1.
Viernes. Diez y veinticinco. Urbanización Las Mercedes, municipio Baruta. Noche de fiesta en La Terraza, local de música latina (salsa, merengue, reggaetón y eso que a la gente le da por llamar “la hora loca”). Es la primera vez que intento ser un parquero informal en Caracas. Quiero decirle a un cliente esa frase tan mencionada en la ciudad: “Ta bien cuidao”. La calle –dos canales, un solo sentido- es un pasillo de luces rojas y amarillas. En un minuto pasan frente al local catorce carros. Ruedan a una velocidad promedio de diez kilómetros por hora, una aproximación caprichosa que quiere decir: ruedan despacio, pero parecen ansiosos.
Dos de los catorce se estacionan. Uno es una camioneta y parece no entrar en el espacio que tiene. Al fondo, un señor de canas, bigote y uniforme dirige la operación desde afuera con un pito. De no ser porque él arrima una baranda de metal, la camioneta hubiese tardado más minutos en parquearse y la rubia del asiento trasero más tiempo en entrar a la fiesta. El otro carro, un Toyota Starlet gris y lleno de arena, se estaciona sin problemas. Cambian frases con el señor de los bigotes (el pito, el uniforme, el poco tiempo para reírse) y se suman a la fila frente a la puerta del local.
Lo primero a aclarar: para ser parquero hay que tener ganas, al menos unas pocas. Y no hace falta manejar pero sí dejar la timidez de lado. Ser parquero significa ser un hombre que necesita dinero pero también sentir que trabaja, que hace algo útil, que es productivo y no le queda otro remedio. Porque ayudar a alguien a retroceder es un esfuerzo que ni siquiera requiere de la famosa vista veinte-veinte, y vigilar es algo que aprendemos en la infancia. Es, probablemente junto al de mototaxista, el oficio más moderno: te apoderas de la calle, comienzas con dudas, ofreces seguridad, te estresas, te crees imprescindible, proteges tu espacio, cobras, te vas y regresas. Si quieres. No tienes jefe y dependes de ti mismo. La dinámica del mercado instantáneo: ofreces un servicio y su costo debe pagarlo alguien, quiera o no. A veces por adelantado. Yo no sé si me atreva a hacer el trabajo.
El carro número quince avanza y Ángelo Amundaray, ayudante (moreno, joven, sin uniforme), le grita al conductor: “¡No, panita, después de las doce es que se pueden parar en la acera de la derecha, ahorita no!”. Su hermano, Asdrúbal, es el jefe de la calle de más arriba, la que se toma para subir hacia Santa Fe y también para dejar los carros cuando el estacionamiento del Centro Comercial Tolón es una serpiente de caucho y aluminio que no se mueve.
Segunda aclaratoria (casi una obviedad): no todos los parqueros son iguales.
A Ángelo se le nota por encima que no tiene poder. Me dejaría parquear en su zona. Si tuviera una. El señor de canas, bigote y uniforme, no. Él no me dice ni el nombre, mira con desconfianza (todos lo hacen), tiene muy poco tiempo para conversar con desconocidos, más a esa hora. Asdrúbal (más moreno, más prendas de oro, más drogado, a juzgar por los ojos rojos y la mandíbula que se bate) me dejaría parquear si llegara un carro. Pero no llega y él no puede parar de hablar. Lo hace muy de cerca, desafiando la distancia de sus compañeros (parqueros de Rua’s Restaurant, lo veo en el chaleco y los radios en la cintura) quienes, evidentemente, no confían en mí. No me creen. Rua’s Restaurant está a una cuadra de allí, por eso pienso que ellos:
a) Se toman un descanso frente al licor amarillo que hay vertido en la botella que reposa sobre un muro de ladrillos.
b) Venden o compran droga.
c) Protegen a Asdrúbal y a su gente, por lo que cobran una comisión en las noches de mucho tráfico. De ser así, Asdrúbal debería parar muchos carros y tener dinero para pagarle a un tercero.
Por supuesto, no me interesa preguntar qué hacen allí en vez de estar parqueando en Rua’s. Pero lo hago. Asdrúbal dice que ellos lo ayudan a parquear y a enviar carros hasta ese punto cuando Rua’s está lleno: Opción d) Soy un malpensado. O muy ingenuo si les creo. Asdrúbal también dice que su nombre es de guerrero, de indio, y me pregunta si entiendo y me asegura que esa es su zona, que él tiene años instalado allí, que sus “clientes” que trabajan en el Tolón, le pagan “los quince y los últimos”. ¿Los quince y los últimos?. “Sisa”, dice. Y se ríe. Según él, en una noche buena hace… ¿cuánto? “Burda”. ¿Cien mil? “Más”, y se ríe otra vez. ¿Dos tablas? “No, más, mi pana, hasta cuatrocientos, a veces. Dígame si me pagan los clientes, ¿me entiendes?”.
