
En Santa Marta también hace calor, quizá más que en Barranquilla, pero la brisa se agita. Sopla más fuerte porque viene de la Sierra Nevada, o choca contra la Sierra Nevada, o se filtra y silba para avisarle a la madre naturaleza que han llegado nuevos turistas. Porque si algo tiene Santa Marta, si algo la vive, además de sus asentamientos indígenas, son los turistas. Esta es una historia sobre turistas del primer mundo: playas increíbles, vegetación tropical, pozos, ciénagas, lagunas y todo lo que no cabe en una sola mirada.
Uno: Un señor pequeño y mandón llegó montado sobre un caballo con el color como el trigo. Se bajó y escribió algo en una proclama: “habéis presenciado mis esfuerzos por plantear la libertad donde antes reinaba la tiranía”. Una semana después, murió. No se sabe si bajó tranquilo al sepulcro, pero sí muy delgado. No era tan viejo, apenas 47. Antes de desaparecer, el general en su laberinto respiró profundamente: olía a ron, panela y miel. Imaginó muy cerca unos samanes que crecerían gigantes, enormes, de troncos amplios, y una utopía. Recibió a cambio el lugar más amable para su despedida. Y mucha paciencia de quienes trabajan ahora en una casa llamada Quinta de San Pedro Alejandrino:destino para visitar, tomar algunas fotografías y creer que la historia permanece en sus espacios.
Dos: Estamos en el Parque Nacional Tayrona, que tiene la montaña más alta del mundo a orillas del mar: la Sierra Nevada de Santa Marta. Las ensenadas, sus playas, son también las más bellas, aunque según el periódico inglés The Guardian, son apenas las segundas, yo me pregunto ¿quién dijo que los ingleses saben de playas? El sonido del mar puede que sea el mismo sonido del mar de otras bahías caribeñas, su arena es gruesa, marrón y crema, y el agua se debate, como todas, entre el azul petróleo y el verde aceituna que se atasca entre las rocas. Pero la brisa, cuando se mira su inmensidad desde el acantilado, solo es descriptible con dos palabras juntas: poderosa y relajante.
Ha de ser algo del Caribe que se despide o una culpa perdida de la Sierra. Un remolino de la historia que se inventa posibilidades para resguardar hasta hoy descendientes con nombres propios: koguis, arhuacos, cancuamos, arsarios, asentamientos indígenas que son los dueños últimos de la naturaleza madre. Eso es el huevo del mundo, lo que a veces recordamos. Ergo, el sonido del mar, su color, la brisa, son nuestros propios recuerdos: convertimos la espuma blanca en otra trampa de la memoria para saber que somos pequeños, para estirar nuestro cuerpo magma bajo la sombra de las montañas, sobre miles de años de resistencia, y reconociendo la vida como un préstamo de la muerte. No es que en el Tayrona se llegue a pensar en el fin, es que se logra reconocer la existencia desde la corteza de su propia respiración. Y su silencio. El silencio de este mar no es el mismo silencio de otros mares.
Tres: El jeep subía la cuesta a cuarenta kilómetros por hora. No se podía ir más rápido. Salía de Santa Marta y se dirigía hacia un pueblito llamado Minca, la capital ecológica de la Sierra, una tierra de café. Ahí, al parecer, el misticismo se confunde con el secreto: todos saben algo que no le dicen a sus turistas o se lo confían sólo a los árboles. Mientras el jeep avanzaba, el bosque tropical húmedo se mezclaba con burros, chivos y señores que parecían estatuas. El Pozo Azul esperaba a nuevos visitantes, se trata de una cascada fría que habla de los pagamentos indígenas, del rito, de los testimonios, del poder. Un balneario entre rocas. El contacto directo con el gris y el verde, y el juego de los sentidos: se toca el silencio y se escuchan las raspaduras de los pies. Un par de horas fueron suficientes para mojarse y cerrar los ojos. Con un poco de torpeza y otro tanto de miedo alguien llegó a creer que se ahogaba. Lugar para grandes temas, otro llegó a mencionar la palabra matrimonio. Las marcas sobre las piedras y las ramas que se parten quedaron como testigos de la experiencia. Lo demás, como en la historia anterior, como en todas las historias de viajeros, se guarda en la imagen que sale de la cámara. Y en la recreación de los cuerpos en trajes de baños. De regreso, el jeep dio paso a una camioneta con aire acondicionado. Alguien observó por la ventana a una virgen patrona incrustada entre las piedras como un cactus. Y pensó en la fe: esta ciudad es una mujer, esta mujer es una santa. Un gavilán con la cabeza roja planeaba entre las montañas y miraba maravillado desde el cielo. El cielo era como el pozo.
Cuatro: El río Guachaca es maravilloso. Difícil describir algo maravilloso. Desde no hace mucho, Colombia dispuso para su norte 45 haciendas turísticas que ofrecen la posibilidad de hacer deportes extremos y turismo rural o de observación. El río Guachaca recorre algunas de ellas. Habría que hacer un sencillo ejercicio de imaginación: casa de campo, más caballos, más piscina, más palmeras, más chinchorros, más instalaciones cinco estrellas, más atención de sus propios dueños y manos expertas en la cocina. La vegetación y los tesoros arqueológicos en forma de vasijas de barro o los collares, aretes, pulseras y mochilas de los indios, que después le sirven a los diseñadores de moda para hacerse famosos en las pasarelas internacionales, son un agregado que no tiene costo. Detrás de estas fincas, como en todo lo que tiene que ver con el turismo, hay un negocio. Cuando está bien montado, uno solo piensa en una pareja para acompañarse. Si no existe, no hace falta buscarla.
Santa Marta: Turistas por naturaleza