– no se cansan de repetirlo.
Las playas de Barranquilla no son las mejores del Caribe, que equivale a decir lo mismo que no son las mejores del mundo. En eso están claros sus habitantes, lo que convierte a la ciudad en un destino menor para el turismo internacional. Pero no tan menor.
A Barranquilla le gusta su río que se llama Magdalena, y yo pienso: ¿será que Barranquilla es lesbiana? ¿O es un negro con nombre de mujer y cintura de relámpago?
La gente de Barranquilla, el calor de Barranquilla, la sonrisa de sus mujeres que organizan artilugios, la noche de su sexo, esa naturalidad de Barranquilla, es la que paga –a justo precio– la distancia, el desplazamiento y el tiquete aéreo: porque el tiempo cuando se disfraza, ya se sabe, prefiere la noche.