
El porro duró lo que tenía que durar. Diez barras era demasiado para la calidad del monte, lo sabíamos, pero a quién le importaba. También supe, aunque después notase que no era así, que ese sería el mejor momento de mi corta estadía en Cartagena de Indias. Pronto amanecería sobre las bancas de cemento partido y la basura en el piso, y el día que llegaba sólo prometía una incertidumbre turística y literaria. Atrás dejamos a los locos acercándose cada 2 minutos para interrumpir el beso, para ofrecer bola, para que le dejara el final, porfa compa, para que habláramos, nosotros, malditos, de cómo era posible estar tan juntos cuando ellos estaban tan solos. Atrás también sus ojos de vidrio y su cabello largo-corto que quería al rape, y su tatuaje futuro, y esas ganas de decirme quédese para siempre papacito, y yo de contestarle vente conmigo vale, que hay que llegar siempre hasta el final, que no sé qué hacer, que hace tiempo esto no me pasa. Pero era mejor no decir nada por miedo al error, a quedar como canallas, ilusos, tontos, inocentes. Algo que, en ciudades como Caracas –y algunas como estas– pueden cobrar un precio alto. Muy alto. Así que hicimos lo que debíamos.
El mototaxi no pasó de los 30, 40, 50 kilómetros por hora. Iba solo y la avenida Santander, junto a una costa de ahogados en su historia y un color ámbar hijoeputa, casi me hace llorar de las puras ganas de reírme tras los lentes oscuros mientras comenzaba a aparecer el sol. Porque la brisa golpeaba mi cara. Porque la ciudad me saludaba. Porque debía despertarme apenas dos horas más tarde para escribir un texto y volver a la Ciudad Amurallada. Y entregarlo. Y porque sabía que en esas dos horas no la dejaría de pensar.
La primera vez que supe algo sobre Cartagena fue gracias a un libro con fotos de niños negros y sonrisas National Geographic, y a los comentarios de una mujer-turista que hablaba de restaurantes de piedras centenarias y estatuas, bustos, catedrales, torres que miraban con nostalgia al mar. Pero sabía que eso no era todo. Porque no mencionó nada del Vallenato, porque no bailó salsa en sus relatos, porque recreaba cierta historia de bahía made in Miami, porque había ido allá junto a unos cincuentones en excursión de negocios, hoteles cinco estrellas e itinerario de lujo.
No menos amurallado que mi compañera viajera, turista, joven empresaria, revelando postales de luces que ciegan en discotecas, Cerveza Águila y 14 tintos al día, moviendo la cintura al son del inmortal Joe Arrollo, me convertí en el Patrón de mi noche en esa ciudad fea y encantadora. Había ido por cuenta del periodismo, lo que me dio una excusa para reportear y conocer a Federico, quien me habló de Chávez, de Bolívar, de esclavos, torturas, pinturas, santos, balcones y discursos imposibles; a Fernando, quien me habló de Ramos Sucre, Borges, el Techo de la Ballena, Gonzalo Arango, los nadaístas, y también de Chávez y Bolívar, claro; antes de sugerirme conversar con un tal Alfonso Múnera Cavadía, un tal Rómulo Bustos, un tal Gustavo Tatis, un tal Álvaro Restrepo.
Y conocí a Restrepo, bailarín profesional: quieto, agradable, cansado en su reducto de danza-cuerpo-objeto, quien también me dio la entrada, abrió las puertas de su Colegio para que yo entendiera en sólo un ensayo, o uno y medio, que hay algo que se esconde en cada ciudad, inmanente a la fe de su gente, y que escapa a las palabras. Y esa fe danzaba a ojos fijos y proyectaba su noche junto a mí para no mostrarme nunca la verdadera ciudad. Pero sí la parte alta de una discoteca que dormía bajo barrotes y enseñaba los faroles de ese espacio-centro que muerde con la luna a sus turistas. Y yo era uno de ellos, seguramente el más agradecido. El más encariñado. El que tenía los ojos más cerrados mientras me tumbaba en catres viejos, corría por pasillos polvorientos sobre escaleras de madera y proyectaba un final de bolsillos vacíos y sonrisa amplia. En otro putísimo hotel cinco estrellas, compartiendo la habitación con un desconocido mientras lo que quería era hacerle el amor a Cartagena a través de ella. Cogerme hasta el último arco de sus murallas y rasgar sus playas turbias con cada no sabes nada y estoy fumado, con cada silencio en taxis amarillos, con cada vallenato a solas y cubalibres mal preparados, con cada escalera ajena y cada maldita valla publicitaria, con cada noche de despedida al son de la Parranda del Gallo y un estar siempre cerca y no llegar al final, con cada discoteca llena y su estúpida elección de la Señorita Cartagena y sus mini faldas y sus luces pobres y su reggaetón en vivo y sobre la barra; con cada mirada de esas que me atan, de alguna u otra forma, a mis recuerdos más infantiles. A mis ganas de convertirlo todo en literatura mientras vuelvo a hacerle el amor y a aparecerme en sus sueños eróticos, porque sí, Cartagena, la Cartagena que yo conocí, tuvo sueños eróticos conmigo desnudo en aguas cristalinas. Después de fumarnos y bebernos y amanecernos. Y después de traicionar mi idea de conocer las zonas pobres de la ciudad y entender que me diría Lo nuestro viene del futuro y me quería decir no sé qué me hiciste hijoeputa, hasta cuándo dura esto. Y eso después de bebernos el peor coctel y el peor vino tinto en el local más chic, delatado desde la entrada por su nombre de marca París Exótico que mira a América: Café del mar. Y ese fue, de seguro, el mejor de mis momentos en Cartagena. Y no sé por qué. Pero ahora encierro la memoria de mis seis días en esa ciudad de olores y noche, donde casi nunca llueve, insuficiente para tantas promesas y tanta búsqueda, y recreo mi pierna buscando la brisa y mi mirada una respuesta que gritara un beso a contratiempo. Y un brindis anémico. Y ninguna mentira. Y creo que allí está la clave: ella, como Cartagena, aun con ese incrustamiento cinematográfico de telenovela histórica en el centro, es probablemente la mujer más honesta que he conocido, al menos en lo que se refiere al callar en sus primeros plazos, cortos, casi inmediatos, a ese juego de piernas, pestañas y lenguas que duran tres noches con sus silencios, a no decir lo que no hace falta y conformarse con el desnudo a medias. Y sabe que soy capaz de caminar hacia el pasado. Y que aquéllas dos horas se han extendido más de la cuenta encerrando mi memoria en sus murallas.
Cartagena: La memoria encerrada