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Estaban durmiendo como dos montañas en el amanecer del mundo, una al lado de la otra, envueltas en el mismo aroma. No había más que sábanas y una toalla arrugada en la cabecera de la cama, pero ambas en esa postura, tú más alta, ella encogida y cubierta de tu sombra, me detuvieron. No había en ninguna algo que pudiéramos llamar extraordinario, eran casi las nueve, ella estaba plácida y con el pecho desnudo, tú, cansada y con la boca abierta, las dos como mirándose de frente. Sin embargo –leí hace poco– cada mirada es un significado (que a veces se esconde) y ustedes eran la constatación del tiempo, mi nueva realidad. Eran, fueron, son, lo siguen siendo y espero que así se mantenga. Cada movimiento de tus dedos, cada ráfaga de estornudos, su paz y su crecimiento; pensaba en eso y es prácticamente, si nos ponemos quisquillosos, en lo único que sigo pensando. No me hago historias, o no muchas. Me quedo en lo que veo: por ejemplo, ahora, la luz de ese bulto que forman ustedes sobre una funda color crema, manchada de leche y orín, la serenidad que habrá de repetirse; sólo imagino lo que voy a hacer para mantenerles el sueño acurrucado y sin grandes preocupaciones, como a un grillo que sobrevive encima de un tronco seco, distraído, o como las vacas cuando acaban de pastar a la intemperie y se echan a menear la cola. Yo soy la cola que se bate para espantar las moscas. Y digamos, en modo impresionista, que ustedes son mi bendición y mi deseo inabarcable de contemplación infinita. Que cada chiste, cada tarde de televisión, cada salida al patio y cada jaleo en la cocina que corre como una película vieja, me absolverán con benevolencia, que esto que siento entre nosotros solo tiene dos líneas posibles en su destino: el crecimiento y la alegría. Sé que habrá momentos duros, cómo no, que pensaré en la depresión y tendré miedo, que a veces estaré cansado y no siempre atenderé a la imagen pura y resuelta del brillo de sus pestañas al dormir, pero que seamos saludables, eso es ya una categoría suficiente, amable, increíble. Y entonces la repetición dejará de parecerse al infierno. Es lo que quiero decir cuando digo crecimiento: una estadística poderosa o escandalosamente afortunada, que permite mirar esos momentos, como lo hago en este instante, y respirar con orgullo, con satisfacción, con esa especie de plenitud que sienten los ganadores, los dueños de la verdad (una cualidad improbable y, sin embargo, fácil de determinar), los que fuimos criados con el cariño de las fieras. No hay advertencias ni aclaratorias, quiero hacer de nosotros algo más que una postal de exportación, un pequeño oasis en la historia del mundo, una imagen placentera del vuelo y el placer, un soplo de seguridad, y voy a descansar lo suficiente para lograrlo. La vida para mí es una competencia y derrotar al resto es demostrar el inmenso amor con el que cuento.