Ángelo no tiene tanta suerte. Debe ser menor. Minutos antes de hablar con Asdrúbal me dijo que él hacía cien mil un viernes, cuando mucho. Generalmente treinta o cuarenta, si es que no lo “tumban los pacos de Baruta, esas lacras”. ¿Cómo es eso? “La semana pasada me pusieron contra la pared, me metieron las manos en los bolsillos y me quitaron como treinta mil bolos; ahora le estoy dando la plata al señor que se sienta ahí, él es vigilante de la panadería”. Pero ya son las once, a esta hora la panadería está cerrada. “Sí, pero él se queda ahí”. ¿Y por qué te la quitan a ti y no a él? “No sé”. ¿Cuántos años tienes aquí? “Ocho años”. ¿Y dónde parqueas? “Por aquí, donde me dejen, yo ayudo en La Terraza o ayudo a mi hermano”. ¿A qué hora llegas? “Como a las nueve”. ¿Cuánto te metes una noche buena, buena, cuando todo el mundo está en la calle, una noche de quincena, por ejemplo? “Ya te dije, chamo, igual tú sabes que eso no alcanza para nada”. Tercer intento y no paro ningún carro: porque no llegan.
Sábado. Once y cinco de la noche. El Maní Es Así, destino de salsa en vivo y una calle ciega que en algún momento pasa frente a la fachada del local. Municipio Libertador. Se puede narrar la experiencia de un parquero, de una noche estacionando carros. Pero para eso te tienen que dejar o te tienes que ganar la calle. Frente a El Maní no gustan los periodistas y menos las cámaras. Gabriel, el fotógrafo, da con la clave: “Ellos trabajan en la noche y en la calle. Tienen que ser desconfiados”.
Tercera aclaratoria: la responsabilidad y el mecanismo también varían. No es lo mismo ser parquero frente a un local comercial (bar, pub, restaurante, panadería, discoteca) que de una calle con santamarías abajo.
Tampoco lo logro.

2.
La primera vez que vi a Asdrúbal (más moreno, más oro, más droga) me siguió hasta que le aclaré que yo no tenía carro. Me dijo que no le importaba, que estaría detrás de mí. “Qué sé yo si tú eres un ladrón”, gruñó: era evidente que cobraba a la salida. La segunda me contó que una vez le robaron un carro en sus narices: “Eran dos hombres y sacaron unas pistolas, apenas me apuntaron salí corriendo. Eran dos hombres, con pistolas, qué iba a hacer, ¿tú me entiendes?”, se ríe, “me fui corriendo, mira, dos hombres, con pistolas”. La tercera vez no me habló, estaba muy ocupado. Fue la semana siguiente, el viernes, apenas daban las once de la noche y ya cuidaba treinta y siete carros al mismo tiempo.
José Alfredo Iguarán (fuerte, rasgos indios) no la tiene tan difícil. Trabaja frente a Elmo’s bar (avenida Monterrey con Jalisco, detrás de la bomba Texaco, también en Las Mercedes). Nunca le han robado un carro y cobra por adelantado (cuatro mil a la fecha: marzo de 2007), pero en noches de congestión (viernes, por lo general) hay que dejarle la llave. “Una solita vez se me llevaron una camioneta remolcada porque la paré en la acera, la tuve que pagar, yo estaba tan abollado…”. La confesión la hace con un gesto de vergüenza: sólo trabaja jueves, viernes y sábado y gana, según él, entre un millón y medio y dos millones de bolívares al mes. Aunque dicen que el miedo es libre, en este oficio, según me dice José Alfredo, no hay derecho a equivocarse.
A José Alfredo no le interesa el poder, está tranquilo, trabaja allí desde hace cinco años y sabe que lo único fastidioso son los clientes que -como yo- “se hacen los wilis” a la hora de cancelar por adelantado. Me dejaría parquear junto a él, sí, pero sólo como ayudante. La única condición es que yo no maneje. Me parece aburrido, pero necesario -y prudente- si tomamos en cuenta que yo no sé conducir. Esto último no se lo digo, temo que me despida sin haber comenzado.
Es sábado, son las once y veintidós de la noche y en más de media hora no va a llegar ningún carro. Cuento y apenas hay nueve estacionados. “Va a ser una mala noche”, me aclara. Ya no sólo me parece: ¡Estoy aburrido! Me voy con la promesa de regresar pronto, pienso que no debe ser tan difícil convencer a otro parquero para que me deje trabajar a su lado. También pienso que José Alfredo me mintió respecto a sus ganancias.
Antonio Alberto Velázquez es colombiano y parquea frente al famoso restaurante chino La Boca del Dragón, en una acera donde entran, cuando mucho, siete u ocho vehículos. Le pagan lo que sea antes de partir, “a veces me quieren dar trescientos bolívares y yo no recibo eso, un pan canilla cuesta quinientos”. No le importa dar su nombre, “total -escupe- no tengo papeles”. Asegura que tiene dos años en eso, que llegó a Venezuela por accidente, pues vino buscando a su mamá y no la encontró: ya había muerto. Hace una pausa para levantarse y cobrar. De todos con quienes he hablado es quien menos necesita concentrarse, el espacio que protege (”del árbol ese pa cá”) es tan pequeño que cabe en una seña. Por eso es que no logro, una vez más, parquear ningún carro. Nadie llega y nadie se va. Dice que es el que menos gana, pero no el más jodido: “yo si quiera duermo en una casa”, dice. Su compañero –que acaba de entrar al negocio y se fue a los cinco minutos de yo llegar– es de República Dominicana y vive en la calle. “Esto es un trabajo, la gente cree que somos delincuentes, pero yo tengo clientes del centro comercial que dejan su carro nada más conmigo, si no me ven, se van. Es bueno, es fácil y no tengo jefes”.

3.